Actualizado: 13/07/2020 12:18
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Las trampas de la fe

Marx, la izquierda y los crímenes del comunismo: ¿Se puede matar a cien millones de personas en nombre del amor?

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Para la izquierda, siempre ha sido difícil determinarse en relación con su pasado. Su "deber" de memoria es proclive a la frivolidad solemne del "deber ser". No cuenta tanto la indagación histórica, sino más bien las conmemoraciones. Allí donde la historia reclama guardar la distancia, la izquierda exige adhesión, aunque se pase de rosca moral.

Esta tesitura se apuntala con uno de los legados ideológicos más sólidos de la alianza victoriosa entre Occidente y la URSS contra Hitler: la noción de antifascismo arraigó como doble criterio de verdad y bondad de la izquierda comunista pro soviética.

El Kremlin montó el antifascismo como vitrina de su comunismo y propagó la idea de que no se podía ser a la vez anticomunista y antifascista. La izquierda francesa no vaciló en tildar de "falsificador" y "borracho" al ex funcionario soviético Víctor Kravchenko por denunciar los campos de concentración estalinistas en Yo escogí la libertad (1947). Parecida suerte corrió Alexander Solzhenitsin tras publicar El archipiélago del Gulag (1973). A fin de cuentas, uno de cada cinco hombres soviéticos pasó por colonia penitenciaria o campo de trabajo forzado entre 1934 y 1953.

En semejante orden social, sólo disfrutan de plena libertad quienes se encargan de pisotearla. Desde octubre de 1936 hasta noviembre de 1938, más de millón y medio de soviéticos fueron detenidos y, de ellos, 668.305 fueron ejecutados.

Así y todo, un intelectual de la talla de Bertolt Brecht escribió: "Por lo que atañe a los procesos, sería absolutamente inadmisible adoptar una actitud hostil [hacia la URSS], aunque sólo fuera porque pronto se habría transformado, automática y necesariamente, en actitud de hostilidad hacia el proletariado ruso amenazado de guerra por el fascismo mundial".

Especies del mismo género

Al parecer comunismo y nazismo son especies del mismo género, porque tratan de erradicar el mal y crear tanto la sociedad perfecta como el hombre nuevo. La razón práctica (todo lo posible mediante la libertad) queda entonces subordinada al determinismo y la predestinación, mientras que la pasión humana por las novedades se desboca hacia el paroxismo de dar el tajo definitivo en la historia.

Tras la desunión postsoviética, la izquierda se empeña en absolver al comunismo por su inspiración en ideales sublimes, sin advertir que no hay comunismo fuera de aquel "realmente existente". La noción platónica que contrapone "Idea" y "Realidad" es pura metafísica del verdugo. Tampoco puede justificarse que la bondad original se transfiguró en maldad por "circunstancias históricas". El terror totalitario prosigue, sin adversarios en guerra, contra los disidentes en paz y se vuelve incluso contra los propios partidarios que no estén "claros".

El peso de lo circunstancial suele ilustrarse con la fábula de "Lenin bueno" y "Stalin malo", pero desde que tomaron el poder los bolcheviques desencadenaron el terror siguiendo la vieja pauta leninista (1914) de "guerra civil [como] agudización natural de la lucha de clases". El régimen zarista ruso dictó 6.321 condenas a muerte (1825-1917). Para marzo de 1918, el gobierno leninista soviético acumulaba 18.000 ejecuciones.

Uno de los jefes de la Comisión Extraordinaria de Toda Rusia para Combatir la Contrarrevolución y el Sabotaje (CHEKA), Martín Latsis, recalcó: "No hacemos la guerra contra las personas en particular, sino para exterminar a la burguesía como clase". El Comité Central acordó "liquidar físicamente hasta el último cosaco" (enero 24, 1919). Máximo Gorki echó esta salsita intelectual: "El odio de clase debe ser cultivado como una repulsión orgánica respecto al enemigo en cuanto ser inferior".

Todos los regímenes comunistas hacen pasar la tiranía de unos pocos como conjugación de coerción sobre todos y participación de todos. Las tiranías clásicas se contentan con adueñarse del cuerpo y controlar la expresión, pero el totalitarismo tiene apetito religioso e intenta engullir las almas. "O bien la ideología burguesa, o bien la ideología socialista. No hay punto intermedio", decía Lenin.

Tanto para él como para Hitler, la salvación colectiva precisaba suprimir el mal (desigualdad de clase o yugo judío) no en el más allá, sino en el futuro. A tal efecto fueron masacrados millones de hombres no sólo por lo que hacían, sino también por lo que eran: enemigos de raza o de clase que, como "enemigos objetivos" de la historia o de la naturaleza, sobraban en el reino de este mundo. Lenin urdió la metáfora "limpiar" a Rusia de "parásitos" e "insectos dañinos". Para junio de 1919, comentaba: "Sería una gran vergüenza mostrarnos dubitativos y no fusilar por falta de acusados".