Actualizado: 13/12/2019 11:14
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Conquista, México, España

Supongamos…

Cada año, en primavera, por los campos de la antigua meseta castellana que ahora era conocida como la Gran Chichimeca, marchaban las tropas aztecas

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Supongamos (“digo, es un decir”), supongamos, que los feroces aztecas, ya constituidos como un imperio desde 1430, y bajo el mando del hueytlatoani Axayácatl, en alianza con los industriosos mayas tan avanzados en navegación y astronomía, hubieran construido una flota de piraguas dotadas con amplísimas velas de yute, y que para seguir el viaje de su dios alado Quetzalcóatl hacia el Oriente, partieran viajando hacia donde sale el sol alrededor de 1460 desde el puerto de Tulum, al pie de la pirámide más espectacular del mundo, que en realidad ya era un observatorio y faro de navegantes.

Posiblemente hicieron escalas sucesivas en las islas de Cibao y Cubanacán, donde toparon con los pacíficos taínos, los temerosos siboneyes y los huidizos guanajatabeyes. Algunos caribes feroces que avistaron en el camino huyeron velozmente en sus largas chalupas cuando estos vieron la formidable flota azteca que se les acercaba. En la espaciosa bahía de Bariay esperaron que el buen dios Ehécatl otorgara sus vientos buenos en el mes de Tlayeti, para que los llevaran hacia el Oriente, como hizo la buena Serpiente Emplumada.

Supongamos (es un suponer) que esa flota hubiera llegado a las Islas Afortunadas también conocidas como Canarias —quizá por la más occidental Isla de Hierro— entonces habitadas por los ariscos pueblos originarios, y que los aztecas, con sus armas más sofisticadas, como las espadas de filosa obsidiana y sus certeras lanzaderas de venablos o azagayas, llamadas átlatl, forrados de sus armaduras de algodón y maguey prensado, los hubieran derrotado, convirtiéndolos primero en sus súbditos y luego en sus aliados.

Después habrían ido saltando de una isla a otra y luego desde ellas hacia Tierra Firme, en África. El astuto Axayácatl, viendo complacido la división imperante entre sus adversarios, habría constituido de inmediato una confederación con los aborígenes inconformes, formados por las varias naciones de aquel archipiélago, como los guanches, canarios, majos, benahoritas y bimbaches, agrupados con el invasor extranjero para combatir contra un enemigo común, los agresivos castellanos que merodeaban periódicamente por esos rumbos, capturando prisioneros y cobrando onerosos impuestos.

Pongamos por caso —es sólo un suponer— que las huestes aliadas de aztecas y los multiétnicos aborígenes hubieran llegado al agreste peñón de Yabal-Tariq, luego Gibraltar, y también se hubieran coaligado con los moros musulmanes que resistían el vigoroso empuje de los barbudos castellanos, que insistían en realizar crueles sacrificios a su dios crucificado incinerando a sus prisioneros. Sucedió que una de las bellas moriscas que habitaban allí se enamoró perdidamente del fornido y broncíneo Axayácatl, y desde que se amancebaron se convirtió en su asesora e intérprete, pues además del guanche y el árabe, hablaba con fluidez el castellano y algo de catalán, pues había sido esclava y sirvienta de varios señores. Los moros y cristianos la llamaron despectivamente como La Cava, en recuerdo de otra mujer fatídica que, unos siglos antes, ocasionó la invasión musulmana en la península y la caída del último rey godo, pues se sabe bien que desde Eva, Lilith, Pandora y Elena de Troya, las mujeres sólo traen males y desgracias.

Con semejante refuerzo y unidos en una formidable coalición, dirigidos por los bravos aztecas, los pueblos sometidos al yugo castellano —porque en la época no había España aún— emprendieron una ofensiva que los llevaría hasta las puertas de la amurallada ciudad de Toledo, donde llegaron después de un prolongado asedio a Sevilla, remontando el Guadalquivir con sus piraguas de amplias velas, pues en ambas ciudades encontraron decisiva ayuda en los agazapados y sometidos judíos y moriscos, todos bajo al cruel dominio castellano, que los sacrificaba periódicamente en piras de grandes llamas como herejes y apóstatas.

Semejante fuerza multinacional y mancomunada sitió durante meses a la imperial ciudad y habría cortado el cauce del caudaloso Tajo para privarlos de agua y someterlos por sed y hambre. También hubo una gran mortandad de cristianos y musulmanes porque los aztecas venidos del otro lado del océano traían consigo unos gérmenes desconocidos que sirvieron como soldados invisibles, con enfermedades como el cocololiztli y el matlazáhuatl, para los que no estaban preparados los aborígenes europeos. Y finalmente vencieron e implantaron un reino de sabiduría y tolerancia donde los jóvenes castellanos fueron educados en los sabios principios de los dioses aztecas Quetzalcóatl y Huitzilopochtli, Tláloc y Coatlicue, desterrando las supercherías de un esquelético y pusilánime palestino derrotado llamado Jesús de Nazaret, pues esta era una falsa religión de esclavos cobardes y no de señores triunfales; en verdad, sólo un pueblo muy atrasado e ignorante podía adorar a un dios muerto y clavado en un madero como un murciélago. Así lo explicaron a los conquistados con gran paciencia sus tlamatinime evangelizadores, y lo ilustraron con las pictografías de sus tlahcuiloque.

Cada año, en primavera, por los campos de la antigua meseta castellana que ahora era conocida como la Gran Chichimeca, iban las tropas aztecas al son de sus atabales, fotutos y chirimías, que habían consagrado a su gran dios Xochipilli, patrono de la música, el canto y la danza, con las sonoridades de los teponaztli y huéhuetl, omichica-huaztli, chicahuaztli y tlapitzalli, chichtli y oyohuatli… Toda una orquesta sinfónica en clave pentatónica.

Los campos recién conquistados florecían con prodigiosas pirámides humeantes, donde periódicamente ofrecían a los dioses los tributos necesarios de vidas humanas para que el sol pudiera nacer cada día, alimentado con la sangre propiciatoria de sus ofrendas. La Guerra Florida señoreaba por toda la península y ya se preparaban para cruzar los Pirineos y continuar su marea civilizatoria como le habían mandatado sus dioses. En las afueras de una pequeña villa que ocupaba el centro geográfico de la península, sobre un cerro que los aborígenes conocían antes como “de los ángeles”, levantaron la Gran Pirámide de la Neo-Cemanáhuac, desde donde los cuerpos descorazonados de los gloriosos ofrendados a los dioses eran arrojados por las escaleras, después de cumplir con su función vivificadora.

Para no dejar huella ni memoria de los antiguos señores bárbaros, quemaron en grandes piras los manuscritos que los degenerados romanos, los avaros fenicios, los rudos godos y los afeminados árabes habían acopiado, y pusieron a sus tlahuiloques a enseñar los nuevos signos de su escritura a los dominados, que así podrían recibir el beneficio de las sabias enseñanzas de Huizilopochtli y Tecaztlipoca, verdaderos señores del universo.

En vez de viñedos y trigales, los campos castellanos fueron sembrados con elotes y nopales: por todas partes las milpas y las nopaleras se alzaban gozosamente al sol y nutrían a los conquistados y los conquistadores: la felicidad reinaba sobre esa tierra antes alejada de los dioses, y sus sabios y valientes hueytlatoani establecieron su morada en un palacio que sería el de Axayacátl El Grande en la ribera del antiguo río que los conquistados conocieron como Manzanares, y que sería renombrado como Atoyatl Itztic, el Río Helado.

Los naturales conquistados por la poderosa alianza de guanches, bereberes, moros, musulmanes y judíos, encabezados por los dirigentes aztecas, serían educados en las sabias enseñanzas del otro lado del océano con la dulzura característica del Anáhuac, y 500 años después, todos celebrarían alegremente el medio milenio de la llegada de los sabios aztecas a las riberas del Atoyatl Itztic, y allí mismo se realizarían grandes sacrificios en lo alto de la pirámide que se levantaría orgullosa y desafiante donde algunos pretendieron ver algún día remoto una plaza mayor.

Toda la Europa decadente habría sucumbido al poderoso avance y la superioridad de los benefactores extranjeros, y el expandido imperio azteca se extendería desde los fiordos de la antigua Noruega —rebautizada como Mictlán en la nueva cosmografía— hasta las orillas del Bósforo, que ya se conocería como Nic-Anahuac, es decir, “hasta aquí el Anáhuac”.

Y desde la laguna mexica gobernaría todo este imperio, por la gracia de la Santísima Trinidad de Tecaztlipoca, Quetzalcóatl y Huitzilopochtli, el sabio Axayácatl El Grande, enviando misioneros con sus afilados cuchillos de obsidiana para realizar los ritos de purificación. Todos hablarían el náhuatl y entonarían en su divino honor sinfonías primorosas en su escala pentafónica, que resonarían levemente en las amplias salas, sin bóvedas, de los templos dedicados a los dioses, dispersos por todo el continente antes conocido como Europa y ahora nombrado el Gran Cemanáhuac.

Supongamos que hubiera sido así…