Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Revolución Cultural, Mao, China

La Revolución Cultural al olvido

China parece haberse olvidado del evento que costó millones de vidas, y del que se cumplen 50 años

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La prensa cubana decidió mirar para otra parte. No está sola. China parece haberse olvidado de la Revolución Cultural, de la que ayer lunes se cumplieron 50 años.

El 16 de mayo de 1966, el Comité Central del Partido Comunista lanzó la Gran Revolución Cultural Proletaria, una campaña para consolidar la causa socialista y afianzar el poder de Mao Zedong frente a los sectores moderados que lideraba el presidente de la República, Liu Shaoqi. Nueve días después, y con el fin de extirpar “las costumbres feudales y burguesas de la vieja China”, un cartel colgado en la Universidad de Pekín denunciaba por “contrarrevolucionarios” a dos aliados de Liu Shaoqi y de su mano derecha, Deng Xiaoping. Ambos fueron purgados y Liu Shaoqi, expulsado del Partido por “traidor”, falleció en 1969, mientras que Deng Xiaoping acabó en un campo de reeducación al ser considerado un “enemigo capitalista”. Tras ser rehabilitado como vicepresidente en 1973 y alzarse con el poder a la muerte de Mao en 1976, Deng acabaría convirtiéndose en el artífice de las reformas que han transformado a China, informa el diario español ABC.

En multitudinarios autos de fe celebrados en las plazas de las ciudades, familiares y amigos se denunciaban unos a otros tocados con humillantes gorros de burro y portando carteles donde se exponían sus “pecados de clase”, al tiempo que se destruían templos y vestigios del pasado y la economía se hundía por revueltas obreras y estudiantiles como la que creó en Shanghái una comuna independiente.

Bajo el terror de la “Banda de los Cuatro”, entre los que figuraba la esposa de Mao, entre 2 y 20 millones de personas fueron ejecutadas, torturadas o inducidas al suicidio, mientras que cientos de millones sufrieron demoledoras purgas cuyas secuelas aún arrastran. Entre ellos destacan el actual presidente chino, Xi Jinping, que fue enviado al campo como otros muchos jóvenes, y su padre, Xi Zhongxun, que entonces era ministro y sufrió brutales torturas.

En 1976, tras la muerte de Mao, las nuevas autoridades arrestaron y juzgaron a la “Banda de los Cuatro” para denunciar los desmanes de esta trágica década.

La Revolución Cultural y Occidente

Durante los años sesenta, la Revolución cultural china fue uno de los fenómenos que produjo análisis y valoraciones más despistadas en Occidentes, donde muchos intelectuales la consideraron un punto de referencia y la verdadera relación de las esperanzas y los postulados del mayo francés de 1968.

Al igual que ocurrió con la figura de Ernesto Che Guevara, que pronto adornaría camisetas de los manifestantes gays exigiendo reivindicaciones en todo el mundo —reivindicaciones que el guerrillero argentino no solo hubiera desestimado de inmediato sino encerrado o fusilado a los portadores de las quejas—, los intelectuales franceses, para citar solo un grupo relevante en este sentido, se lanzaron a expresar su apoyo a un movimiento que de inmediato hubiera acabado con ellos. Aunque tal simpatía tampoco se resuelve a una ecuación simple: las camisetas y pancartas en Occidente siempre evidencian una capacidad de asimilación que convierte a consignas y poses en moda y material de consumo.

Aunque el proceso se presentaba como una revolución en profundidad, en realidad ejemplificaba otro mecanismo más en una lucha de poder, el cual tras cumplir su objetivo inicial se vio condenado a su propio irracionalismo insostenible.

Cuando Mao anunció que iba a poner fin a las viejas costumbres, los viejos hábitos, la vieja cultura y los viejos modos de pensar no estaba más que enmascarando sus fracasos recientes. Sus medidas económicas habían producido desastres mayúsculos que se tradujeron en la muerte por inanición de decenas de millones de personas. De esta forma, el fracaso del denominado “Gran Salto Adelante” había abierto la posibilidad de ascenso a personajes como Liu Shaoqi y Deng Xiaoping, que pretendían mejorar la gestión económica y evitar así el colapso de un sistema, y eso fue precisamente lo que impidió el “Gran Timonel”. Para ello recurrió a la represión más descarnada.

Mao acusó a sus rivales de revisionistas, apeló fundamentalmente a los elementos más jóvenes del partido e intentó controlar de manera muy especial el poder en las fuerzas armadas.

No todo se limitó al empleo de la fuerza. Mao demostró tener un especial talento propagandístico. Logró convencer a los cuadros del partido de que un enfrentamiento con él podía significar el fin de todo el sistema. De esta forma, la resignación terminó convertida en una rueda más de la maquinaria del terror, puesta en funcionamiento fundamentalmente por los guardias rojos. Estos, en su mayoría muy jóvenes, comenzaron no solo a criticar sino también a delatar y agredir a maestros, educadores y padres. Presas del terror, millones de personas se confesaban públicamente culpables de terribles crímenes recibiendo después castigos supuestamente populares que podían ir desde las burlas o las palizas a la deportación a campos de concentración o la muerte. Como era de esperar, los ajustes de cuentas menudearon.

Lo curioso es que este cuestionamiento con la tradición y las formas de autoridad, que permitían el paralelo con el mayo del 68 francés, no eran más que las maniobras de un dictador por mantenerse en el poder. Mao además recurrió a un concepto de la ciudad como recipiente del mal y de la tierra como fuente de energía telúrica que llevó a profesionales e intelectuales a trabajar en el campo, abandonando las labores para las que estaban especialmente preparados, lo que empeoró todavía más la situación económica.

La década de la Revolución Cultural se caracterizó en Cuba por un rumbo ideológico sui géneris, donde tras un coqueteo inicial con China en los primeros años de la llegada al poder Fidel Castro desarrolló su tortuoso rumbo de altas y bajas con el Kremlin que por esos años no pasaba por su mejor momento, pero donde tampoco se permitía manifestación alguna favorable al proceso chino, en especial con vista a las diferencias entre Hanói y Pekín.

Fue por ello que el tema de la Revolución Cultural China estuvo por completo excluido de la prensa y de los centros de estudio. Además de lo impenetrable que de por sí era conocer lo que estaba ocurriendo. La Habana se encargó por entonces de agregarle unos cuantos metros a su propia “Muralla China”.

Todo ello nunca excluyó las notables semejanzas entre el comportamiento político de Castro y Mao, que saltan siempre aquí y allá. En más de una ocasión, Fidel Castro estuvo cercano o inició sus pequeñas “revoluciones culturales”.

Fin y continuación

Durante 1968 dio la impresión de que el régimen comunista estaba a punto de colapsarse especialmente cuando miles de personas murieron en enfrentamientos en las provincias de Guangdong y Guangxi. Ello llevó a un cambio de rumbo y la represión hasta cierto punto tuvo que ceder. En el terreno internacional, el hecho decisivo fue el estallido en el norte de China de un conflicto fronterizo con la URSS, mientras que al sur, en Vietnam estaba en marcha una guerra con participación de Estados Unidos. Esta combinación de caos interno y difícil situación internacional llevó a Mao a poner fin a la Revolución Cultural. El anuncio oficial se produjo en abril de 1969, durante la celebración del IX Congreso del Partido Comunista Chino.

Hoy China es un buen ejemplo de lo mucho que se puede avanzar en el terreno del fetichismo revolucionario, o específicamente comunista, convertido en pieza de adorno. En el mercado de antigüedades de PanJia Yuan, en Pekín, se venden fotografías de las humillaciones a que sometían a las víctimas de la Revolución Cultural, y además figurines de porcelana que representan a ciudadanos con carteles colgados al cuello o “gorros de burro” en la cabeza, como representaciones típicas de la época. No solo la retórica revolucionaria convertida en pequeña pieza de exhibición, sino la represión también.

En los museos chinos impera el criterio de la exhibición como una forma de propaganda: abundan las lagunas en las biografías, las explicaciones todavía abusan de los adjetivos al peor estilo estalinista y en todas partes impera la retórica al uso, de por ejemplo hablar de una “repliegue estratégico” a la hora de mencionar una retirada o un retroceso. Los criterios conservadores predominan en las selecciones de pinturas e imperan las estatuas del más puro realismo socialista a la hora de escenificar batallas o mostrar acciones heroicas.

A la China actual no le interesa, ni tiene, un modelo que exportar. Puede citarse como ejemplo lo que ha hecho el país al permitir la inversión extranjera y la banca internacional mientras mantiene un férreo control político ―y es posible que no solo Vietnam sino incluso el gobierno cubano, en algunos aspectos, siga sus pasos. Sin embargo, siempre hay que hablar de momentos concretos, de medidas específicas.

La nación asiática es un rompecabezas demasiado complejo para atraer fácilmente a quienes tienen el poder en Cuba. Y no solo porque siempre está presente el fantasma de Tiananmen. El difícil equilibrio entre represión, censura y libertad empresarial y económica no es fácil de alcanzar. Además, da la impresión que el país es como una pelota a la que han ido agregando parche tras parche para que siga rodando, pero que en ocasiones asombra por la distancia enorme que hay de un añadido a otro.


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