Actualizado: 23/06/2024 21:59
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En clave cifrada (I)

Lecciones de la confesión del escritor alemán Günter Grass sobre su pasado en las SS nazis.

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"...Y sin embargo me he negado durante décadas a confesarme la palabra y las dos runas [SS]. Lo que acepté con el estúpido orgullo de mis años mozos, quise callármelo después de la guerra por causa de una vergüenza creciente. Pero el lastre seguía ahí, y nadie podía aligerarlo".

Leyendo este conmovedor extracto de las recién publicadas memorias de Günter Grass (n. 1927, Gdansk/Danzig) Beim Häuten der Zwiebel ( Pelando la cebolla), se tiene la impresión de que no habría nada más que reprocharle. No ha sido así. El libro ha suscitado un gran escándalo.

En primer lugar, porque a partir de El tambor de hojalata (1959) Grass, que además de escritor es pintor y escultor, se convirtió en una especie de Lacoonte ético de la RFA al exhortar a tocar fondo en el ajuste de cuentas individual y colectivo con el pasado nazi, so pena de reincidir en el círculo vicioso que hizo posible el ascenso de Adolf Hitler. No tenía razón: ni el fantasma del Tercer Reich volvió a alzarse jamás en la antigua República Federal —más allá de unos cuantos cabezas rapadas—, ni la Alemania reunificada representa una amenaza para Europa y el mundo, ni siquiera en el deporte.

Francotirador implacable, Grass se ha visto a menudo expuesto al fuego cruzado de la izquierda, por sus discrepancias con la generación del 68, la RDA y el bloque soviético; y de la derecha, por sus ataques al bando demócrata-cristiano y a la Iglesia. Pero nunca antes el cuestionamiento de su rol como "instancia moral" había sido tan radical como ahora. Inerme ante las furiosas andanadas de sus adversarios, les ha imputado la torcida intención de reducirlo al status de "no persona".

Dos cargos veniales y una circunstancia agravante

¿De qué se acusa a Grass esta vez? En principio, de tres cargos, dos veniales y una circunstancia agravante. Primero, haber portado a los 17 años las infamantes runas de las SS-Waffen, que eran divisiones de tropas especiales encuadradas en las SS (Escuadrones de Protección a las órdenes de Himmler). Segundo, haber tardado más de 60 años en dar a conocer el dato; y tercero, la innegable doblez de haber sido inmisericorde con quienes no pudieron o jamás intentaron negar su pertenencia al aparato represivo nazi. Lo fue hasta con un ex disidente del nazismo como Konrad Adenauer, primer canciller federal de la RFA.

El tercer cargo es el más oneroso, puesto que conlleva una autodescalificación para juzgar conductas ajenas y pone en tela de juicio al núcleo de su poética, centrada en el leitmotiv de la rendición de cuentas. Por si fuera poco, frecuentes omisiones, lapsus y opacidades en pasajes claves del texto, han despertado suspicacias sobre el expediente del joven miembro de las SS-Waffen. A ello se suma un olvido aún más desconcertante: Grass admite desconocer los motivos de su largo silencio.

Con su tardía confesión del 12 de agosto al Frankfurter Allgemeine Zeitung, Grass ha clavado de paso la última puntilla en el féretro de la moribunda tesis sartreana del engagement intelectual. Víctima de su propio maniqueísmo, se halla, pues, contra la pared como intelectual comprometido. La controvertida entrevista en el canal ARD, si acaso, ahondó el foso bajo sus pies al no poder aportar él más datos concretos a su favor que la súplica de leer sus memorias.


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