Actualizado: 20/08/2018 14:20
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Internet, Redes, Comunicación

Las benditas redes sociales (IV)

Ensayo en cinco partes, que aparecerán consecutivamente

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Los reciarios de hoy

Por todo lo anterior, como se habla tanto hoy de esos belicosos guerreros virtuales, o usuarios de las redes, propongo reconocerles por economía del lenguaje, un nuevo —y al mismo tiempo antiguo— nombre genérico, un término que creo aplica perfectamente a estas importantes y decisivas figuras contemporáneas: llamémosles reciarios, como aquellos humildes pero mortales esclavos combatientes del coliseo romano (no eran realmente gladiadores, pues no empleaban el gladio o espada) porque usaban las redes como su principal arma, engañando, aturdiendo, atrapando y finalmente aniquilando a sus contrincantes con sus traicioneras artes de hipnosis mortal, los fornidos gladiadores competidores fuertemente armados y encorazados, que eran llamados secutores. Los reciarios eran rápidos, astutos e implacables, tal como sus modernos colegas virtuales. Hundían sin piedad su tridente o su daga en el inerme cuerpo de la víctima, atrapada en su red como un pececillo, de igual forma que hacen hoy, también a saludable distancia. Ciertamente, no eran muy estimados por el público romano, que los consideraba femeninos y arteros, pero igual aplaudían el espectáculo sangriento. Como una expresión moderna de aquellos guerreros circenses hoy tenemos a nuestro cyberreciarios virtuales, siempre prontos al feroz ataque.

Hoy, gracias a internet, vivimos en un circo romano globalizado, instantáneo y doméstico, al alcance de casi todas las lenguas viperinas. En el caso cubano especialmente, muchas veces este se convierte en una comedia del teatro bufo, una farsa que forma los rasgos inconfundibles de un cybersolar virtual, una trepidante casa de vecindad con la alta tecnología del chancleterismo exultante. Por eso nunca dignifico con riposta ningún ataque anónimo de semejantes seres, ni las descalificaciones viscerales sin argumento: Aquila non capit muscas.

Ningún político o aspirante a ello que hoy se precie de serlo, puede ignorar el fenómeno de las redes sociales y sus aguerridos reciarios. La vida moderna impone contundentemente ese fenómeno, de tal suerte que recomiendo una oración para los suspirantes:

Internet nuestro que estás en el éter,

Santificado sea tu Google,

Venga a nosotros tu Facebook,

Y hágase tu Twitter,

En el WhatsApp, como en el LinkedIn.

No nos dejes caer en el break out

Y líbranos de todo Soros, bots y trolls.

Así sea, por los megabytes de los bytes.

Hoy las redes son estercoleros de insultos donde se dañan las honras sin piedad, y el honor se mancilla regocijada e irresponsablemente. Son los “males de la libertad”, o más bien, de sus excesos, que quizá algún día deban legislarse y regularse.

Las “benditas redes” acompañaron y arroparon a AMLO como su falange más combativa no durante meses, sino durante los muchos años de esa campaña electoral que sostuvo —la más extensa de la historia de México— y gracias a ellas se posicionó en el imaginario colectivo como “el único candidato realmente antisistema”. Para ello nunca le faltó dinero y espacio gratuito en los medios, a los que supo dictar la pauta cotidiana. Apenas ahora están surgiendo algunos de los mecanismos de financiación de su campaña, como el presuntamente fraudulento fideicomiso, al parecer falsamente presentado para ayudar a las víctimas del terremoto del 19 de septiembre de 2017, y que según se sospecha sirvió como eficiente lavandería para introducir dinero espurio en su campaña.

Durante años, AMLO repitió que “lo dieran por muerto”; sin embargo, a pesar de que dijo esto varias veces, engañó a todos tabasqueñamente y finalmente se vio que no había muerto, sino que se había ido de rumba… electoral. Si alguien ha trabajado hasta la obsesión para el ascenso al poder ha sido sin duda Andrés Manuel López Obrador, con una fijación obsesiva, admirable y temible al mismo tiempo. Su tierna esposa le suele cantar dulcemente una canción de Silvio Rodríguez que es como su tema musical personal: “El Necio”…

El golpazo demoledor que aplicó a sus contrincantes debe servirles a estos, al menos, como la imperiosa necesidad de hacer un alto para meditar y corregir sus numerosos fallos y equivocaciones. En tal ambiente de polaridad en la sociedad, ahora sólo cabe la formación de un frente unido de oposición, que quizá implique la desintegración de los partidos perdedores y su reintegración en uno nuevo, cohesionado y coherente. La tragedia de la naciente democracia mexicana, vencida por ella misma en asombrosa paradoja, impone el modelo de la tragedia griega, donde la catarsis sigue a la anagnórisis. Los derrotados políticos mexicanos deberán clamar a los cielos: ¿En qué fallamos? Y ajustar de inmediato su conducta a la respuesta de esa gran pregunta.

La gran mayoría de los votantes mexicanos, por las causas y razones que sean, decidieron soberana e irresponsablemente poner todos los huevos en una canasta. Así que hay no sólo que aceptarlo sino entenderlo, pero también prepararse desde ahora mismo para la próxima contienda, que podría ser una gran coalición opositora. Pero lograr esto requerirá de un enorme desprendimiento, generosidad, altura de miras y conciencia patriótica de parte de políticos que, al menos hasta ahora, en su gran mayoría han demostrado todo lo contrario, con un egoísmo y una miopía sorprendentes. Si no hay un examen de conciencia profundo y sincero y un firme propósito de enmienda por parte de los políticos derrotados, México estará perdido.

Los AMLObots y los PEJEtrolls hicieron bien su cruel trabajo: mordieron, escupieron, vomitaron, destazaron, ensuciaron y defecaron cuanto obstáculo se les atravesó, para que su impoluto Mesías alcanzara sus fines. Ahora deben ser recompensados jugosamente por su eficaz atentado contra la república y la democracia, que violentaron y prostituyeron para ganar su meta. Ojalá les sirva de provecho su triste tarea y pitanza.

Sin embargo, sospecho que apenas a poco menos de cuatro semanas de las elecciones, donde obtuvo López su clamoroso triunfo, muchos de quienes votaron por él ya se han arrepentido de su decisión, aunque neciamente se nieguen a admitirlo, pues ya el enfrentamiento con el ejercicio real del poder, obliga al caudillo y su camarilla a ajustar las hipertróficas ofertas de campaña enfrentadas a la perversamente perseverante realidad. La muchedumbre largo tiempo insatisfecha asumió aquel grito parisino del mes de mayo de 1968: “Basta de realidades: ¡queremos promesas!” Y así se les cumplió, al menos en campaña. Siguen aferrados en una gran parte —así puede verificarse fácilmente en “las benditas redes”— a una visión visceral, y a un discurso del odio y del resentimiento trufado de odio y envidia, bajo la falsa envoltura de “justicia social”. Quizá esta masiva decisión resulte, a fin de cuentas, por las irónicas zancadillas de la Historia, la vacuna que finalmente inmunice a México de sus antiguas y profundas veleidades comunistas, aunque ese aprendizaje y el tratamiento que implica será doloroso, prolongado y muy probablemente sangriento.