Actualizado: 24/06/2022 11:47
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Los cubanoamericanos y la identidad compleja

Conferencia del autor en Princeton University ante un centenar de jóvenes de la organización Raíces de Esperanza.

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En la casa, los padres o los abuelos hablaban español, aprendieron o conservaron con mayor o peor fortuna esa lengua, la comida solía tener un penetrante sabor a ajo que les domó el paladar, y hasta las canciones de cuna que escucharon eran distintas a las de los amiguitos y amiguitas norteamericanos que comenzaron a conocer en el vecindario o en los tempranos días del kindergarten.

Ustedes fueron adquiriendo una identidad compleja y bicultural. Por una parte, adoptaban los rasgos del mainstream norteamericano y, por la otra, les llegaba la fuerte influencia familiar que aportaba elementos que de forma automática acabaron por incorporarse a vuestra forma de comparecer ante los demás e, incluso, de entender la realidad.

Esa dualidad, naturalmente, no era fácil de asumir, especialmente en la etapa infantil y en la adolescencia, cuando uno no cuenta con una buena base intelectual que nos permita entender cómo funciona la sociedad o cómo funcionamos nosotros dentro de la sociedad. Tengamos presente que los seres humanos son las únicas criaturas capaces de tener una identidad compleja. Los tigres o las palomas son sólo eso: las personas, en cambio, pueden agregar muchos matices diferenciadores a su identidad esencial.

I dentidad y biología

En este punto permítanme compartir con ustedes varias observaciones muy especulativas que, sin embargo, acaso puedan resultarles útiles:

La identidad tiene una función fundamental para mantener unidas a las tribus. Cuando reconocemos a otras personas que exhiben ciertos rasgos que nosotros tenemos, eso nos vincula. Es un factor de cohesión social que se fundamenta en mecanismos biológicos hasta ahora poco explorados. La razonable hipótesis del pensador y antropólogo José Antonio Jáuregui ( Las reglas del juego: las tribus, 1979) es que ese reconocimiento y afinidad se controla mediante la actividad de los neurotransmisores perfeccionada a lo largo de milenios de selección natural.

Por otra parte, la identidad común sirve para articular la defensa frente al enemigo, que es siempre el diferente. Tiene (o se le supone) una función primordial para proteger la integridad del grupo.

No hay nada especial en este mecanismo biológico. Existe en casi todas las especies y está muy presente entre los grandes primates, familia zoológica a la que pertenecemos o estamos estrecha y humildemente vinculados. Los neurotransmisores recompensan con sensaciones agradables o castigan con sensaciones desagradables.

Cuando uno se siente parte del grupo experimenta una sensación grata. Cuando uno es un extraño percibe una sensación incómoda, molesta. La tesis de Jáuregui es que nosotros, sin saberlo, somos esclavos de las actividades incesantes de los neurotransmisores. Son ellos los que gobiernan nuestras afinidades y nuestras aversiones con el propósito de que el grupo prevalezca.

Intuitivamente, las personas, cuando cobran conciencia de su individualidad, también advierten que pertenecen a ciertos grupos y tratan de acentuar los rasgos que los unen a ellos. Esto les permite maximizar las recompensas psicológicas agradables.