Actualizado: 27/01/2023 18:43
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El zumbido del merequetén

Dieterich y el testamento político de Castro: ¿Insiste el sociólogo alemán en pedir peras democráticas al olmo totalitario?

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Hitler escupía contra los alemanes a medida que el Ejército Rojo se acercaba a Berlín; Castro descargará cada vez más culpas, a medida que crezca su angustia frente al cierre de la disyuntiva "socialismo o muerte". Asimismo, redoblará su esfuerzo por salvar a los pecadores. Cada segundo de su vida es el portillo por donde puede colarse el Mesías.

Ya Castro abdicó de la primacía evolutiva de la base económica para enrumbar hacia la superestructura por el camino de Hobbes: "El hombre nace egoísta [y] la educación impone las virtudes". Desde luego que se topará otra vez Marx, quien puso esta piedrecita en aquel camino: "el propio educador necesita ser educado" ( Tesis sobre Feuerbach, 1845). Pero entre tanto inocula el virus de la culpa a las víctimas, con la esperanza de que el castrismo siga campeando post mórtem por sus respetos ideológicos.

Crítica de la razón práctica

Dieterich enfoca con lente crítico las tres premisas enunciadas por "el talentoso canciller" Pérez Roque para salvar la revolución cuando Castro "deje el hueco que nadie puede llenar y que tendremos que llenar entre todos como pueblo": la autoridad moral de líderes austeros, dedicados al trabajo y sin privilegios; el apoyo de la mayoría de la población, sobre la base de las ideas y las convicciones antes que del consumo material; y el veto al resurgimiento de la burguesía, que fue y sería indefectiblemente pro yanqui.

La premisa inicial sería "correcta y necesaria. Habrá que ver si la futura configuración del sistema político cubano permitirá imponerla", dice el experto germano-mexicano, sin detenerse en la configuración actual de violencia (redadas policiales contra opositores pacíficos y periodistas independientes), engaño (tasa de crecimiento económico del 11,8 por ciento), lavado de cerebro (Cuba es el país con condiciones para vivir 120 años) y obediencia incondicional ("pa' lo que sea, Fidel, pa' lo que sea") preñada de guataquería: "Los cubanos patriotas sabemos firmemente que el sol lleva verde olivo el traje, tiene alma guerrillera de ideales justicieros y botas de incansable escalador de montañas y sueños" ( Granma, agosto 13 de 2005).

Según Dieterich, la segunda premisa tendría que puntualizar la contradicción entre "ética y consumo". Este último debe ajustarse al "patrón histórico vigente", que comprendería "el acceso al Internet, a la educación, salud, movilidad social y geográfica, transporte individual o colectivo adecuado…". Y no sólo se podrían "reducir ciertos consumos superfluos", sino hasta "consensuar el modelo de consumo viable" mediante "un debate al estilo de los parlamentos obreros de los noventa".

En una reunión nacional de producción (agosto 26 de 1961), el economista cubano Regino Boti (hijo) previó que hacia 1965 sus compatriotas consumirían, al año, 60 kilogramos de carne, 192 litros de leche y 197 huevos. Aun los obispos católicos denunciarían que, por obra y gracia del castrismo, la tierra fértil de Cuba ha sido "incapaz de alimentar a sus hijos con sus dobles cosechas de los frutos más comunes" ( El amor todo lo espera, 1993).

El talento sociocientífico de Dieterich se agota en proponer otra reunioncita para que las mayorías discutan "las alternativas de consumo, por ejemplo, si prefieren más hospitales o transporte, o vivienda".

El Marx que así se honra no es Karl, sino Groucho. Dieterich no se atreve a emplazar a Castro por haber soslayado el "dictum de Lenin": resolver la "tarea de la producción". Ni por ser personalmente responsable de la corrupción e ineficiencia en amplios sectores de la economía, que adolece asimismo de serios atrasos tecnológicos.