Actualizado: 10/08/2020 14:05
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Centroamérica

Hormigas depredadoras

Maras: Las pandillas socavan la seguridad nacional y la democracia.

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Las marabuntas son unas hormigas depredadoras gigantes que abundan en Centroamérica. Las maras son unas temibles pandillas que constituyen el peligro humano más grande en la región y que con sus violentas acciones hacen honor a su sobrenombre. La extorsión, la prostitución, el homicidio y el contrabando de seres humanos, drogas y armas son sus principales actividades.

Al menos 70.000 mareros (miembros de las maras) operan en Centroamérica. Hasta un 50 por ciento de todos los crímenes violentos en Honduras, El Salvador y Guatemala son obra de ellos. La tasa de asesinatos en Honduras (154 por cada 100.000 habitantes) es mucho más del doble que la de Colombia (70 por cada 100.000 habitantes), y téngase en cuenta que en este último país hay una guerra civil en curso.

La violencia costó 1.700 millones de dólares a la nación de El Salvador en el año 2003, lo que significa el 1,5 por ciento de su producto nacional bruto. Los analistas del Banco Interamericano de Desarrollo estiman que si la violencia en Centroamérica tuviera el mismo average que la media mundial, el producto nacional bruto per cápita de la región fuera un 25 por ciento más alto.

La violencia es el sello que marca —y la huella que deja— la vida de las maras. Los que se van a iniciar como miembros deben pasar la prueba de soportar una paliza propinada sin parar durante 13 segundos por cuatro miembros veteranos de la pandilla. En el caso de las mujeres, si tienen la suficiente resistencia física, pueden someterse a la misma iniciación; en caso contrario, deben tener relaciones sexuales con cada miembro de la pandilla.

Para demostrar su entereza, los nuevos miembros tienen que cometer un asesinato. Una vez llevado a cabo, el marero es condecorado con tatuajes distintivos por su acción. Las maras tienen que luchar entre ellas por el dominio de sus puntos y territorios de control, y por supuesto, todas están luchando siempre, sin tregua, contra las fuerzas del orden.

¿Postguerra civil?

Explicar el porqué del surgimiento y desarrollo de las maras no es tarea fácil, pues no son el resultado de un factor único. Los acuerdos de paz que dieron fin a la guerra civil en El Salvador, Guatemala y Nicaragua, hicieron que se desmovilizaran todos los guerrilleros y que se redujeran las plantillas del ejército.

Consecuentemente, miles de jóvenes se incorporaron a la vida civil sin ninguna preparación para ganarse el sustento y, al mismo tiempo, conservaron sus armas. Contradictoriamente, las maras en Nicaragua no constituyen hasta ahora un problema grave; mientras que en Honduras, que no tuvo una guerra civil, las maras se han convertido en un problema muy grave.

En 1996, el gobierno de Estados Unidos comenzó a deportar a aquellas personas que fueran sentenciadas a más de un año de prisión y no tuvieran la ciudadanía norteamericana.

Entre los años 2000 y 2004, 20.000 criminales centroamericanos fueron repatriados a sus países de origen. La mayoría de ellos habían llegado a EE UU con sus familias durante la década de los ochenta, hablaban el inglés mejor que el español y tenían más vínculos afectivos y de todo tipo en Los Ángeles que en sus países de procedencia.

Una vez en sus países, los deportados se encontraron en libertad, pero también en un lugar casi extraño, con un índice de pobreza alarmante y gran escasez de empleo. Además, la ley de EE UU prohibía revelar los expedientes criminales de los deportados a los gobiernos y autoridades locales.

Ni el legado de la guerra civil, ni la política de deportaciones habrían tenido el mismo impacto si no hubiera sido por la acelerada globalización en la década de los noventa, que trajo también como resultado que los traficantes de drogas se multiplicaran por Centroamérica y México en su ruta hacia los puntos de entrada a Estados Unidos.

Contrabandear armas y personas a través de la frontera se convirtió también en algo mucho más fácil de lograr. Los teléfonos móviles y la Internet han servido a las maras para extender sus operaciones más hacia el norte, desde el sur de México, California e, incluso, los suburbios de Washington D.C.

En fin, a cualquier sitio donde haya la posibilidad de reclutar nuevos miembros y obtener ganancias con sus actividades delictivas. No se debe olvidar que estas pandillas le llevan la delantera por un amplio margen a las fuerzas del orden en todos estos lugares y en todos los sentidos.

Combinación de estrategias

La policía que opera en Centroamérica tiene una enorme carencia de los recursos necesarios, la tecnología y la capacidad para combatir a las maras; además de que la corrupción entre sus oficiales y miembros es un padecimiento de una ya muy larga trayectoria.

En Honduras y El Salvador, los gobiernos han adoptado una política de mano dura contra las pandillas, lo que ha hecho que sus cárceles estén abarrotadas de reclusos más allá de sus capacidades reales; mientras que algunos oficiales han declarado que la prisión se ha convertido al mismo tiempo en una verdadera escuela que perfecciona y gradúa mareros.

Si las autoridades usaran otras estrategias, como actuar en combinación con un conjunto de organizaciones comunitarias, imponer el cumplimiento de la ley sería mucho más efectivo.

Los gobiernos de América Central tampoco pueden controlar las maras si no tienen algún tipo de ayuda. Estados Unidos está tratando de desarrollar una estrategia multinacional que resulte más efectiva. Una unidad de apoyo del FBI ha creado una red donde se informa de todas las actividades relacionadas con las maras.

Actualmente, los oficiales de EE UU pueden informar a sus colegas centroamericanos sobre los expedientes criminales de todos los deportados. También coordinan algunos programas antipandillas con los gobiernos de esa región. La Agencia de Ayuda al Desarrollo (USAID) está colaborando con los gobiernos de El Salvador y Guatemala para establecer programas de vigilancia comunitaria; también está cooperando en la prevención de la delincuencia juvenil en 12 municipios de la región.

La ayuda de EE UU y el entrenamiento que se le está brindando a los miembros de las fuerzas del orden que combaten a las maras están dando ya resultados positivos, logrando que la policía salvadoreña sea cada vez más profesional y menos corrupta.

Una política peligrosa

Que las fuerzas del orden hagan cumplir la ley con profesionalismo es algo bastante nuevo en Centroamérica. En un pasado no muy lejano, fueron los escuadrones de la muerte, la tortura y los secuestros, los métodos más usados contra sus oponentes políticos.

Una política que contemple sólo la represión contra las maras conlleva el peligro de revivir esas viejas prácticas; no es casual el hecho de que últimamente se hayan denunciado algunas ejecuciones extrajudiciales de pandilleros.

Otra vez los gobiernos han dado la orden a sus ejércitos de que patrullen las calles. Estas novísimas democracias pudieran llegar a convertirse en la baja más lamentable de los crímenes violentos si se sigue por este peligroso camino. Y si esto llegara a suceder, serían los intereses y la propia seguridad de Estados Unidos los que verdaderamente estarían en juego.