Actualizado: 09/12/2019 13:16
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América Latina

Sin espacio para dos

Los desencuentros entre Brasilia y La Habana van más allá de la producción de biocombustibles.

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En Brasil, Fidel Castro mete sus narices donde ni siquiera el presidente Lula ha sido invitado. Es otra oportunidad para saber cuán separados están estos viejos amigos y qué visibles son las grietas de la izquierda latinoamericana tradicional.

El quinto Congreso del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MTS), recién concluido en Brasilia, no quiso hacer espacio para dos.

Aplaudió una misiva del gobernante cubano, pero en cambio rechazó con parca cortesía una eventual presencia del brasileño por considerar que el "gobierno se está apartando del pueblo y cada vez más se aproxima al agronegocio".

La carta de Castro se cuida de no hacer blanco en ese tema, que mantiene a ambos gobernantes en orillas opuestas, y elogia los logros y perspectivas del MST.

"Ustedes son genuina expresión de la justa lucha por un mundo mejor sin exclusión ni explotación", escribe Fidel Castro en su mensaje, en el que recuerda que cerca de una veintena de integrantes del movimiento son médicos graduados en la Isla, mientras que otros ochenta cursan la carrera.

Castro puede darse por satisfecho. El cierre del foro del MST reprobó la alianza brasileña-estadounidense para producir biocombustibles y dio su respaldo al ALBA (Alternativa Bolivariana para América Latina y El Caribe) para establecer posibles acuerdos con los movimientos sociales, aun a despecho de los gobiernos nacionales.

Amistad inconcebible

Castro no vaciló hace un par de meses para zarandear su antigua relación con Lula al atacar indirectamente en la prensa su programa de biocombustibles.

Para algunos, lo que más irrita al comandante, además de considerar el "agronegocio" como otra tragedia para el mundo subdesarrollado, es la mimada amistad entre el ex dirigente sindical metalúrgico y "el jefe del imperio". No le parece ni concebible.

El vínculo Lula-Bush a veces se llena hasta de banalidades. El primero ríe los chistes del segundo, diciendo que "es un hombre muy simpático", y el segundo se desvive por halagar al primero, poniéndolo a dormir frente a la Casa Blanca, un privilegio para amistades exclusivas.

"Ciertamente es una simpatía declarada que Fidel observa como una labor de zapa", opina un estudioso de las relaciones cubanas con América Latina.

"Lula, con todo el peso que tiene Brasil, está haciendo de aguafiestas en un momento excepcional de la historia hemisférica y como tal desde aquí se le ve como un quintacolumna", añadió.

Aunque en sus apuntes periodísticos Castro ha asegurado: "No es mi intención lastimar a Brasil, ni mezclarme en asuntos relacionados con la política interna de ese gran país", sus palabras no dejan dudas acerca del malestar por el papel de soporte bioenergético de la economía estadounidense, que el coloso sudamericano jugará en el futuro cercano.

Obviamente, un Brasil así desplazará a Venezuela como uno de los principales abastecedores de crudo a Estados Unidos, poniendo a Caracas en un estado de desventaja en el juego de la geopolítica.

Son dos geoestrategias en competencia, puestas en marcha por los dos países más pujantes de Latinoamérica, y Castro conoce las opciones.

En un mundo tensado por la carencia de petróleo y en transición hacia esquemas energéticos todavía imberbes, el tema cobra un valor dramático. Sólo hay que mirar las cotizaciones del crudo y las guerras en su procura.

Hasta ahora la dependencia estadounidense del petróleo externo, y del venezolano en particular, ha dirimido los choques Bush-Chávez mediante sablazos retóricos; pero en el futuro tal relación podría cambiar en la medida que Estados Unidos se valga de otras fuentes, incluso no petroleras, con que saciar su voraz consumo.

Y es ahí donde Brasil aparece en escena con su "paquetico de etanol", un término que usó el propio Lula en la última cumbre del G-8.

Servidor de Chávez

El mandatario carioca se siente visionario. Anunció que en el mediano plazo Brasil será la "potencia energética más grande del mundo" y, en su reciente visita a Panamá, aprovechó la ocasión para convencer a Centroamérica de cultivar biocombustibles con destino al gran mercado automotriz estadounidense.

Vistas de ese modo, las previsiones de Fidel Castro no parecen trasnochadas. El trata de servir, como mejor puede, a su amigo Hugo Chávez, quien en los últimos tiempos ha tenido tirones con Brasilia por temas domésticos.

Con la expansión del ALBA, Venezuela pretende un liderazgo continental que haga contrapeso a los esquemas de libre comercio y dominación hemisféricas de Washington. Para ello tiene el petróleo barato como la más irresistible de sus tentaciones.

Sin embargo, en el futuro la petropolítica también caerá en desgracia, pese a las grandes reservas venezolanas. En el horizonte previsible, los biocombustibles parecen lo más socorrido y en eso también están, discretamente, Cuba y Venezuela.

En abril pasado, el embajador venezolano en la Isla, Alí Rodríguez, indicó que ambos países seguirán colaborando en la producción de etanol para satisfacer la demanda interna venezolana y exportar a Estados Unidos.

"El plan aprobado entre Cuba y Venezuela es para proveer el quince por ciento que requiere la mezcla de gasolina con etanol para la exportación, principalmente, hacia Estados Unidos, y también para sustituir la gasolina con plomo que ya no se produce en Venezuela", explicó el también experto en temas energéticos y ex presidente de la Organización de Países Exportadores de Petróleo.

De esta manera, señaló Rodríguez, Venezuela puede sustituir los volúmenes que hoy está importando principalmente de Brasil.

Hay todavía otros nubarrones en la amistad entre Fidel y Lula. En octubre pasado, cuando la salud del cubano estaba más comprometida, el brasileño se confesó un amante de la revolución cubana, pero al mismo tiempo lamentó que "Fidel Castro no haya hecho el proceso de apertura política cuando estaba vivo".

Luego de rectificar lo que parecía un lapsus, Lula insistió en un tema para el cual La Habana tiene su peor talante.

"Creo que nuestros compañeros perdieron el momento de hacer una aproximación con la democracia", afirmó el líder socialista brasileño, quien hizo su última visita a Cuba en septiembre de 2004 para afianzar los negocios bilaterales y mostrar la mejor cara de una amistad histórica.

Desde entonces, el Brasil amigo de La Habana y también de Washington es una cabriola que no convence al gobierno cubano. Para colmo, Lula puja por ingresar en el Consejo de Seguridad como miembro pleno y ha dado instrucciones a la Marina de dotar al país de un submarino nuclear. ¿Arranques de gran potencia?

Ya Castro hizo trizas, en sus llamadas "reflexiones", el programa británico de un supersubmarino atómico. Basta con que el tema vuelva ahora de verdeamarelo para saber que la amistad entre ambos se exhibe en un museo de antigüedades.