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Anestesia local, pistola en mano

Castro, Pérez Roque y el futuro de la Isla: ¿Está en los jóvenes la clave del problema?

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El 17 de noviembre de 2005, en el acto por el aniversario 60 de su ingreso en la Universidad de La Habana, Fidel Castro pronuncia el que considero su discurso más importante del pasado año y uno de los más significativos sobre el futuro del régimen.

En medio de una intervención cargada de referencias políticas, históricas y hasta filosóficas, confesiones personales y recuerdos, lanza una pregunta: "¿Creen ustedes que este proceso revolucionario, socialista, puede o no derrumbarse?". Luego, otra y otra: "¿Lo han pensado alguna vez? ¿Lo pensaron en profundidad?".

No son interrogantes que usa como un simple recurso de oratoria. Poco importan aquí las exclamaciones de "¡No!" de la concurrencia. Está advirtiendo a quienes le rodean: "Este país puede destruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos [Estados Unidos]; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra".

Volverá a esta idea explicando lo que para él son los aspectos objetivos y subjetivos capaces de posibilitar el derrumbe del sistema que ha creado. "Les hice una pregunta, compañeros estudiantes, que no he olvidado, ni mucho menos, y pretendo que ustedes no la olviden nunca…".

Aunque todo el tiempo estará brindando respuestas, no deja fuera la duda: "Cuando los que fueron los primeros, los veteranos, vayan desapareciendo y dando lugar a nuevas generaciones de líderes, ¿qué hacer y cómo hacerlo? Si nosotros, al fin y al cabo, hemos sido testigos de muchos errores, y ni cuenta nos dimos".

La amenaza viene de adentro

Tratar de evitar nuevos "errores". Así quiere definir las medidas que está tomando. En un momento en que Latinoamérica ha dado un giro rotundo hacia la izquierda, que la situación económica de su gobierno ha mejorado, cuando parece recuperado de una peligrosa caída, y desafiante a los pronósticos médicos adversos, el Comandante en Jefe se muestra más desconfiado que nunca.

Ante todo, una desconfianza hacia quienes le rodean. Habla de la caída, la operación posterior. El hecho conocido de que sólo permitió anestesia local durante la intervención quirúrgica. Reconoce que siempre dispone de una Browning de 15 disparos. Confiesa: "He disparado mucho en mi vida". Después agrega: "Lo primero que quise ver fue si mi brazo tenía fuerza para manejar esa arma que yo siempre usé. Esa está al lado de uno, usted la tiene". La capacidad del jefe de Estado, la astucia del gángster, los reflejos del guerrillero.

¿Por qué esa premura en saber si puede disparar? No por una amenaza externa. En todo el discurso no se menciona una sola vez el peligro de una invasión, la "agresión imperialista" o la posibilidad de una guerra: la Isla ha alcanzado la "invulnerabilidad militar". Invulnerable, pero no indestructible. Queda bien claro. La amenaza viene de adentro.

La primera amenaza es el propio ser humano: "El hombre es un ser lleno de instintos, de egoísmos […] el instinto de supervivencia es uno de ellos". ¿Pero no es el apuro por agarrar la pistola la muestra de un instinto de supervivencia? ¿Dónde están las señales de alarma? No para quien considera que sobrevivir es asegurar la continuación de la revolución. Hay que estar de acuerdo a su lado, pero no es suficiente. El peligro está en todas partes. Para él y para quienes lo rodean. No le garantiza la vida a nadie. A todos los deja sin alternativas. Él es la revolución. ¿Y después?

Castro pretende minimizar la idea de su muerte, aunque durante toda la intervención se coloca en una jerarquía superior, que le permite achacarle a otros —economistas, administradores, ministros— los errores cometidos. Poco cuenta a estas alturas repetir un recurso utilizado una y mil veces. Destaca en cambio lo que considera importante. Lo que no hay que olvidar nunca: él es el patrón moral del país, el hacedor del destino nacional. Y un creador nunca está tranquilo.

Una vez más, hay que reinventar la revolución. No se excluye de los errores. De lo que se excluye es de las consecuencias por haber cometido errores. Queda para los economistas el no percatarse de lo incosteable de las zafras azucareras. Son los ministros los que han sido deficientes "y bastante deficientes". Es en los poderes populares donde el "desastre es universal, el caos". La ineficacia, la falta de interés y el descontrol son algunos de los factores subjetivos que pueden acabar con la revolución. Pero no los únicos ni los más importantes. Está el problema de la corrupción, explicación siempre a mano, que oculta deficiencias, críticas y causas políticas.


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