Actualizado: 03/04/2020 11:38
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La decencia tiene dos nombres

Alberto Mora Becerra y Alberto J. Mora: Una pregunta para los torturadores en Washington y La Habana.

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El gobierno estadounidense ha afirmado que estos métodos no están autorizados en estos momentos en Guantánamo, pero una información aparecida el 26 de febrero en The New York Times señala que los militares estadounidenses han ampliado una prisión en Afganistán que es mucho más secreta —no permite visitantes del exterior, excepto miembros de la Cruz Roja Internacional, y se niega a hacer públicos los nombres de los detenidos— que la instalación en suelo cubano.

Allí permanecen encerrados unos 500 sospechosos de terrorismo, aunque se alega que muchos son inocentes: encarcelados debido a denuncias de sus enemigos en las villas en que residían o arrestados por la policía local al negarse a pagar sobornos.

Defensores de los derechos humanos y ex detenidos dicen que las condiciones carcelarias han mejorado tras la construcción de nuevas instalaciones y la muerte violenta de dos afganos, en diciembre de 2002 (Luego de una investigación, se encontró que las causas de las muertes obedecieron a dos prácticas ahora prohibidas: el colgar a los prisioneros por los brazos del techo de las jaulas metálicas y el golpear con varas en las piernas a los reclusos desobedientes).

Otros métodos abusivos, como el uso de perros de ataque para atemorizar a los recién detenidos o el encadenamiento por las muñecas a las puertas de las celdas, como castigo a quienes hablaban sin autorización, también han sido abolidos.

Esta prisión afgana, situada en una base aérea norteamericana unos 90 kilómetros al norte de Kabul, ha visto incrementada su población tras el fallo de la Corte Suprema de junio de 2004, que permite a los prisioneros de Guantánamo impugnar su detención en cortes de EE UU.

Autoridad moral

Si Estados Unidos pierde cada vez más autoridad moral ante el mundo, al mantener centros de detenciones —en Guantánamo y otras partes— donde no se cumplen a plenitud los principios de la Convención de Ginebra, los cubanos tenemos el deber elemental de condenar cualquier forma de tortura —no importa si aplicada a supuestos o verdaderos terroristas— para reafirmar no sólo un derecho elemental, sino nuestra integridad ética frente a las violaciones que ocurren en la Isla.

Alberto Mora Becerra, el combatiente e hijo de mártir revolucionario, quien sufrió en las cárceles de Batista algunos de los mismos métodos utilizados años más tarde por los interrogadores militares estadounidenses —como la técnica de fusilamientos simulados— y el revolucionario que de un pistoletazo se apartó para siempre de un régimen cargado de fusilamientos reales, no pudo quedarse callado ante la represión y la injusticia imperante en un país capaz de meter en la cárcel hasta a sus mejores poetas.

Al señalar y tratar de impedir la crueldad y la tortura en Guantánamo, Alberto J. Mora ha dado un ejemplo de dignidad y lanzado una advertencia, que vale para los torturadores de cualquier nacionalidad. "Da la impresión que muchos abogados del gobierno norteamericano desconocen los hechos históricos", dijo el ex asesor, quien agregó: "Me pregunto si incluso están familiarizados con los juicios de Nuremberg, con las leyes de guerra o la Convención de Ginebra", agregó.

Esta pregunta tendrán que responderla en su momento algunos torturadores, tanto en Washington como en La Habana.


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