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Ginebra 1, Havana Club 0

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Tras meses de intensos viajes, cabildeos, negociaciones, alabanzas e insultos, el 18 de abril a las 14:30, hora de Cuba, la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra, por cerrada votación de 22 a favor (Argentina, Bélgica, Camerún, Canadá, Costa Rica, Rep. Checa, Francia, Alemania, Guatemala, Italia, Japón, Letonia, Madagascar, Noruega, Polonia, Portugal, Corea del Sur, Rumania, España, Reino Unido, Uruguay y Estados Unidos), y 20 en contra (Argelia, Burundi, China, Cuba, India, Indonesia, Liberia, Libia, Malasia, Nigeria, Pakistán, Qatar, Rusia, Arabia Saudita, Sudáfrica, Suazilandia, Siria, Venezuela, Vietnam y Zambia);con 10 abstenciones (Brasil, Colombia, Ecuador, Kenia, Mauricio, México, Níger, Perú, Senegal y Tailandia) y un ausente, la República Democrática del Congo, aprobó la moción de condena al gobierno cubano por su sistemática violación de los derechos humanos.
La condena en Ginebra es puramente simbólica, dado que no implica ningún tipo de sanción, salvo la moral. Y como el gobierno de La Habana califica su derrota de “victoria moral” —ignoro qué calificativo habrían acuñado en caso de no prosperar la moción—, ni eso. Pero me asalta una duda: si perder la votación fue una victoria; si según ellos el padre de la moción (Estados Unidos, por supuesto) sólo obtuvo una “victoria pírrica”; si este tipo de eventos no merecen ninguna credibilidad, al ser “selectivos” y “discriminatorios”; no comprendo por qué se gastó la leche condensada de tantos niños en viajes internacionales y cabildeos del canciller cubano y su equipo, por qué La Habana ha redondeado tantas mesas, hecho correr océanos de tinta sobre el tema, y traspasando las fronteras de la grosería empleando su nutrido arsenal de insultos contra las naciones que presuntamente votarían en su contra.
La Comisión de Derechos Humanos es objeto de manipulación política. Lo sabe hasta Vox Populi. Hay presiones de todas direcciones para fomentar o inhibir condenas, en dependencia de quien se trate, y la magnitud del mercado correspondiente no es ajena a estos tejemanejes. Países como China, por ejemplo, no son sancionados. Pero el hecho de que unos violadores sean absueltos (y no por falta de pruebas), o ni siquiera sean encausados, no significa que en Cuba no se violen los derechos humanos. De modo que la condena es justa, y no se trata, como repite la prensa oficial, de una moción “anticubana”, sino de una moción contra el gobierno cubano. Aunque en la Isla persistan en la engañosa sinonimia Cuba=Patria=Socialismo=Fidel. Aplicando después el carácter transitivo. Por el contrario, se trata de una moción pro cubana, en la medida que ejerce una simbólica presión para que se produzca una ganancia en las libertades de once millones, a costa de limitar la hoy omnímoda libertad de uno solo.
A pesar de no sentirse condenada, en palabras del canciller cubano, la nomenclatura insular, por boca de la prensa, ha echado mano a un catálogo de insultos que Borges habría envidiado en su Historia universal de la infamia. Lacayuna es la República Checa al presentar la moción; ignorados, pisoteados, vilipendiados y recibiendo órdenes directas de Colin Powell, actuaron los europeos, en especial la Gran Bretaña y España, en su papel de segundona. Con “los mismos méritos” votaron Canadá, Suecia (que no votó, aunque lo afirme el Granma, quizás se refieran a Noruega, hielo más hielo menos) y Japón. Aterrados los africanos, a quienes Estados Unidos amenazó sancionarlos a su vez en Ginebra, u ofrecerles dinero para combatir el SIDA en caso de que se portaran bien. Curiosamente, Sudáfrica, la nación de ese continente con más casos de SIDA, la que acaba de ganar la pelea a las multinacionales farmacéuticas norteamericanas y se dispone a fabricar sus propios medicamentos eludiendo patentes, votó contra la moción. “Nada sorprendentes”, según la prensa cubana, fueron las votaciones de los cuatro países latinoamericanos que aprobaron la propuesta checa.
Los que, en cambio, votaron al compás de Cuba, especialmente Argelia, Libia, China, Rusia y Venezuela, dieron “la cara al plenario” y denunciaron la vil maniobra. Esos son los buenos de la película. Y el malo malísimo, por supuesto, Estados Unidos, para el que la condena a Cuba era de tal importancia que un solo mandatario recibió diez llamadas de Bush en una madrugada; amenazaron con retirar el “weaver” que inhibe temporalmente la aplicación de la Helms-Burton; suprimir “blindajes financieros”; sus agregados militares ejercieron la intimidación (¿habrán amenazado con invadir en caso de que no se cumplieran las órdenes?); practicaron, según el embajador cubano ante la comisión, Carlos Amat, “el chantaje, las torceduras de brazos, y así y todo, no han conseguido variar los estándares de votación de otros años”. (Traducido: el gobierno cubano fue nuevamente sancionado, pero no por goleada). Y añade: “Todo el mundo estaba sobrecogido en el plenario por sus presiones. Parecían cuervos”. Vista la pavorosa situación, el milagro es que votaran contra la moción países como Indonesia, Malasia, o Qatar, e incluso Arabia Saudita, el aliado norteamericano en Oriente Medio. Parece que algunas caperucitas no le temen al lobo.
Del total de las naciones que ejercieron su derecho al voto, 52,11 eran latinoamericanas, 13 europeas, 2 de América del Norte, 14 africanas, 3 de Oriente Medio y 9 asiáticas. El comportamiento del voto fue el siguiente:

 

Continente

 

 

Países / % del total de votantes

 

 

A favor de la moción / % Continental

 

 

Contra la moción / % Continental

 

 

Se abstienen / % Continental

 

 

Latinoamérica

 

 

11 / 21%

 

 

4 / 36%

 

 

2 /18%

 

 

5 / 46%

 

 

Norteamérica

 

 

2 / 4%

 

 

2 / 100%

 

 

 

 

 

 

Europa

 

 

13 / 25%

 

 

12/ 92%

 

 

1 / 8%

 

 

 

 

África

 

 

14 /27%

 

 

2 / 14%

 

 

8 / 57%

 

 

4 / 29%

 

 

Oriente Medio

 

 

3 /6%

 

 

 

 

3 / 100%

 

 

 

 

Asia

 

 

9 / 17%

 

 

2 / 22%

 

 

6 / 67%

 

 

1 / 11%

 

 

TOTAL

 

 

52

 

 

22

 

 

20

 

 

10

 

Como se observa en esta estadística de bodega, Norteamérica es el continente donde las autoridades cubanas son menos populares, seguido de cerca por Europa, donde sólo Rusia desentona. Latinoamérica es el más dudoso, además de que allí los partidarios del régimen son la mitad que sus enemigos. En África, a pesar de las amenazas militares y farmacéuticas, el apoyo se acercó a las tres quintas partes de los países votantes; apoyo superado por el 67% de los asiáticos. De todo esto de desprende que, salvo en Asia, el hemisferio norte no se le da bien a Fidel Castro. En su propio hemisferio, sólo el 15% lo apoya abiertamente. Su pretensión de ser recordado como el Bolívar del Siglo XX no ha prosperado. A juzgar por las estadísticas, mejor se embadurna la cara como el negrito del teatro bufo y cambia de continente. O toma lecciones particulares de chino en la calle Zanja y se presenta en el Celeste Imperio como la reencarnación barbuda de Mao Zedong. Aunque, sin dudas, sus mejores opciones están en el Medio Oriente, donde le cederían un trozo de desierto, dispondría de un harén de mansos ministros, y podría cortar la mano a los ladrones y la lengua a los disidentes, y nadie se le iría en balsa porque el oleaje de dunas no es navegable. Puede que le queden algunos años para convertir el desierto en victoria y acabarle de desgraciar la vida a los periodistas especializados en el eterno conflicto de Oriente Medio. Árabes, palestinos, judíos y un jodío de postre.
Y lo más importante: de aceptar mi sugerencia, cuya demostración matemática es irrefutable, sentaría un magnífico precedente: que por primera vez emigren los gobiernos, no los pueblos.
“Ginebra 1, Havana Club 0”; en: El Nuevo Herald, Miami,24 de abril, 2001.
“Ginebra 1, Havana Club 0”; en: Cubaencuentro, Madrid,20de abril,2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/lasemana/2001/04/20/2054.html.



Presos en directo

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La información de que ha estallado un motín en una cárcel latinoamericana, ya casi no es noticia. Con superpoblaciones que normalmente multiplican por tres, por cinco o por diez la capacidad instalada, con una dieta balanceada (en las mismas balanzas de los campos nazis), pésimas condiciones de higiene y asistencia médica, lo único que en ellas sobra es la violencia. Con esos ingredientes, y algunos más, no es raro que con una asiduidad que ya parece rutina los presos se amotinen, tomen rehenes, conminen a las autoridades y creen una crisis eventual que por lo visto sólo funciona como paliativo para una enfermedad ya crónica en nuestras sociedades.

 

Por eso no es raro que los delincuentes europeos juzgados y encarcelados al sur del Río Grande, no luchen por la conmutación de sus condenas, sino porque los trasladen a una cárcel en su país de origen, y convertirse en presos cinco estrellas del primer mundo.

 

En esta ocasión ocurrió en la prisión de Curumbé, situada en Cuiaba, ciudad del Mato Grosso brasileño. 368 prisioneros (la capacidad teórica es de 260) aprovecharon el jueves 12 a las tres de la tarde, cuando estaba a punto de concluir la hora de visita, y tomaron a 163 reheres, entre ellos unos 50 menores y varios agentes de prisiones. El cabecilla de la operación, José Carlos Nascimento, era miembro del grupo Primer Comando de la Capital, banda que controla el tráfico de droga en las cárceles, y que conmovió Brasil el pasado febrero con la revuelta simultánea en 29 prisiones de Sao Paulo.

 

Los prisioneros de Curumbé exigían la dimisión de Elpidio Onofre Claro, director del penal desde hace 20 días.

 

Quince de los rehenes fueron liberados entre viernes y sábano, día en que al parecer los prisioneros alcanzaron un principio de acuerdo y se disponían a deponer su actitud, liberar a los rehenes y permitir el acceso de las autoridades. Pero los cabecillas se negaron a suspender el motín hasta el domingo, y explicaron sus razones a las autoridades.

 

Ya comunicada la prórroga del motín, el mismo sábado se escucharon disparos en la prisión, y poco después cesaba la revuelta.

 

Cuando las autoridades ingresaron al penal, descubrieron los cadáveres de Nascimento y otros cinco cabecillas, aniquilados por los demás presos. La razón de este ajuste de cuentas fue que Nascimento pretendía postergar la solución del conflicto, no para obtener mayores ventajas, sino para ser entrevistado en vivo, el domingo por la tarde, en uno de los programas de más audiencia de la televisión brasileña. Consideraciones secundarias eran el daño que se causaba a los familiares, o el acuerdo alcanzado.

 

Se cumple aquel postulado filosófico: “Sales en la televisión, luego existes”. Y su contrario: si no sales en la tele, tu existencia es, cuando menos, dudosa. Una razón que ya no es sólo usufructo de políticos y celebridades. Cualquier hijo de vecino soporta horas de espera para ocupar asiento en un plató, confiando en que un pase descuidado de la cámara revele al mundo su presencia televisiva. Miles de aspirantes claman por encerrarse en una casa y mostrar a la audiencia sus intimidades y miserias. Porque la existencia del homo televisivo nos demuestra que ser médico es una profesión, pero ser famoso (e incluso famosillo) es una carrera. Una verdad que descubrió y puso en práctica precozmente Fidel Castro, gracias a que la sufrida Cuba que él liberó, contaba con la más extensa red televisiva de Hispanoamérica. Una verdad que usufructuaron Franco, Sadan, Kadafi, Chávez en Venezuela y el primer político online, el Subcomandante Marcos.

 

Claro que en el caso de la cárcel brasileña, los presos pusieron las reivindicaciones concretas y el bienestar de sus familiares, por delante del famoseo de sus líderes; dando un ejemplo notable de sentido común. Decididamente, la sabiduría no tiene cátedra fija ni se cobija en exclusiva bajo el techo de las llamadas (y a veces mal llamadas) instituciones culturales y docentes. Y aunque esto no se traduzca en una incitación a copiar sus métodos, algunos catedráticos deberían estudiar sin prejuicios la filosofía de los reos.

 

“Presos en directo”; en: Cubaencuentro, Madrid, 17 de abril, 2001. http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/04/20/1967.html.



Guapería

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Este planeta empieza a parecerse a mi aula de cuarto grado. La mayoría de los niños no rebasábamos las 70 libras y éramos, por razones de peso, propensos al diálogo, la conciliación y los pactos. Nuestras confrontaciones no solían pasar del boconeo (tu madre, la tuya, la bolita del mundo de la tuya, la rebombiá de..., y así hasta las más alambicadas construcciones del insulto, que sólo he vuelto a encontrar en la literatura). Dos o tres pesos pesados, en cambio, no se rebajaban a contemporizar, y zanjaban las discusiones con el argumento terminal de un sopapo. Aunque se cuidaban de ejercer la guapería con sus iguales, e incluso concertaban pactos de no agresión, delimitando sus respectivas esferas de influencia. Algún minimosca ejercía también la guapería, pero aplicando la técnica del muerde y huye, o cobijándose bajo la sombra protectora de un guapo mayor con vocación de líder que había congregado su propia corte de alguaciles, tracatanes y recaderos.

 

En este planeta que emerge tras la caída de la URSS, sólo se dintingue un guapo en todo el barrio, y la administración Bush, en cuya nómina constan el vice-presidente Richard Cheney y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, expertos en la Guerra Fría y ex jefes ambos del Pentágono, parece empeñada en confirmarlo. Anuncia el desarrollo del sistema antimisiles, obviando los acuerdos de desarme. Con el propósito de advertir al personal, y sin que medie una explicación clara y plausible (quizás había que librarse de misiles caducados) bombardea a Irak, sabiendo que el malvado Hussein no puede ejercer otra respuesta que la gritería. Por último, en contra de sus promesas electorales y de la firma estampada en la reunión del G-8, abandona el Protocolo de Kioto sobre regulación en las emisiones de gases tóxicos —de los que Estados Unidos es líder mundial, con la cuarta parte de los venenos que amenazan convertir la atmósfera en algo irrespirable—. En todos los casos, el argumento es el mismo: Por mis timbales. Y no se refieren al instrumento musical.

 

Quizás lo más peligroso de esta política timbalera sea que Bush no siente obligación alguna en caso de pactos o acuerdos internacionales contraídos por la administración anterior, lo cual establece un nefasto precedente, incluso para los propios Estados Unidos. Por otra parte, los argumentos de que una limitación de las emisiones afectaría a la economía norteamericana —como afecta a la economía de cualquier otra nación—, dejan en precario el principio de que la justicia y los intereses globales de la humanidad están muy por encima de los intereses particulares de individuos, países y compañías. Principio sin el cual los organismos internacionales, empezando por la ONU, podrían ser disueltos mañana mismo.

 

Ahora al guapo del barrio le ha salido un competidor, inferior en su musculatura de misiles y bombas, pero docto en kung fu y con una paciencia de chino para imponerse poco a poco en el patio de la escuela. No en balde ya Bush lo definía como un “competidor estratégico”.

 

Desde que el avión espía norteamericano EP-3 colisionó con un caza chino matando al piloto, y se vio obligado a aterrizar en la isla de Hainan, las autoridades norteamericanas han exigido la devolución de avión y tripulantes intactos y sin que medie debate. Advierten que el avión no deberá ser inspeccionado (cosa que ya los chinos hicieron por aquello de que “el patio de mi casa es particular”) y Condoleezza Rice, asesora de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, afirma que una disculpa a China no sería adecuada. El presidente Bush expresa en una carta, que responde a “razones humanitarias”, sus condolencias a la esposa del piloto fallecido, pero, restándole importancia, atribuye a la situación anímica de la viuda la referencia de la mujer a la “cobardía” de la negativa norteamericana a pedir disculpas. Richard Cheney lamenta la prolongación de este asunto, que pone en peligro las relaciones a largo plazo con China —el mayor mercado del mundo—, y se mantienen “intensas negociaciones” para pedir disculpas a China sin pedirlas. Porque esa es la exigencia de los asiáticos: obligar al guapísimo del barrio a pedir disculpas ante la comunidad internacional. Disponen para ello de un avión, 24 tripulantes, y una paciencia de chinos.

 

Washington se refiere a los 24 tripulantes como “retenidos” y no como “rehenes”, asimilando la lección de Joyce sobre la flexibilidad del idioma. Varios congresistas alientan presiones económicas a China, cuya relación favorable con EE. UU. puede permitir su ingreso en la Organización Mundial de Comercio. Otros preferirían una disculpa sotto voce para seguir negociando en paz con los asiáticos. Y a pesar de la monolítica postura de China, seguramente habrá allí quienes apuesten por el comercio de la dignidad, en aras de la dignidad del comercio. Una batallita entre arrogancia y conveniencia que seguramente concluirá en gritería, boconeo y guapería de salón, porque ambos saben que los pequeños de la clase están mirando, y en el fondo de sus corazoncitos infantiles, se ríen como locos.

 

“Guapería”; en: Cubaencuentro, Madrid, 10 de abril, 2001 http://www.cubaencuentro.com/meridiano/2001/04/10/1877.html.



¿Ginebra o ron?

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Los debates en Ginebra sobre el estado de los Derechos Humanos, ya parecen formar parte de una cierta recurrencia noticiosa. Los periodistas desempolvan y retocan sus crónicas de la sesión anterior, porque en este planeta de limitados recursos, incluso la inteligencia es reciclable.
Que a cualquier ser humano le corresponden, por su mera existencia, ciertos derechos, es una concepción históricamente reciente. Y aún hoy contemplamos la existencia de ciudadanos y naciones con derechos de primera, segunda y hasta cuarta categoría. Ciudadanos con derechos musculares: injertos del tercer mundo en el primero que permite a las naranjas de California y al brócoli de Murcia, ser competitivos. Aún así, el mero hecho de que en 1948 se aprobara la Declaración Universal de Derechos Humanos fue un paso más gigantesco para la humanidad que el de Armstrong en la Luna: conceder a todos los humanos, aunque fuera sobre el papel, incluso sobre el papel mojado, ciertos derechos. Claro que aún distamos mucho de una política radical y “de principios” sobre el tema: existen naciones cuyo atractivo mercado “dulcifica” la falta de libertades.
Hay gobiernos que acuden a Ginebra sin temor a sanciones, quizás por aquello de que quien no la debe no la teme. Otros asisten (o ni se toman el trabajo) con las expectativas cumplidas de antemano: saberse condenados sistemáticamente por la violación de los derechos de sus ciudadanos, y con la tranquilidad de espíritu que concede el “no me importa”. El gobierno de Cuba, como de costumbre, arma la pataleta por anticipado.
Fidel Castro divide a los cubanos en dos grupos: quienes le apoyan (o, al menos, lo simulan) y los “anexionistas” (presuntos culpables de lesa yanquilidad) y, con su clara vocación universal, hace extensible esta parcelación al planeta entero: “justos”, que apoyarán al gobierno de la Isla, y “lacayos” del Imperialismo Yanqui. Del mismo modo que ningún cubano, en la sistemática del castrismo, tiene derecho a una tercera opinión, ningún país está autorizado por las autoridades de La Habana, a opinar según su propio criterio (a menos que ese criterio coincida con los de FC, en cuyo caso se trata de una clara independencia de pensamiento). Ya lo dijo Jaime Crombet, vicepresidente de la Asamblea Nacional cubana: “No se puede rechazar el bloqueo a Cuba y ser cómplice del Imperio que intenta justificarlo”. Como en una vieja película de John Wayne, hay que estar con los indios o con los cowboys. Y añadió, durante la 105a Conferencia de la Unión Interparlamentaria que se celebra en La Habana: “Para nosotros, quien apoye a Estados Unidos en sus maniobras y campañas difamatorias contra Cuba carecerá de autoridad para hablar sobre los derechos humanos y la democracia en nuestro país”. Y como no se puede denostar el embargo y, al mismo tiempo, sostener que en la Isla se violan sistemáticamente los derechos humanos, en la lógica de La Habana, sólo queda una actitud posible.
Un ejemplo claro es la respuesta, en la Conferencia Interparlamentaria, al delegado estonio, quien había leído una “diatriba contrarrevolucionaria que le instruyeron en defensa de los dos mercenarios checos que hace varias semanas fueron detenidos en nuestro país por venir a Cuba cumpliendo misiones de una potencia extranjera: instruir, abastecer y financiar a elementos aislados que aspiran con gran impotencia y el desprecio de nuestro pueblo a que Cuba sea anexada a Estados Unidos y regrese a la condición de colonia yanqui”. Como se observa, el estonio era una suerte de recadero, los parlamentarios checos eran agentes pagados por el Imperio, y los opositores en la Isla, “impotentes”, “despreciables” y “anexionistas”. Y eso que Borges nos alertaba contra el exceso de adjetivación.
Claro que el gobierno de FC es flexible, y acepta incluso con benevolencia las abstenciones en Ginebra, caso tradicional de algunos gobiernos latinoamericanos. Pero las cosas cambian: Argentina ya no es la de los “compañeros” militares que Cuba apoyó en la guerra de Las Malvinas, y se ha pasado al “enemigo”. El México de Fox es una incógnita: pretende relanzar las relaciones con La Isla, tiene en La Habana un embajador socialista; en Ginebra, una diplomática que censura la violación de los derechos humanos en Cuba, y un canciller de izquierdas, Jorge Castañeda, que se atreve a firmar: "El ejercicio de la soberanía no puede, de ninguna manera, perseguir fines inhumanos; no puede, por tanto, ser ejercida por un Estado en contra de los derechos fundamentales de sus ciudadanos y de cada individuo que se encuentre en el ámbito de su soberanía''. Sabiendo que será confinado al Gulag ideológico de La Habana.
Las autoridades cubanas, además, se ofrecen para impartir un seminario universal sobre prácticas democráticas, como se desprende de lo sucedido en la Conferencia Interparlamentaria cuando el alemán Dieter Schloten calificó de insuficiente en Cuba el respeto a los derechos civiles y políticos y a la libertad de prensa, entre otros, y brindó la experiencia de su país para ayudarlos. Ramón Pez-Ferro, presidente de la Comisión de Relaciones Internacionales de la Asamblea Nacional, respondió: “no necesitamos ni sus lecciones ni sus consejos”. Disfrutamos “de una democracia representativa y participativa que puede ser ejemplo de una verdadera democracia”. De modo que Cuba transitó hacia la democracia y ni nos enteramos.
A pesar de adjetivos, diatribas y gritería, Fidel Castro sospecha que la Ginebra no le sienta bien. Él prefiere el Chivas Regal. Y en su nombre, el canciller cubano Felipe Pérez Roque predice que de cualquier modo la votación será celebrada: "No podemos todavía hacer un pronóstico, pero ya podemos estar seguros de que si la votación no nos es favorable, obtendremos una victoria moral”. Es decir, que la celebración está cantada: si no es con Ginebra, será con Havana Club.
“¿Ginebra o ron?”; en: Cubaencuentro, Madrid, 6 de abril, 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/04/06/1855.html.
“¿Ginebra o ron?”; en: Periodista Digital, 2001. http://www.periodistadigital.com/textos/colaboraciones/82.html.



Los derechos y los izquierdos

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Que a cualquier ser humano le corresponden, por su mera existencia, ciertos derechos, es una concepción históricamente reciente. Las democracias arquetípicas del mundo antiguo concedían voto sólo a los ciudadanos libres, y esa condición de no-persona que es la esclavitud continúa vigente, explícita o implícitamente, en muchos países. En su día, los teólogos discutieron si las mujeres, los negros y los indígenas americanos tenían alma, lo cual los haría merecedores de otros derechos, no sólo el de pertenecer a la fauna local. Y no es necesaria una larga memoria para percatarnos de que el voto femenino es una novedad histórica. Hoy contemplamos con toda naturalidad la existencia de ciudadanos y naciones de primera, segunda y hasta cuarta categoría, dotados con los derechos correspondientes. O ciudadanos a los que sólo se les concede un valor muscular: injertos del Tercer Mundo en el Primero que permite ser competitivos a las naranjas de California y al brócoli de Murcia.
Aún así, el mero hecho de que en la resolución 217 A (III), la Asamblea General de las Naciones Unidas, acordara el 10 de diciembre de 1948 la Declaración Universal de Derechos Humanos fue un paso más gigantesco para la humanidad que el de Armstrong en la Luna. Por primera vez, un foro de seres humanos concedía a todos sus congéneres, aunque fuera sobre el papel, papel mojado si se quiere, ciertos derechos.
En los documentos que aparecen en el sitio web del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba, y que puede leer cualquier humano con derecho a la Internet, se apela a la argumentación estadística para poner en dudas la legitimidad de la política de derechos humanos, aduciendo que al “ser establecida en 1946, la Comisión de Derechos Humanos estaba integrada por 18 países, cuando existían 53 Estados Miembros de las Naciones Unidas, es decir, el 34% de los Estados Miembros”. Y añade el MINREX que “en la actualidad, solo 53 países de los 189 integrantes de las Naciones Unidas componen la Comisión, o sea el 28%”. De inmediato nos preguntamos por qué La Habana, tan proclive a la estadística, se decantó por el sistema patentado en su día por Vladimir Ilich, y no por el que impera en la inmensa mayoría de las naciones. De cualquier modo, en los mismos documentos, el gobierno cubano declara su “compromiso firme y permanente con la promoción y protección de los derechos humanos” —estadísticas al margen—. ¿En qué consisten entonces sus objeciones? La esencial es que dada la proporción abusiva de los países del Norte en la Comisión de DDHH (el 20% de los escaños cuando son apenas el 15% de los miembros de la ONU, dice el MINREX), se han ponderado los derechos civiles por encima de los restantes como criterio para evaluar el estado de los DDHH en las naciones. Y Cuba tiene razón.
Recordemos que en la Declaración se consigna que TODOS los seres humanos tienen derecho a la seguridad social, a la satisfacción de sus derechos económicos (Artículo 22); derecho al trabajo libremente elegido, a una remuneración equitativa que asegure a él y a su familia una existencia digna, protección contra el desempleo y derecho a pertenecer y fundar sindicatos que le defiendan (Artículo 23); derecho a tiempo libre, descanso y vacaciones pagadas (Artículo 24);derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar y, en especial, la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales; derecho a seguros por enfermedad, invalidez, viudez, vejez, etc.; así como la protección de la maternidad y los niños (Artículo 25); derecho a la educación y derecho de los padres a elegir la educación de su hijos (Artículo 26); a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten (Artículo 27). Hay más, pero bastan estos para demostrar que en ningún país, que yo conozca, TODOS sus habitantes disfrutan del menú íntegro que nos ofrece la DUDH.Y distamos mucho de que esta situación se subvierta, distamos mucho de que todos los gobiernos y, en especial, los de las naciones desarrolladas, asuman un compromiso real por que ese derecho a la vida sea algo más que un documento. Y seguramente no será Don Mercado quien automáticamente lo resuelva.
Dije antes que Cuba tiene razón, y me explico: se ponderan, efectivamente, los derechos civiles. Los derechos fundamentales, que condicionarían el acceso de todos los seres humanos a un nivel digno de vida, dependen de factores económicos que sólo evolucionarán con lentitud. Los derechos civiles, en cambio, expresan la relación entre el poder y el individuo: actor con plenos derechos, incluso al respeto de su individualidad; o mero tornillo cuyo derecho es responder con obediencia a la rueda dentada del poder. Dependen, por tanto, de algo tan volitivo como la actitud de los hombres que detentan el poder ante los demás hombres. ¿La inquietud del gobierno cubano es pura vocación de equitatividad? No. ¿A qué se debe entonces su interés en subrayar esos derechos fundamentales? ¿A qué se debe que el MINREX exprese como posición de Cuba “el reconocimiento del carácter universal, indivisible, interdependiente e interrelacionado de todos los derechos humanos (...) dándole a todos el mismo peso, tanto a los derechos civiles y políticos como a los económicos, sociales y culturales, incluido el derecho al desarrollo”?
Dado que nadie cumple con todo esto, ¿con qué moral se me acusa?, apostilla La Habana. Además, el gobierno cubano considera que garantiza a los ciudadanos de la Isla un nivel de vida digno. También depende de lo que se entienda por dignidad: sistema gratuito de salud sin medicamentos ni medios; educación elegida por el gobierno (pater nostrum), dictada por maestros mal pagados y en éxodo de escuelas en ruinas, abrumados por la falta de recursos mínimos; una libreta de racionamiento que garantiza la alimentación subsahariana que su inventor no ha disfrutado en estos 40 años; derecho a adquirir en dólares que no se ganan la ropa y otros bienes imprescindibles; derecho a hacinarse tres generaciones en casa de los abuelos, o a que la mitad de las viviendas de la Isla se encuentren en situación ruinosa (según afirmación reciente de Carlos Lage); derecho a que el ingeniero y el médico ganen 15 dólares mensuales, otorgando al Estado una plusvalía de miedo (con lo que la gratuidad de las gratuidades queda en mero teorema); por no hablar del “libre” acceso a la cultura, o la libertad sindical. O del proclamado “derecho al desarrollo”, que Fidel Castro ha aplicado por el revés: colocando en la cola a un país que estaba a la cabeza de América Latina. En fin, el derecho, en este caso del Estado, a convertir el país que recibió en la primera mitad del siglo un millón de inmigrantes, en el país de donde huyeron dos millones en la segunda mitad. Sin discriminar a los zurdos, creo que se confunden los derechos con los izquierdos.
La desesperación reciente de La Habana por demostrar que en la Isla existe una genuina democracia —difícil tarea cuando menos de la mitad de los parlamentarios son elegidos por votación popular, y se reúnen una semana al año, lo que da cuenta de su peso en la maquinaria gubernamental—; los pataleos y acusaciones a Argentina o la República Checa y Polonia; la campaña más adjetiva que objetiva desatada en la prensa ante la inminente sanción condenatoria que le espera a mediados de marzo, todo forma parte de una habitual manipulación: suplir con himnos universalistas (a los que no falta su dosis de razón) la falta de respuesta a las preguntas más elementales sobre la realidad cubana.
¿Mueren de enfermedades curables los niños africanos? Sí. ¿Y eso qué relación tiene con que los cubanos sean discriminados hasta el ostracismo por sus ideas políticas (Artículo 2)? ¿Carecen de pan los campesinos etíopes? Sí. ¿Y eso qué relación tiene con que ningún cubano disfrute de la libertar de disentir, so pena de palizas, arrestos, mítines de repudio y otros izquierdos humanos que otorga FC (Artículos 3 y 5)? ¿Carecen de derecho a la salud las mujeres afganas? Efectivamente. ¿Y eso qué relación tiene con que en Cuba no sólo carezcan de las más elementales garantían las personas juzgadas por los tribunales, sino que incluso se les condene a prisión por “peligrosidad”, es decir, prisión profiláctica que precede al delito (Artículos 8,9 y 10)? ¿Carecen de toda seguridad los trabajadores haitianos? También. ¿Y eso qué relación tiene con que el Estado cubano interfiera arbitrariamente en la vida privada de sus ciudadanos, viole la correspondencia, mancille desde el monopolio de los medios de comunicación la honra de quienes disientan, o imponga la división de las familias según el grado de devoción política (Artículos 12, 15 y 16)? ¿Cruzan el Río Bravo los hambreados espaldas mojadas y son cazados por la policía migratoria norteamericana? Efectivamente. ¿Y eso qué relación tiene con que en Cuba el derecho a la libre circulación sea potestad del Estado, mediante el arbitrario permiso de salida, y se le niegue por definición a una parte importante de los ciudadanos; que el derecho a la nacionalidad o a cambiarla sean armas políticas o medios de recaudación, y que el intento de huida fuera penado con largas condenas (Artículos 13 y 15)? El propio MINREX reconoce en sus documentos que de esto lo que más le interesa es “el movimiento sin restricciones de las remesas financieras que los ciudadanos de otros países envíen a sus familias en el país de origen”. ¿Por qué será?
Y aunque el niño que padece esclavitud sexual en Tailandia o los meninos da rúa en Río de Janeiro carecen de todos los derechos, no creo que eso justifique el derecho de FC sobre la propiedad de sus súbditos (Artículo 17), la libertad de opinar (siempre que sea de acuerdo con el gobierno), y la de asociarse (a las organizaciones establecidas y controladas por el Estado) (Artículos 17 al 20). Por no hablar de su peculiar ejercicio de la libertad de recibir información, según la cual estas líneas no podrán ser leídas por los ciudadanos cubanos, cuya castidad ideológica Fidel Castro pretende preservar, tamizando este mundo revuelto antes de colocarlo ante sus ojos. Este mundo donde los hombres luchan por sus derechos, sin que un sumo pontífice se abrogue la potestad de instituir una libreta de racionamiento para administrar sus izquierdos: 80 gramos de pan y la más plena libertad de hacer silencio.
“Los derechos y los izquierdos”; en: Cubaencuentro, Madrid, 30 de marzo, 2001. http://www.cubaencuentro.com/encuba/2001/03/30/1751.html.