Actualizado: 03/04/2020 11:38
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La decencia tiene dos nombres

Alberto Mora Becerra y Alberto J. Mora: Una pregunta para los torturadores en Washington y La Habana.

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Sin cambiar nada

Castro leyó la primera carta que le escribió Alberto Mora Becerra. Posiblemente también las dos siguientes. Lo escuchó durante la entrevista mencionada, que duró toda una noche en un calabozo. Le pidió que redactara un informe de su recorrido por toda la Isla. Lo que nunca hizo fue poner en práctica una sola de las sugerencias.

Lo mandó a visitar planes de desarrollo, fábricas e instalaciones diversas. Puso a su disposición los medios necesarios para que fuera atendido de acuerdo al rango de comandante de la revolución que Alberto tenía y nunca perdió. Incluso le recordó el compromiso contraído con la madre de Mora, cuando esta se encontraba moribunda y le pidió al gobernante que velara por su hijo.

Todo el tiempo invertido por Alberto y por Castro en estos meses fue para lograr no cambiar nada. El gobernante terminó enviando al interlocutor rebelde a dirigir un plan agrícola. Lo separó de un cargo menor que este tenía en la sección cultural de la Universidad de La Habana, evidentemente disgustado ante la posible influencia que alguien que creía en la democracia y la libertad de expresión pudiera tener sobre los jóvenes estudiantes. Se limitó a castigarlo de nuevo.

El presidente Bush decidió en febrero de 2002 que los sospechosos de terrorismo detenidos por el gobierno de Estados Unidos no merecían ser tratados de acuerdo con lo estipulado por las convenciones de Ginebra. Alberto J. Mora trató de forma persistente de alertar sobre lo desastroso e ilegal de tal política. Expresó su opinión antes de que salieran publicadas las fotografías de los abusos en Abu Ghraib.

El 7 de julio de 2004 dirigió un memorando de 22 páginas al vicealmirante Albert Church, quien dirigió la investigación sobre los abusos en Guantánamo. El 15 de enero le envió otro a Haynes, donde describía las técnicas de interrogación empleadas en Guantánamo como un tratamiento del que lo menos que se podía decir era que resultaba cruel y poco usual. Un tipo de conducta que en el peor de los casos no cabía otra alternativa que considerarla como una forma de "tortura".

Él y otros abogados participaron en un "grupo de trabajo" —creado con miembros de todas las ramas militares— para elaborar nuevas guías para los interrogatorios. Sus esfuerzos, y los de quienes compartían sus preocupaciones, se vieron limitados una y otra vez por el grupo de asesores del vicepresidente Dick Cheney y la resistencia de varios de los más poderosos miembros del Gobierno.

Descubrió que respecto al tratamiento de los detenidos, el Pentágono ha seguido una doble política: una más visible, destinada a tranquilizar a los críticos y a quienes temen que las violaciones puedan conducir a enjuiciamientos penales en el futuro, y otra secreta, que ha permitido —y parece seguir permitiendo— los maltratos, pese a las denuncias y los escándalos.

Similitudes y diferencias

Esta historia es de ahora en adelante sólo la de Alberto J. Mora. El paralelismo anterior, entre la valentía y la entereza moral de los dos hombres, no intenta ser también una comparación entre el gobierno de Bush y el régimen de Castro. Las similitudes terminan tras hablar de ambos enfrentamientos frente al poder y el engaño. No hay dictadura en Estados Unidos. Hay que hacer todo lo posible por detener esa amenaza.

La vida de Alberto Mora Becerra está marcada por la tragedia. La de Alberto J. Mora no. Ambos son héroes, cada cual a su manera. El suicidio del comandante Mora fue un gesto inútil, consecuencia de la desesperación. El abogado Mora se retiró de su cargo en el Pentágono para volver a la empresa privada y en la actualidad es asesor de operaciones internacionales de la multimillonaria corporación Wal-Mart.