Actualizado: 13/12/2019 11:14
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Los cubanoamericanos y la identidad compleja

Conferencia del autor en Princeton University ante un centenar de jóvenes de la organización Raíces de Esperanza.

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A Paola, atrapada en esta madeja genético-cultural.

En 1975 la Academia de Hollywood le otorgó el Oscar a la mejor película extranjera a un filme de Akiro Kurosawa titulado Dersu Uzala. La película, cuya trama transcurre a principios del siglo XX, antes de la revolución bolchevique, contaba la historia de la amistad surgida entre el capitán del ejército ruso Vladimir Arsiniev y Dersu Uzala, un cazador nómada de la tribu Goldi.

Ambos se conocen inesperadamente en los confines de la estepa siberiana. El militar era un cartógrafo enviado al frente de una expedición dedicada a explorar esa remota región de Asia para levantar mapas y fijar límites. Los dos personajes coinciden casualmente en medio de los bosques, y el capitán, sorprendido ante aquel hombre extraño y primitivo, por medio de un intérprete consigue hacerle una inquietante pregunta: "¿De dónde es usted?".

El cazador lo mira con estupor, sin saber exactamente qué contestar, dado que los nómadas no son de ninguna parte y, por supuesto, no tienen la menor idea de lo que es una nación, y, finalmente, tras vacilar, le responde: "yo soy una persona". Su verdadera patria era su condición de ser humano.

A partir de ese momento comienza a desarrollarse una relación crecientemente afectuosa entre un ruso educado, consciente del Estado y la institución a los que servía, y un cazador primitivo, astuto y bondadoso que no reconocía otra identidad que la de ser una persona que vivía en total comunicación con la naturaleza.

El problema de la identidad

Inicio estas reflexiones con esa anécdota porque se acerca inteligentemente a la esencia del problema de la identidad, un fenómeno al que inevitablemente deben enfrentarse los emigrantes y sus familiares. Yo soy un cubano viejo que ha vivido en España más de la mitad de su vida adulta, y ustedes, en su gran mayoría, mujeres y hombres muy jóvenes, han nacido en Estados Unidos y son hijos o nietos de cubanos que se exiliaron para escapar de la dictadura comunista.

Mi cubanidad no tiene el menor mérito o demérito porque yo no la escogí. Nací en La Habana, en un barrio muy antiguo, en el seno de una familia cubana, y absorbí de una manera espontánea los rasgos de la identidad de la tribu a la que inexorablemente pertenezco.

La manera en que hablo el español, la comida que me gusta, la música que escucho, mis referencias históricas y culturales, los paisajes urbanos y rurales que impregnaron mi memoria y me acompañan desde niño, el paisanaje que me enseñó gesticulaciones y ritos, me fueron gratuitamente entregados por el medio en que crecí y evolucioné hasta que tenía 18 años, edad a la que tuve que marcharme de Cuba tras escapar de la cárcel y conseguir asilo político en una embajada latinoamericana.

En otras palabras, de una forma orgánica, absolutamente natural, con una total continuidad entre mi hogar y la sociedad en que vivía, se fue construyendo una cierta identidad trenzada en torno a la criatura esencial que mi madre había traído al mundo en el remoto año de 1943. Esa identidad, la mía, era simple y monocultural.

La experiencia de ustedes es diferente, y mucho más rica. Ustedes pertenecen a dos mundos. O, mejor aún, pertenecen al mundo estadounidense, pero con una adición que los hace parcialmente distintos a la inmensa mayoría de sus compatriotas. Abrieron los ojos en un hogar distinto a la sociedad donde se desarrollaron.


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