Actualizado: 27/01/2023 18:43
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El zumbido del merequetén

Dieterich y el testamento político de Castro: ¿Insiste el sociólogo alemán en pedir peras democráticas al olmo totalitario?

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Es más fácil machacar a Pérez Roque por distorsionar "la dialéctica real de los contrarios" y remachar el clavo de la propiedad productiva con la observación de que se encuentra "en manos del Estado, no en manos de las mayorías". Así puede corregirse la tercera premisa: no hay gran burguesía, "porque el Estado ya la sustituye". Sólo queda pendiente "el problema de la pequeña burguesía".

Sin embargo, esta clase dista mucho de ser amenaza política latente, después que el Estado se apropió de las fincas rurales con extensión superior a 67,1 hectáreas ( Gaceta Extraordinaria Especial 1, octubre 3 de 1963) y los negocios privados en las ciudades fueron barridos por la Ofensiva Revolucionaria (1968), tras vociferar Castro: "¿Vamos a hacer socialismo [o] timbiriches?" ( Granma, marzo 24 de 1968).

Dieterich rehúsa coger el toro burgués por los cuernos socialistas que indicaron ya, entre muchos otros, el yugoslavo Milovan Djilas ( La nueva clase, 1957) y el soviético Michael Voslensky ( La nomenklatura. Los privilegiados en la URSS, 1980). Quien explore hoy las redes de circulación del dinero y el poder en Cuba, notará lo mismo que la condesa de Merlín cuando regresó a La Habana (ca. 1840) y empezó a frecuentar los círculos aristocráticos: casi todos los participantes eran parientes.

Crítica del juicio

Dieterich tiene predilección por la teoría de sistemas autogobernados. Proseguir la revolución castrista sin Castro exige que el binomio Partido-Estado sea "de carácter vanguardista o cibernético", tan sensible a las desviaciones como presto a corregirlas. La trampa mercadotécnica estriba en que San Lenin concibió "el partido del centralismo democrático" y el diablito Stalin se encargó de malograrlo.

La presunta bondad original autorizaría entonces para "devolver al partido único la dialéctica o cibernética intencionada por Lenin". Mas ni siquiera en el mercado negro de ideas puede venderse ya este gato leninista por liebre científica. La teoría de sistemas rinde dividendos sociopolíticos, sólo si se combina con la teoría de la acción social, como hizo Claus Offe (un discípulo de la Escuela de Francfort más aventajado que Dieterich) al indagar las crisis del capitalismo tardío.

No es la primera vez que Dieterich engulle a los individuos con cuchara de factura sobrehumana. Su artículo Tres fusilados en Cuba (www.rebelion.org) cortó a cercén la posibilidad misma de autonomía jurídica y moral de las personas, para justificar la pena de muerte contra los autores principales del secuestro incruento de la lancha Baraguá: "No importa si los secuestradores tenían conciencia del papel que estaban jugando en la política mundial o si involuntariamente habían entrado en una trama mayor fuera de su control y competencia, al modo de una tragedia griega".

Desde la perspectiva sistémica de autorregulación, el Partido y el Estado cubanos se tornan menos apropiados aún a la condición humana y queda tras bambalinas la tragedia greco-cubana de que, a través de aquellos, el Comandante en Jefe sólo ha impuesto su voluntad a multitudes que gritan contraseñas o deambulan con apatía.

Tras fracasar el reajuste a la fuerza como consecuencia de la desunión postsoviética, Castro adoptó algunas medidas de liberalización: legalizó el dólar (1993), autorizó el trabajo por cuenta propia (1993), reabrió los mercados agropecuarios no estatales (1994)… Del 10 por ciento de contracción anual (1990-1993) del Producto Interno Bruto (PIB), Cuba subió entonces al 4 por ciento de crecimiento (1994-1996), pero enseguida el gobierno contradijo la opinión y voluntad del pueblo limitando el alcance de aquellas medidas.

Para 1997-1998, el crecimiento rondaba ya por el 2 por ciento. Al cabo, el ensalzado binomio Partido-Estado dio un giro pitagórico: los números constituyen la naturaleza de las cosas. No sólo la tasa de crecimiento, sino también la tasa de cambio de una supuesta moneda nacional quedaron a merced del poder político y sus manejos.

Dieterich postula que todo sistema duradero de conducción política debe garantizar el flujo simétrico de información y el debate real entre "la vanguardia, los cuadros medios y las masas". Al parecer, desconoce que el periodista franco-polaco Kewit Karol detectó hace tiempo anomalías congénitas del flujo informativo y la cultura del debate en la Cuba castrista.

Luego de advertir que todo el mundo enfatizaba sus múltiples quejas con la exclamación "¡Si Fidel supiera esto!", Karol acabó convenciéndose de que la gestión gubernamental no descansaba "sobre ninguna decisión libremente discutida y comprendida" ( Le Nouvel Observateur, marzo 30 de 1970).

Así y todo, Dieterich insiste en pedir peras democráticas al olmo totalitario. Aunque reconoce que el régimen castrista "no prevé la esfera pública de debate estratégico", aún considera posible restituirla y dar transparencia a sus interacciones para "defender la revolución a la muerte de Fidel".