Actualizado: 24/06/2022 11:47
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Los cubanoamericanos y la identidad compleja

Conferencia del autor en Princeton University ante un centenar de jóvenes de la organización Raíces de Esperanza.

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Pongamos un ejemplo muy claro: cuando estamos con un grupo de amigos partidarios de algún equipo deportivo, en medio de una competición, y nuestro equipo anota algún tanto, inmediatamente sentimos una explosión común de alegría. Esa es la recompensa fisiológica que nos brindan los neurotransmisores. Nos están premiando como una forma de mantenernos unidos en torno a un objetivo común, en este caso la adhesión a un equipo deportivo.

Por la otra punta del fenómeno, eso explica la angustia de los niños y, especialmente, de los adolescentes, cuando descubren que tienen rasgos que los diferencian del grupo que define la apariencia y el comportamiento general del mainstream. La no-pertenencia molesta. Duele. Los neurotransmisores nos castigan por ser distintos. Por eso tratamos de pertenecer: para no sufrir.

I dentidad incrementada

La identidad compleja y la biculturalidad conllevan también un cierto costo. Recuerdo una anécdota que me contó mi hermano más joven, Roberto Alex. Mi hermano, que hoy es un brillante médico, llegó de Cuba a los 10 años, aprendió el inglés sin acento, es rubio y tiene los ojos verdes, es decir, responde milimétricamente al estereotipo gringo. Vivía en West Palm Beach, cuando allí no había cubanos, y muy pronto se convirtió en un americano más.

Así lo percibían sus compañeros de escuela, hasta que lo visitaron en la casa. Entonces descubrieron que, además del rock, le gustaba la música cubana y alternaba el hamburger con los frijoles negros, y todo ello ocurría en un hogar en el que, sospechosamente, freían los plátanos.

La consecuencia de ese descubrimiento por parte de sus compañeros fue la de clasificarlo como una persona distinta. Súbitamente se convirtió en un hispano. Me cuenta que jamás lo discriminaron por eso, pero a los ojos de sus compañeros se había transformado en un ser humano lateralmente diferente.

Noten lo que quiero decir: lo que lo hacía distinto al mainstream no era lo que le faltaba sino lo que tenía en exceso, esos otros elementos que agregaba a la identidad fundamental americana, hecha, como todas, de ciertos factores comunes.

Supongo que algo parecido les sucede a los judíos norteamericanos. Cumplen con todos y cada uno de los requisitos de la identidad norteamericana, pero a ella agregan un elemento religioso o cultural extra que los marca y diferencia, como no se cansa de señalar Woody Allen en sus ingeniosas películas.

Traigo a colación estas reflexiones porque estoy seguro que ustedes, en mayor o menor medida, han pasado por experiencias parecidas. La conclusión final es que la identidad compleja y el biculturalismo tienen cierto costo e implican algún desgaste emocional. Es importante, pues, aprender a vivir con esas características y lograr obtener de ellas las ventajas y placeres que pueden proporcionarnos. Vamos a eso.