Actualizado: 13/07/2020 12:18
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Las trampas de la fe

Marx, la izquierda y los crímenes del comunismo: ¿Se puede matar a cien millones de personas en nombre del amor?

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Primero se liquidaron los oponentes al régimen, luego los delitos fueron remplazados por la mera posibilidad de que fueran cometidos y, a la postre, cualesquiera personas fueron consideradas "enemigos objetivos". Este patrón no se disolvió en la geografía. Lo siguieron China y Corea del Norte, Vietnam y Camboya, así como las "democracias populares" en Europa oriental y el resto del mundo.

¿Males menores y mal absoluto?

Marcela Ocampo demuestra en "Un brindis por el sonso" ( Enepecé, noviembre-diciembre de 2005) que originalmente los comunistas no eran tan antifascistas como fanáticos del Poder Soviético. Para la izquierda francesa, por ejemplo, el pacto entre Hitler y Stalin (agosto 23, 1939) no podía más "que contribuir a garantizar la paz" ( L'Humanite, agosto 24, 1939).

Después no importó que Moscú se anexara Ucrania Occidental y Bielorrusia, invadiera Finlandia y usurpara Moldavia, Bucovina y las repúblicas del Báltico, con las cuales tenía firmados pactos anteriores de no agresión.

Sólo que el 21 de junio de 1941 Hitler faltó a su palabra. El papel subsiguiente de la URSS en la caída del fascismo desvió la atención de los crímenes del comunismo y, de paso, transformó al fascismo en cajón de sastre donde ahora cabe todo anticomunismo. Aunque este último casi se extinguió tras la desunión postsoviética, el antifascismo conserva su actualidad: cualquier ocasión parece propicia para denunciar "resurgimientos" del fascismo.

Los intelectuales pro castristas, por ejemplo, cuelgan el sambenito de fascismo al gobierno estadounidense en ejercicio de la razón perezosa, que echa mano a males del pasado para no sudar mucho la camiseta en aprehender los males del presente. La izquierda nostálgica del marxismo-leninismo tacha de fascistas a sus adversarios con la esperanza de capitalizar el efecto repulsivo del término. Al mismo tiempo, las patologías de izquierda pasan como males menores frente al "mal absoluto".

Clío y civilización

En su llamado a "los políticos responsables", el PCC valoró la condena de los crímenes del comunismo como premisa deliberada para sacar del juego político europeo y mundial a las organizaciones comunistas. Pero la resolución propone "una reconciliación fundada sobre la verdad histórica", "rinde homenaje a las víctimas" e "invita a todos los partidos comunistas o postcomunistas (…) a reexaminar la historia del comunismo y su propio pasado, a distanciarse claramente con relación a los crímenes cometidos por los regímenes comunistas totalitarios y a condenarlos sin ambigüedad".

El disidente ruso Vladimir Bukovski abogó ya por el "Nuremberg del comunismo", mas la Asamblea Parlamentaria prefirió seguir la tradición del edicto de Nantes (1598), donde y cuando se reconoció la necesidad de que, para restaurar la paz, "la memoria de cuantas cosas acaecieron por un lado y por el otro (…) se mantenga apagada y adormecida".

Esta prevención contra el horror de la guerra, sin embargo, no supone pasar de largo ante los hechos y abstenerse de contrarrestar las tendencias totalitarias. Desde 1939, el líder de la primera generación de la Escuela de Francfort, Max Horkheimer, indicó que el orden nacido en 1789 como camino hacia el progreso llevaba consigo la tendencia totalitaria. Quizás Marx se había adelantado ya, en sus Kleine Ökonomische Schriften (1847), a este planteo crítico: "La barbarie reaparece, pero esta vez es engendrada en el propio seno de la civilización y es parte integrante de ella".

La resolución parte de que "el gran público es muy poco conciente de los crímenes cometidos por los regímenes comunistas totalitarios", y concluye: tomar "conciencia de la historia es una de las condiciones para evitar que crímenes similares se reproduzcan".

No por gusto la cabeza del fundador de la CHECA, Félix ( El Hierro) Dzerzhinski retornó a un pedestal en la sede del Ministerio del Interior ruso y por las calles de Moscú circula el cuento de una joven en camilla que pregunta al enfermero:

— ¿Adónde me llevan?
— A la morgue.
— Pero yo estoy viva.
— Por supuesto; es que aún no hemos llegado.

El nombre de la joven es Democracia.


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