Actualizado: 03/04/2020 11:38
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La decencia tiene dos nombres

Alberto Mora Becerra y Alberto J. Mora: Una pregunta para los torturadores en Washington y La Habana.

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Sus deseos fueron cumplidos, incluso antes de que Castro leyera la carta. Fue detenido como parte de la investigación contra Padilla, por agentes de la Seguridad del Estado que desconocían la existencia de ese documento, entregado a Raúl Roa durante un homenaje al crítico de cine José Valdés Rodríguez en la Universidad de La Habana.

Entonces ocurrió otra de las tantas paradojas en la vida de Alberto: fue la carta pidiendo su detención la que lo salvó de estar más tiempo tras las rejas. Luego de una entrevista con el gobernante cubano en una celda de la Seguridad del Estado, fue liberado y enviado a recorrer la Isla, para que conociera de "primera mano la justicia y los logros revolucionarios".

El viaje tenía, entre otros objetivos, la intención de que se olvidara de sus preocupaciones en favor de la libertad de expresión y el destino de los disidentes. También apartarlo de la polémica en torno a Padilla e impedir que el caso del escritor se extendiera a un combatiente revolucionario.

A la primera carta siguieron dos más, en que Alberto analizaba logros y deficiencias del proceso —desde una óptica revolucionaria—, así como la necesidad de encaminarlo hacia un rumbo democrático, para de esta manera evitar caer en situaciones similares a las que entonces existían en la Unión Soviética y el campo socialista.

Terrorismo y terror

El 17 de diciembre de 2002, quince meses después del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001, David Brant, director del Servicio Investigativo Criminal de la Marina —graduado de criminología y quien había sido policía en Miami—, le refirió a Alberto J. Mora su preocupación y molestia por la conducta de los interrogadores militares en el campo de detenidos de Guantánamo.

Le planteó que se trataba de un personal que carecía de la preparación adecuada, que estaba obteniendo resultados muy pobres en su labor, y el cual recurría cada vez más al abuso físico y sicológico para tratar de sacarle información a los detenidos. "Repugnancia" fue la palabra empleada por Brant para caracterizar lo que producían en él las técnicas empleadas por los interrogadores.

En una reunión posterior, Brant le dijo a Mora que existía el rumor de que estas tácticas estaban autorizadas al más alto nivel en Washington. Luego de conocer mejor la situación y consultar con otros funcionarios, Mora se reunió con el secretario de la Marina, Gordon England (quien es ahora subsecretario de Defensa), y con William Haynes, el asesor general del Pentágono. A ambos expresó su rechazo a la utilización de tales técnicas.

Alberto Mora Becerra se mató siendo un revolucionario. Se negó a admitir —al menos a comentar— que la revolución era un fracaso, que el socialismo no tenía futuro y que era imposible cambiar el rumbo del sistema sin echarlo abajo. En él pesó más la Historia que la realidad. Negar el proceso era negar la justificación de su vida. Pero eso no le impidió denunciar las iniquidades.

Su concepto de la historia (libre de mayúsculas y cargada de crímenes) resultó erróneo, pero no lo utilizó como consuelo para justificar una posición acomodada. No hizo que se callara ante las injusticias. Con inocencia y virilidad, trató de convencer al principal responsable de la debacle cubana de sus errores, al tiempo que le reconocía su autoridad. Uno de sus errores fue aferrarse a la idea de que existía la posibilidad de rectificar un rumbo sin salida, que estaba torcido desde mucho antes de que él empezara a cuestionárselo.

Alberto J. Mora estaba en el Pentágono cuando el avión comercial dirigido por varios terroristas se estrelló sobre el edificio. Hoy día sigue apoyando la llamada "guerra contra el terrorismo" que lleva a cabo la administración de Bush —un apoyo que incluye el estar de acuerdo con la invasión de Irak— y siente un gran fervor por la Marina. "Es mi administración también", afirma. Por supuesto que continúa siendo un conservador.