Actualizado: 19/05/2024 23:18
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Hungría

Viaje al fondo del horror

Un museo de Budapest recuerda los dos períodos más trágicos y vergonzosos de la historia de Hungría en el siglo XX: la ocupación alemana y la dictadura comunista

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Quien recorra a pie el boulevard Andrássy y se fije en los edificios de majestuosa arquitectura que hay a ambos lados, de seguro ha de notar uno que contrasta de manera notoria con el resto. Es el número 60, ubicado en la esquina con la calle Csengery. Tanto la fachada como los cristales de las ventanas están pintados de gris, y junto a la puerta de entrada se ha añadido un tabique negro que se eleva hasta el techo. Allí se prolonga horizontalmente en una especie de alero que circunda el inmueble, a manera de una L. Tiene perforadas dos figuras —una cruz hecha con dos flechas y una estrella—, así como seis letras. Cuando el sol está encima, en la acera o en la pared se puede leer proyectada la palabra que forman: TERROR.

Ese edificio neorenacentista, construido en 1880, alberga la Terror Háza, la Casa del Terror, inaugurada el 24 de febrero de 2002 por Viktor Orbán, entonces primer ministro de Hungría. Es un museo dedicado a recordar los dos períodos más trágicos y vergonzosos de la historia del país en el siglo XX: la ocupación alemana y la dictadura comunista. Al mismo tiempo, rinde homenaje a las miles de personas que fueron perseguidas, torturadas y asesinadas por ambos regímenes totalitarios. El museo es así una efigie del terror y una memoria a las víctimas. El que se haya escogido ese sitio no resulta arbitrario: nazis y comunistas eligieron Andrássy 60 como cuartel general de sus órganos de coerción y represión, y usaron sus sótanos como cárceles y cámaras de tortura.

Para comprender y situar mejor los hechos que allí se reflejan, es necesario contar con un breve conocimiento del contexto histórico. Tras las negociaciones que pusieron fin a la I Guerra Mundial, Hungría fue despojada de dos terceras partes de su territorio y perdió la mitad de su población. Ese trauma determinó durante décadas la vida del país, y su política exterior se planteó como objetivo primordial las aspiraciones revisionistas. Al estallar la II Guerra Mundial, el gobierno se alió a Alemania e hizo desesperados esfuerzos para mantener su limitada autonomía y evitar lo peor para el país: ser ocupado por el ejército nazi. Logró que esto no se produjera hasta marzo de 1944. Hitler instaló un gobierno títere, a cuyo frente estaba la Cruz Flechada, rama húngara del Partido Nacional Socialista. Ferenc Szálasy y sus secuaces desataron un terror desenfrenado, dieron muerte a 600 mil judíos y convirtieron en un campo de batalla a la que para entonces era una nación totalmente desmoralizada.

En 1944, el Ejército Rojo cruzó la frontera húngara y empezó a combatir a los nazis. En febrero de 1945, sus soldados lograron tomar Budapest, tras un asedio que duró 100 días. Los alemanes en retirada saquearon, destruyeron y asesinaron. En las negociaciones que pusieron fin al conflicto bélico, los países occidentales vencedores reconocieron las demandas sobre la Europa Oriental de Moscú. La suerte de Hungría y otras naciones fue confiada a la Unión Soviética, o sea, a Stalin, dictador plenipotenciario, secretario general del partido y comandante en jefe del ejército. A raíz de ello, se crearon en esos territorios “gobiernos populares” que formalmente responderían a las expectativas democráticas, pero que en lugar de los principios de sufragio y libertades, actuaron según los dictados que convenían a los intereses imperialistas de Moscú. Los húngaros que habían saludado a los soldados del Ejército Rojo como liberadores, muy pronto se dieron cuenta de que habían llegado para establecerse como conquistadores.

Un país que fue doblemente ocupado

Cuando se inicia el recorrido de la Casa del Terror, lo primero que uno encuentra es un tanque T-54, similar al usado por los soviéticos en 1956 para sofocar el levantamiento popular. Viene a ser un símbolo de la amenaza de violencia que ayudó a los dos regímenes totalitarios a mantenerse en el poder. La pared situada a la derecha del tanque aparece cubierta con las fotos de las 3,200 personas asesinadas por nazis y comunistas en ese edificio.

En el segundo piso, al cual se llega por la escalera o bien mediante el ascensor, la primera sala está dedicada a la doble ocupación. En una serie de pantallas, a ambos lados de un gran panel, se proyectan grabaciones e imágenes fijas de las etapas en que Hungría estuvo bajo la bota de nazis y soviéticos. Las dos potencias querían imponer un nuevo orden, en el que una Hungría independiente no tenía cabida. Una enorme foto muestra el Puente de las Cadenas, tras haber sido destruido por las tropas alemanas antes de su retirada. En otra pared se puede leer una cita cargada de ironía: “Anoche soñé que los alemanes se habían ido y nadie más vino”. Pertenece a Imre Kovács, escritor y uno de los fundadores del Partido de los Pequeños Propietarios. Su nombre figuraba en la lista negra de los nazis, por lo que a partir de 1944 tuvo que vivir en la clandestinidad. En 1947 fue obligado a irse del país y se radicó en Estados Unidos.

Se pasa luego al pabellón de los nazis húngaros. En el centro hay una mesa, donde se ven ocho platos decorados con las ramas enlazadas, emblema distintivo de la Cruz Flechada. La figura fantasmagórica que está de pie en uno de los extremos representa a Ferenc Szálasi, principal líder de ese partido. Por los altavoces se escucha una grabación suya, en la que clama por una Gran Hungría, al tiempo que insta a combatir contra los judíos y contra la insidiosa influencia bolchevique. Durante el breve y sangriento período de la ocupación alemana, Andrássy 60 pasó a ser su cuartel general, y en sus celdas miles de personas fueron torturadas y asesinadas. En mayo de 1944 comenzó la deportación masiva de 437.402 judíos a campos de concentración administrados por el Tercer Reich. Su meta era exterminar a quienes habían sobrevivido a las deportaciones de años anteriores. La mayoría fueron enviados a Auschwitz, donde casi todos murieron.

Todo el piso de la sala siguiente está cubierto por un gigantesco mapa de la antigua Unión Soviética, en donde hay varios puntos señalados. Corresponden a los campos de trabajo forzado a donde fueron a parar entre 600 mil y 700 mil húngaros, la mitad de los cuales jamás regresó. Representan una fracción mínima de los millones de personas que pasaron por el sistema del gulag, uno de los más crueles y perversos que el mundo ha conocido. En unos conos lumínicos se pueden ver objetos que pertenecieron a detenidos. Asimismo a ambos lados, en unos monitores se proyectan testimonios de algunos de los sobrevivientes, así como imágenes de los desolados e inhóspitos campos de Siberia. En una de las paredes, se reproduce la frase que aparecía en la puerta de muchos campos: “En la Unión Soviética, el trabajo es una cuestión de honor y gloria, de heroísmo y valentía”.

El envío de ciudadanos húngaros al gulag se inició en diciembre de 1944. Supuestamente, incluía a personas de origen germano, pero en la práctica afectó a toda la sociedad. Las autoridades soviéticas establecieron un determinado número de prisioneros. En aquellas áreas donde no había residentes alemanes, se escogió a aquellos cuyos nombres sonaban a ese idioma, y eventualmente a otros con nombres húngaros. Incluso para cumplir la cifra, fueron “movilizados” menores de 18 y hasta de 16 años. Antiguos líderes políticos, miembros del parlamento, oficiales del ejército, sacerdotes, campesinos, maestros, fueron enviados a realizar trabajos forzados durante varios años. Un caso muy conocido es el de Raoul Wallenberg, un diplomático sueco que salvó la vida a miles de judíos de Budapest. En 1945 fue hecho prisionero y enviado a la Unión Soviética. Su destino posterior es incierto. Puede que haya muerto en un campo, o bien que fuera ejecutado. András Toma, el último prisionero de guerra húngaro, pudo salir de Rusia y regresar a su patria en el año 2000.

Dos figuras sin cabeza que rotan, vestidas con los uniformes de la Cruz Flechada y el ejército comunista, simbolizan la continuidad de las dictaduras. En español hablaríamos de cambio de casaca, y eso es justamente lo que se representa de modo satírico en el video que se ve en una pantalla. Al hacerse con el control de la seguridad secreta y militar, los comunistas tuvieron acceso a los archivos de la Cruz Flechada. Consecuentemente, a sus órganos represivos se unió gente que, según admitió el primer ministro Mátyás Rákosi, “había sido infectada por el veneno de la contrarrevolución y el fascismo”. Los nuevos miembros reclutados tuvieron que declarar cómo y cuándo se habían unido a la Cruz Flechada y admitir que fue un error que estaban dispuestos a reparar. Indudablemente, esas declaraciones eran excelentes medios de intimidación y chantaje. Años después, el partido decidió hacer una purga de esos elementos comprometedores.

Algo más que asesores

En 1945, tan pronto comenzó la ocupación soviética, en Andrássy 60 se instaló el Departamento de la Policía Política (PRO), que más tarde pasó a ser la Oficina de Seguridad del Estado (AVO) y luego la Autoridad de Seguridad del Estado (AVH). Gábor Péter estuvo al frente de las tres organizaciones. Sus integrantes fueron entrenados por sus homólogos soviéticos y se les preparaba para adquirir un odio sin clemencia contra los enemigos de clase. Bajo la jefatura de Péter, la policía política fue organizada para ejecutar las directrices del partido, del cual se consideraba su puño. De acuerdo al interés de este y, naturalmente, de Moscú, si se les ordenaba arrestaban, torturaban e incluso golpeaban hasta matar a familiares, amigos, antiguos compañeros de lucha y camaradas.

En los años 50 se realizaron purgas en la cúpula de la policía política. Erno Szücs, un alto jefe de la AVH, tuvo a su hermano mayor en Andrássy 60, donde fue interrogado. Eventualmente, Rákosi hizo que ambos fueran torturados hasta que murieron. Cuando era ministro del Interior, Lászlo Rajk visitaba frecuentemente ese edificio, para supervisar en persona el trabajo relacionado con casos específicos. Sin embargo, en 1949 le tocó ingresar como sospechoso. Sus antiguos subordinados usaron métodos meticulosos, para él familiares, y lo obligaron a “confesar”. Fue sentenciado a muerte y ejecutado con cuatro de sus colaboradores.

Ni siquiera el propio Gábor Péter pudo evitar ese destino. En 1953, él y una decena de sus hombres terminaron encarcelados, como consecuencia de la paranoia antisemita de Stalin. Mátyás Rákosi, el más fiel discípulo del dictador ruso, no vaciló en arrojar a los lobos de la AVH a sus secuaces de origen judío, quienes durante años habían cumplido sus inhumanas órdenes. En la Casa del Terror se ha recreado la oficina de Gábor Péter, quien murió en 1993 sin sentir ningún remordimiento por sus actos. Asimismo en unas pequeñas pantallas de esa sala se muestra a líderes comunistas que después fueron prisioneros y víctimas. Muchos fueron interrogadores y, consecuentemente, se unieron de nuevo a las filas de los victimarios.

Se creó además un elevado número de informantes. Era un ejército en las sombras que monitoreaba y grababa lo que decían sus compatriotas en fábricas, oficinas, universidades, iglesias, teatros, editoriales. No había área de la sociedad que estuviese a salvo de ellos. Estos informantes recibían apoyo, así como entrenamiento ideológico y práctico de los soviéticos. Fue el medio con el cual los comunistas mantenían su poder y apuntalaban un sistema de terror que deportaba, reprimía y maltrataba al pueblo.

Otra sección del museo está dedicada a los asesores soviéticos. El primero llegó a Hungría en 1944, casi simultáneamente con el avance del Ejército Rojo. La mayoría de ellos eran oficiales políticos o trabajaban para la inteligencia militar. Su tarea consistía en establecer en el país una nueva administración, que estuviera dispuesta a cooperar con las autoridades soviéticas ocupantes. Tras la expulsión de los nazis, la vida política y económica pasó a estar supervisada por una comisión a cuyo frente estaba el mariscal Klim Voroshilov. Los asesores “ayudaban” a la AVO, la AVH y el Departamento Político-Militar (KATPOL) en sus más importantes trabajos. Su presencia en los interrogatorios aseguraba una “experiencia imparcial”. Los arrestos y juicios políticos se llevaban a cabo según el modelo soviético y con la eficiente colaboración de estos.

Durante mucho tiempo, los expertos soviéticos fueron quienes tomaban las decisiones en economía y supervisaban todas sus ramas estratégicas. El ejército también estaba asesorado y estructurado de acuerdo al patrón soviético. Asimismo ministros y autoridades judiciales debían contar con los asesores. Educadores, ingenieros, doctores, especialistas en agricultura y minería viajaban a Hungría no solo para llevar la experiencia de la “avanzada industria y agricultura soviéticas”, sino para hacer aceptar a los húngaros un modo de vida y una mentalidad ajenos a ellos.

Junto con Yuri Andropov, entonces embajador en Hungría, los asesores se encargaron de preparar la intervención militar de 1956. Los tanques entraron en Budapest y llevaron a János Kádar y algunos miembros de su gobierno al edificio del Parlamento. Con Kádar iban sus dos asesores personales, Baikov y Kupchenko, quienes hasta 1957 se mantuvieron próximos a él y no lo perdían de vista ni siquiera de noche. Dormían en un cuarto contiguo al suyo y eran sus intérpretes durante sus conversaciones telefónicas con Nikita Jrushov. Tres oficiales de alto rango pasaron parte del otoño de 1956 en Budapest, para supervisar la actuación inicial del gobierno y dirigir desde las sombras la represión. El último asesor soviético dejó Hungría en 1989.

Una revolución aplastada por los tanques

Otro aspecto al cual se dedica un espacio es el de las deportaciones masivas. El final de la II Guerra Mundial no significó el cese de las persecuciones étnicas. Una decisión del parlamento obligó a la minoría de los shwabs a ser relocalizados, en una nueva ola de discriminación de una comunidad. En una pared se puede ver el “consentimiento oficial de repatriación” que se les obligaba a firmar. Durante casi dos años, los humillados ciudadanos húngaros de origen germano fueron despojados de sus propiedades y bienes y deportados a Alemania bajo condiciones inhumanas. Eso ocasionó al país la pérdida de un cuarto de millón de personas, que se sumó a las que murieron durante la guerra. A su vez, las minorías húngaras en Checoslovaquia, Rumanía y Yugoslavia fueron expulsadas y obligadas a dejar el sitio donde tenían sus raíces desde tiempos inmemoriales.

Las deportaciones se extendieron además a otros sectores. Se seleccionaba a las personas por su origen social, aunque el afán de lucro también influía. Después de todo, era el modo más fácil y simple de adquirir casas y apartamentos para los cuadros del partido. En muchos casos, los “elementos no confiables” eran sacados en medio de la noche y se les reubicaba en áreas remotas o en campos de trabajo. Perdían sus derechos civiles, eran privados de sus pensiones y no podían salir de sus nuevas direcciones sin permiso. Asimismo les estaba prohibido emplear oralmente o por escrito el término deportado. Quien lo hacía, estaba expuesto a un castigo. Algunas de esas personas habían vivido los horrores de los campos de concentración de los nazis. La idea de la deportación llevó a muchas al suicidio, y otras desenterraron las estrellas amarillas y comenzaron a usarlas de nuevo. En junio de 1953, Imre Nagy eliminó las expulsiones, pero la mayoría de quienes las sufrieron nunca retornaron a sus lugares de origen. Y el trato discriminatorio con aquellos que regresaron, tampoco cesó.

En otra sala se puede ver, en el centro, una bicicleta colgada del techo. Simboliza a los estudiantes que, en octubre de 1956, iniciaron las protestas que luego se extendieron a toda la población. A su lado hay un abrigo de cuero, que perteneció a Gergely Pongrátz, una de las víctimas de los fusilamientos posteriores. Otros objetos que se exhiben son un fusil automático DF, un coctel molotov similar a los usados para combatir a los tanques y una bandera húngara con un hueco en el centro (durante aquellos sucesos, eso se hizo para eliminar el emblema soviético que se le había agregado). En la pared del fondo aparece escrito con trazos gruesos: Ruszkik Háza! (¡Rusos, iros a casa!)

En octubre de 1956, hubo demostraciones estudiantiles en Budapest y otras ciudades. En poco tiempo se sumaron otras personas, pues todos los estratos de la población habían sido afectados por la llamada Era Rákosi, el período más despiadado de la dictadura. Cuando la policía secreta abrió fuego contra una demostración sin armas en Debrecen y luego en la Casa de la Radiodifusión de Budapest, lo que hasta entonces era una ola masiva de protestas se convirtió en una revolución. Su objetivo era la radical transformación de la sociedad, la creación de una Hungría independiente, libre y democrática.

En noviembre, los tanques soviéticos entraron en el país y para mediados de noviembre habían sofocado el más o menos organizado movimiento de resistencia. Moscú designó un gobierno títere encabezado por János Kádar. Una vez más, la capital quedó destruida. Hubo 20 mil heridos, 2,500 heridos y unos 200 mil húngaros salieron del país. Fueron arrestadas miles de personas, 860 de ellas fueron llevadas por la KGB a la Unión Soviética como prisioneros de guerra. Entre 300 y 450 fueron ejecutadas. En junio de 1958, el primer ministro Imre Nagy y otras figuras de la revolución fueron sentenciados a muerte y ejecutados.

La religión, un enemigo a destruir

Dos salas tienen como núcleo temático los avatares sufridos por la religión bajo la dictadura. Desde el inicio los comunistas vieron a la Iglesia como un enemigo a destruir, a causa de su autoridad moral y espiritual, su poder financiero y su organización internacional. La primera medida fue establecer salarios más bajos para sacerdotes, pastores y rabinos. Fueron prohibidas las asociaciones devotas y de caridad y se cerraron, con pocas excepciones, las instituciones educativas de carácter religioso. Los estudiantes que asistían a esos centros eran discriminados regularmente cuando querían ingresar en la universidad.

Pastores y curas fueron encarcelados o forzados a total retiro. Otros, como el rabino Ferenc Hevesi, tuvieron que salir del país o bien fueron deportados. En 1946, a varios estudiantes de un colegio franciscano se les acusó de haber asesinado a unos soldados soviéticos. A causa de ello, un cura y tres alumnos fueron ejecutados. A los demás se les condenó a largas penas en cárceles y campos de trabajo. Para 1950, el episcopado tuvo que admitir que la crueldad y la brutalidad comunistas no tenían límites. Reconoció su vulnerabilidad e impotencia y aceptó apoyar al régimen. El terror había roto su resistencia y logró extender la influencia estatal al catolicismo. A cambio de ello, el Gobierno prometió libertad religiosa y funcionamiento autónomo a la iglesia. Ocho escuelas fueron reabiertas y se les dio permiso para dar clases.

El segundo pabellón está dedicado al cardenal József Mindszenty, un hombre carismático que dijo no a las dos dictaduras. Cuando era arzobispo de Veszprém fue encarcelado por la Cruz Flechada, y en 1948 los comunistas hicieron lo mismo. Bajo su guía, miles de católicos se movilizaron en defensa de sus instituciones. En 1956 fue liberado por los revolucionarios. Pero cuando las tropas soviéticas entraron en Budapest, se refugió en la embajada norteamericana, donde permaneció en confinamiento voluntario por quince años. En 1971, ante la presión de la Santa Sede y el Gobierno húngaro, consintió en emigrar. Sus cenizas fueron llevadas a su país en 1991, cumpliendo su deseo de que eso solo se hiciera cuando el último soldado soviético hubiese abandonado Hungría. Su beatificación se halla en proceso.

Tras recorrer otros pabellones, donde se documentan aspectos como la resistencia, la manipulación de la justicia, la propaganda, la vida en los años 50, el acoso y persecución de los campesinos, se llega al Búcsú Terme, la Habitación del Adiós. En unos monitores se muestran grabaciones, estas en colores, de lo que relativamente fue el final feliz de aquel largo y aciago período. Corresponden a los días festivos de 1991, cuando el último soldado invasor soviético abandonó el país. Fue entonces cuando los restos de Imre Nagy, que habían sido sepultados en una fosa sin identificar, pudieron recibir el homenaje de sus compatriotas. Esas filmaciones concluyen con imágenes del acto inaugural de la Casa del Terror, en el año 2002.

Junto a esa sala, está otra llamada Tettesek, Victimarios. En sus paredes se puede ver una galería de fotos de rostros humanos, cuyos nombres se identifican debajo. Todas esas personas participaron de manera activa en la represión practicada por los dos regímenes totalitarios. La mayoría de ellas sirvieron como victimarios y torturadores, o bien ocuparon puestos de responsabilidad en organizaciones donde se cometieron crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, incompatibles incluso con sus propias leyes. Su comportamiento anterior o posterior a aquellos hechos no los absuelve de sus responsabilidades personales. Un dato a apuntar: unas cuantas de esas personas aún viven, pero hasta ahora no se les ha llevado ante la justicia.

Documentar el pasado y recordar a las víctimas

La Casa del Terror ha sido tan controversial como exitosa. Al inicio fue atacada y cuestionada, pues en opinión de algunos poseía un concepto demasiado moderno e inusual. Se publicaron muchos artículos en la prensa húngara, aunque también en la alemana. Solo durante el primer año aparecieron unos 2,600, en algunos casos firmados por personas que no habían visitado el museo. Eso, en parte, se justifica porque este contribuía eficazmente a romper el monopolio de la izquierda para interpretar la historia del siglo XX. El museo pasó a situarla en un modelo de interpretación más amplio y poderoso.

La principal acusación que se hacía a los organizadores era que los dos totalitarismos no fueron iguales. Por tanto, no se les debía comparar y mucho menos situar bajo el mismo techo. (¿No fueron nazis y comunistas quienes lo hicieron, al escoger Andrássy 60 como cuartel general de sus respectivos órganos de represión?) Eso dio a María Schmidt, la directora del museo, y a su equipo la oportunidad de exponer públicamente sus ideas. La gente empezó así a reflexionar con ellos sobre su pasado reciente. Los detractores no imaginaban que el efecto de sus críticas se volvería contra ellos. Estaban tan ciegos en su ira a causa de que alguien se atreviese a disputarles el monopolio de interpretar la historia, que no fueron capaces de preverlo.

Asimismo es probable que haya quien piense que es un tanto sensacionalista el que la palabra terror aparezca en un tamaño tan prominente. Pero una vez más resulta pertinente recordar que es innegable que ese edificio se asocie a una etapa de la historia húngara que fue terrorífica. Nazis y comunistas usaron los sótanos como cámaras de tortura y muchas personas murieron allí. En el libro sobre el museo que se puede adquirir en la librería que hay a la entrada, se reproduce el testimonio de Veldel Endrédy, quien fue arrestado en 1950. Allí cuenta: “Me llevaron directamente a Andrássy 60. Mi primer interrogatorio duró 18 horas. Nunca imaginé que un hombre de 56 años pudiera ser tan severamente golpeado, pateado, torturado con toda clase de instrumentos, drogado con inyecciones para privarlo de su fuerza de voluntad. Me aplicaron corriente eléctrica, me dieron electroschocks. Me di cuenta de que no querían hacer de mí un mártir, sino convertirme en un hombre despreciable, quebrantar mi espíritu”.

El museo es visitado por mucha gente, tanto húngaros como extranjeros. La venta de las entradas genera el 50 % de sus ingresos, cuando por lo general el promedio no suele pasar del 10. Numerosas escuelas han incluido la visita a Andrássy 60 dentro de su currículum. Asimismo muchas personas dejan flores y velas encendidas en el exterior del edificio. El museo cumple así una doble función, documentar los espantosos actos cometidos por las dos dictaduras y rendir homenaje a las víctimas. Durante el acto con el cual se inauguró, el entonces primer ministro de Hungría Víktor Orbán expresó: “Encerramos aquí el terror y el odio tras las rejas, porque no queremos que tengan un lugar en nuestras vidas futuras. Los encerramos tras las rejas, pero no los olvidaremos”.