Actualizado: 20/09/2021 9:45
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Aral, Kazajstán, Uzbekistán, URSS

Hubo una vez un lago

La desecación del mar de Aral es una de las mayores catástrofes ecológicas del siglo pasado. Constituye un nefasto legado del régimen soviético, que incidirá negativamente durante varias generaciones en el medio ambiente, la economía y la salud de los habitantes de la zona

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Los terrenos áridos y agrietados que cede el Aral son un testigo
de cargo contra la actuación del poder soviético en Asia Central
en los años sesenta y setenta. Pilar Bonet

“En 1960 el Aral era el cuarto mar interior del mundo. Sus playas eran frecuentadas por miles de turistas procedentes de otras repúblicas de la URSS, y en las desembocaduras del Amú Daria y del Sir Daria reinaba una diversidad de flora y fauna bien apreciada más allá de las fronteras regionales; biodiversidad entre la que destacaban diversas especies de pájaros no vistos en otras partes del mundo que habían elegido ese privilegiado hábitat para cumplir en él su ciclo vital”.

Las líneas anteriores pertenecen a un ensayo escrito por Jesús de la Iglesia, profesor de la Universidad Complutense de Madrid. A lo descrito por él se puede agregar que el mar de Aral abarcaba 66 mil kilómetros cuadrados, una extensión equivalente a la de Irlanda, y contenía 1.100 kilómetros cúbicos de agua dulce. Era un oasis en medio de las estepas del Asia Central, que se repartían las repúblicas federadas soviéticas de Kazajstán y Uzbekistán. Suministraba una sexta parte del pescado que se consumía en la antigua Unión Soviética. En esa región funcionaba una fábrica que exportaba conservas a varios países. Catorce millones de personas vivían de la pesca y de los cultivos producidos por las 55 mil hectáreas de tierras fértiles. En el lago se capturaban al año unas 40 mil toneladas de 30 especies distintas, entre ellas esturiones de hasta 60 y 70 kilos.

Todos los verbos que he empleado en el párrafo anterior están conjugados en pretérito imperfecto, porque la realidad descrita corresponde al pasado. Hoy hay arena donde antes había agua. aquel gigantesco oasis es un valle seco y árido. El agua del Aral se ha reducido al 10 por ciento y su salinidad es muy elevada, debido, entre otras razones, a la evaporación. Las fotografías fantasmagóricas de barcos abandonados en medio de un vasto desierto, constituyen un testimonio elocuente de la tragedia que allí tuvo lugar. Aquella región se ha convertido en “tierra de capitanes sin barcos, de barcos sin mar, que vive una agonía dolorosa. ¿Qué hacer cuando el plato gastronómico típico es el esturión? ¿Qué hacer cuando las formas de vida tradicionales están ligadas a la prensa?”.

Las líneas entrecomilladas las he tomado de un artículo que la excelente periodista española Pilar Bonet escribió a partir de la visita que hizo a esa región en julio de 1989. Ya entonces advertía: “En el Asia Central soviética está naciendo un nuevo desierto. De forma sigilosa pero implacable, una arenilla fina que deja una película salada en el rostro se extiende por la superficie menguante del mar de Aral y es transportada por el viento hasta muy lejos de allí (…) Los libros de geografía se han quedado desfasados. El Aral se ha encogido e incluso se ha escindido en dos. Los astronautas soviéticos ya avisaron del peligro, detectado desde el espacio. Los ecólogos advierten, con las cifras en la mano, que la desaparición del Aral supone una tremenda catástrofe que va a desertizar el Asia Central soviética, un territorio que, sin contar con eso, se ve aquejado de múltiples males, entre ellos una industria poco desarrollada y una población que se reproduce como ninguna otra en la URSS”. Se estaba refiriendo a la que se considera una de las mayores catástrofes ecológicas del siglo XX.

La obra faraónica que produjo el desastre

¿Cómo es posible que una persona nazca al lado de un inmenso lago y un día descubra que ya no existe? Eso ha sido el resultado de la práctica irracional impulsada por el régimen soviético, que aplicó una desastrosa política para conseguir grandes cosechas de algodón, empleadas, entre otras cosas, para fabricar explosivos. Esos métodos agrícolas han devastado la economía, el medio ambiente y la salud de quienes habitan en la cuenca del mar de Aral. Esta es en la actualidad una de las áreas más polucionadas del planeta.

El origen de este desastre se debe a una de las obras faraónicas del régimen soviético, cuyas dimensiones solo pueden compararse con las de los daños medioambientales que ha ocasionado. Ya desde los años 30 se empezó a pensar en convertir las estepas polvorientas en el mayor sembrado de algodón del mundo. Para ello se utilizaría el agua del Sir Daria y el Amú Daria, los dos grandes ríos que vertían su caudal en el Aral. La obra se llevó a cabo entre 1954 y 1960. El agua de los dos ríos fue desviada para irrigar los campos de algodón, situados en pleno desierto. A partir de entonces, el Aral quedó alimentado solo por una octava parte del caudal original: de 58.4 kilómetros cúbicos al año, pasó a recibir uno.

Se construyeron 45 embalses, más de 80 presas y una extensa red de 180 mil kilómetros de canales. El mayor de ellos es el de Karakum, el más extenso canal de irrigación y suministro de agua del mundo. La mayor parte de los canales estaban mal construidos y sin recubrir, y solo el 8 por ciento fue impermeabilizado. A consecuencia de eso, casi toda el agua se perdía. Pero el Amú Daria y el Sir Daria se continuaron sangrando y se les siguió sacando agua, mucha más de la prevista. La mala administración del traslado del agua y la falta de previsión y eficiencia del riego, implicaron que se tuviese que tomar agua de otros de los ríos que desembocaban en el Aral. El proyecto de lograr grandes cosechas de algodón funcionó. Uzbekistán es hoy el sexto productor mundial. Pero a la vista de todos está el elevado precio que se ha pagado.

No tuvo que pasar mucho tiempo para que se advirtieran las consecuencias que aquel proyecto iba a traer para la región. Los habitantes se dieron cuenta de que el Aral perdía caudal día por día, y comenzaron a clavar estacas para probar la disminución. Pero sus llamados de alerta no fueron escuchados. A las instituciones centrales no les importaba que desapareciese un lago que obstruía los planes de cultivo de algodón y arroz. De hecho, aquel fue un desastre provocado con plena conciencia. Como apuntó Pilar Bonet, los astronautas detectaron lo que estaba ocurriendo y alertaron del peligro. El hidrólogo Alexander Asarin, quien participó en la construcción de la obra, denunció en el New York Times que la cúpula soviética no solo tenía conocimiento de lo que iba a suceder, sino que había previsto que el Aral se desecara en apenas cinco años. Este había sido condenado a muerte, algo que un alto dirigente corroboró al expresar: “El Aral debe caer como un héroe más de la revolución”.

En los años 60, el agua del Aral descendía 20 centímetros al año. En los 70, aumentó a 60 centímetros. Y en los 80, a un metro. A pesar de eso, el volumen de agua desviada para la irrigación continuó en aumento. Para 1987, la disminución progresiva acabó dividiendo el lago en dos volúmenes separados: el Aral Norte y el Aral Sur. Asociado al descenso del caudal, se produjo otro desastre ecológico: a comienzos de este milenio de las 30 especies que allí existían, solo quedaban dos.

Aparte de su alarmante descenso, el agua multiplicó por siete su grado de salinidad. Ya en la década de los 80, las vacas rechazaban beberla debido a que era muy salada. A eso hay que sumar que el uso indiscriminado de fertilizantes y pesticidas contaminó el manto freático. La falta de sistemas de drenaje impidió que el agua residual y las sustancias químicas de los campos se pudiera eliminar. A su vez, esas corrientes saturadas de minerales y plaguicidas iban a parar a los ríos. Asimismo, la acción del viento ha diseminado toneladas de arena salinizada hasta una distancia de 200 kilómetros.

Como resultado de la desecación del Aral, el clima se ha afectado de manera irreversible. Los veranos son ahora más calurosos y los inviernos más intensos. Al desaparecer la humedad, ha dejado de llover. Las tormentas de arena son frecuentes. La gente planta arbustos para que el viento no la disemine, pero poco más es lo que pueden hacer. Además de arena, las tormentas acarrean esporas tóxicas de ántrax. Estas proceden de la antigua base secreta de investigación de Vozrozhdeniye, que se hallaba en una de las islas del lago y que fue abandonada tras la disolución de la Unión Soviética.

Problemas de salud igualmente graves

Pero el desastre del Aral no es solo medioambiental, sino además social. Su desecación ha ocasionado que millones de hectáreas de tierras fértiles se volvieron estériles, tras ser devoradas por la arena. Decenas de poblaciones quedaron aisladas en medio del desierto y sus habitantes se quedaron sin medios con que ganarse el sustento. Varios millones de personas se han visto forzadas así a emigrar y establecerse en otras regiones.

Uno de los territorios a los que más le ha tocado sufrir es la antigua república autónoma de Karakalpakia, que ya entonces era una de las más pobres de la Unión Soviética. Hasta 1989, Nukús, su capital, estaba cerrada para los extranjeros. No se permitía la entrada de turistas, ni siquiera soviéticos. Para sus habitantes, la agonía del Aral es doblemente trágica, pues significa una cuestión de identidad. Eran pescadores, marineros, funcionarios de puertos, para quienes el mundo en el cual habían vivido ya no existe.

Igualmente graves son los problemas de salud que todo eso trajo como secuelas. Aparecieron numerosas dolencias intestinales y respiratorias, y la tasa de mortalidad infantil ha llegado a alcanzar cifras exorbitantes. La bronquitis crónica ha aumentado un 300 por ciento, la artritis, un 600 por ciento, y los alrededores del Aral acumulan el mayor índice de cáncer de esófago del mundo. El cáncer pulmonar también se ha incrementado en un 200 por ciento, y de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud la anemia en la población femenina es la más alta del planeta. Esto último se debe a que el agua potable que allí se consume está muy contaminada. Debido a los elevados niveles de metales que posee, como zinc y manganeso, las mujeres no pueden absorber el hierro, cuya deficiencia es la causa común de la anemia.

Cuando ya los daños causados por aquella obra faraónica eran muy notorios, las autoridades soviéticas intentaron buscar soluciones. Estas resultaron tan espectaculares como las causas que dieron lugar a la catástrofe medioambiental. La primera idea consistía en inducir un incremento del caudal de los ríos Amú Daria y Sir Daria, dinamitando los glaciares del Pamir y el Tian Shan, las montañas donde tienen sus respectivos nacimientos. Esa propuesta fue desechada, por el temor de que las secuelas pudiesen ser mucho peores.

Mucho mejor acogida fue la de desviar alguno de los grandes ríos de Siberia hacia el Asia Central. Se pensó en el Obi, el más grande de Rusia y el más largo de Asia. Su nuevo curso debía discurrir a través de Kazajistán. Eso implicaba acometer una obra bastante costosa, que se iba a realizar durante la etapa de la perestroika. Problemas políticos y sobre todo económicos impidieron que se materializara, además de que los ecólogos advirtieron que un proyecto como ese tendría secuelas igualmente nefastas.

En el año 2010, se celebró una cumbre en la cual participaron los miembros de la Fundación Internacional para la Salvación del Aral, pero terminó sin compromisos. Para lograr un acuerdo, se necesita la colaboración de los países del Asia Central por los cuales transcurre los dos ríos que alimentaban al lago. Eso es una misión poco menos que imposible, pues esos países están enfrentados o tienen malas relaciones entre sí. Uzbekistán y Kazajistán, que comparten lo que queda del Aral, mantienen enfrentamientos con Kirguistán y Tayikistán, por cuyos territorios fluyen el Amú Daria y el Sir Daria. Ambas son naciones pobres, que carecen de recursos económicos para comprar hidrocarburos. Por eso ven su única salida en el desarrollo de la industria hidroeléctrica. A sus planes de construir centrales se oponen los gobiernos de Uzbekistán y Kazajistán, que son ricos en petróleo y obtienen el agua de esos dos ríos.

En 2003, el gobierno kazajo decidió construir en el Aral Norte el llamado dique Kokoral, una presa de hormigón con la cual se busca elevar el nivel de ese trozo del lago y reducir su salinidad. Se han logrado algunas mejoras: el nivel del mar ha subido unos 38 metros, han aparecido de nuevo bancos de pescado económicamente significativos y se está revitalizando la industria pesquera. El Aral Sur, en cambio, ha sido dejado a su suerte por razones económicas y se han perdido las esperanzas de que se pueda salvar.

En la actualidad, las acciones reales de la comunidad internacional se concentran en la tarea más urgente, que es la de salvar a la población afectada que vive alrededor de la cuenca. Muchas organizaciones no gubernamentales han iniciado campañas de ayuda. Poco, sin embargo, es lo que ya puede hacerse para enmendar este nefasto legado de la etapa soviética, que incidirá negativamente durante varias generaciones en la salud y en la economía de los habitantes de la zona.