Actualizado: 21/10/2019 9:39
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Entre la historia y la pared

Guerras, revoluciones, y la batalla de ideas que no quiere Fidel Castro.

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La diferencia entre reformistas, autonomistas y separatistas no era en relación con los fines que buscaban, ya que todos querían cambiar el régimen colonial imperante, sino con relación a los métodos empleados para alcanzar dichos fines.

Para la metrópoli, y para muchos de los cubanos que la propugnaban, la autonomía no era otra cosa que la independencia a más largo plazo, pero la independencia al fin, razón por la que el ministro de Ultramar español Francisco Romero Robledo —como citan Antonio Elorza y Elena Hernández Sandoica en su obra La Guerra de Cuba 1895-1898— dijo en una intervención parlamentaria en julio de 1891 que "al partido autonomista ha ido a parar todo el espíritu separatista que mantuvo por espacio de diez años la guerra en aquel rico país; lo ha declarado gran parte de la prensa, que iban allí estos elementos con los mismos ideales con que habían estado en la guerra, y que, si no los realizaban, volverían a la guerra. ¿Han desaparecido esos elementos?, ¿podemos nosotros consentir jamás en semejante vergüenza, y hay alguien que nos considere capaces de la abdicación que tal autonomía representa?".

Mientras nuestros textos de historia no enseñen también estas realidades y, por el contrario, sigan siendo instrumento para el culto demagógico a la lucha armada y la intransigencia revolucionaria, nuestras escuelas serán incapaces de formar verdaderos ciudadanos aptos para la libertad y la tolerancia, dispuestos a dirimir sus diferencias políticas en las urnas, y nuestra sociedad, en vez de romper con el ciclo inútil de la violencia y evolucionar por cauces civilizados, seguirá pariendo revoluciones, dictaduras y destierros.

El chantaje historicista como coartada política

Una lectura más equilibrada de nuestro pasado sugiere que los reformistas, representantes genuinos de una burguesía verdaderamente revolucionaria, no solamente transformaron la Isla en una "locomotora" económica que también acarreaba a España —a pesar de todas las trabas de la metrópoli en su contra—, sino que con sus críticas y propuestas de cambios, plantaron además la semilla de la nacionalidad cubana y contribuyeron al desarrollo de un pensamiento político anticolonial que sirvió también para la fragua del separatismo.

Una lectura tal sugiere que los autonomistas, herederos del espíritu reformista, tras el fracaso de la Guerra del 68 trataron infructuosamente de obtener de España las reformas prometidas en la Paz del Zanjón para reconstruir el país, proyecto de ingeniería social gradual truncado por la Guerra del 95; y que al final todos, merecedores de mejores circunstancias, fueron víctimas de la intransigencia española y de la precipitación revolucionaria.

Pero Castro, producto y usufructuario al mismo tiempo del ethos revolucionario de su época, ni podía ni quería ver la evidencia histórica al pronunciar su discurso en 1968. Su propósito no era analizar los hechos de manera imparcial y rendir tributo a todos aquellos cubanos que desde corrientes políticas distintas y promoviendo métodos diferentes, perseguían sin embargo el mejoramiento del país. Su objetivo era justificar su régimen y establecer de paso un patrón de chantaje político: el que está contra mí, está contra el destino histórico de la nación.

Enarbolando las banderas de las guerras contra España, escudados en los próceres independentistas, amparados en el culto a los caídos en las luchas contra Machado y Batista, los revolucionarios castristas, lejos de quitarse la camisa de fuerza totalitaria que les impide evolucionar hacia un modelo más eficaz de conducir la cosa pública y abrazar con madurez una verdadera batalla de ideas en la que participen libre y civilizadamente todas las tendencias políticas de la sociedad, se envuelven en el manto de los símbolos patrios para acusar de "anticubano" a todo el que no piense como ellos y justificar una campaña represiva que no tiene justificación.

Por obra y gracia de este chantaje demagógico, los tribunales santifican la violación de los derechos ciudadanos, los cuerpos represivos reprimen a los inocentes, los medios de comunicación convierten a los opositores pacíficos en "agentes del imperialismo", la sociedad trata como "gusanos" a los que no están de acuerdo con la revolución, los historiadores califican de "nuevos autonomistas" a los que cuestionan los métodos violentos del separatismo, los ideólogos del Estado catalogan de "neoconservadores" y "detractores de la revolución" a los que cuestionan el paradigma revolucionario que nos asfixia.

Entre los hechos y la utopía

Más allá de todos los calificativos, la realidad sigue siendo, como afirma Ludwig von Mises en su obra Teoría e Historia, que "no existe ninguna norma disponible para evaluar cualquier modo de actuación, ya sea de individuos o de grupos de individuos, como no sea la de los efectos producidos por dicha actuación". Medida por sus efectos, la revolución cubana se detracta a sí misma.

Tras más de cuatro décadas en el poder, miles de muertos, decenas de miles de prisioneros políticos, más de un millón de personas en el exilio y la emigración, y una deuda externa de más de un millón de dólares por habitante, los revolucionarios cubanos no han podido llevar a Cuba ni al comunismo ni al capitalismo.

El Estado y la sociedad cubana —como ocurría en la Rusia estalinista, la Alemania nazi, o en la Italia fascista— están en función de la voluntad, los caprichos y los intereses del Máximo Líder. La corrupción, el nepotismo y la desesperanza campean por sus respetos como nunca antes en el país. Ni siquiera en tiempos de Machado ni de Batista, se habló en Cuba de la sucesión de un gobernante por su hermano, como si se tratara de una monarquía. El inventario del desastre castrista es extenso. Su costo de oportunidad es incalculable.

La experiencia como guía

La visión historicista oficial de que el pasado revolucionario justifica el presente totalitario es falsa, porque se basa en el presupuesto de que existe un "destino histórico" que rige el desarrollo de los pueblos, como si la Historia fuera un catálogo de leyes inexorables y no el repositorio de la acción de seres humanos, de cuyos errores y aciertos debemos aprender para modificar su curso.

Los editores de la colección de obras clásicas Grandes Libros del Mundo Occidental , recopilada con el fin de mantener viva la "Gran conversación" entre los pensadores de nuestra cultura, afirman que "la tarea de cada generación es revaluar la tradición en que vive, para descartar lo que no puede usar y para traer a contexto con el pasado lejano e intermedio las más recientes contribuciones a dicha Gran conversación".

Para ellos, el hombre moderno occidental, dada la naturaleza de los cambios políticos y sociales ocurridos en los últimos tiempos, necesita rescatar, enfatizar y aplicar a sus problemas presentes "la sabiduría que descansa en las obras de sus más grandes pensadores y en las discusiones que ellos han sostenido", en el convencimiento de que sus voces "podrían ayudarnos a aprender a vivir mejor en el presente".

Cuando Félix Varela nos advierte: "Mucho debe lamentar la política el temerario empeño de los que quieren concluir en un día obras que por su naturaleza exigen muchos años. No queremos dejar nada que hacer a nuestros venideros, y he aquí el modo de no dejarles nada hecho".

O cuando José de la Luz y Caballero explica que "buscar el remedio de los males que afligen al cuerpo social, fuera de la familia y la propiedad, es matar al enfermo para curarlo".

O cuando José Antonio Saco recuerda que "una triste experiencia enseña que no hay hombres que ultrajen a la humanidad con más desprecio, ni que atropellen a las leyes y la libertad con más insolencia, que los revolucionarios que se erigen en regeneradores de la humanidad y en defensores de las leyes y la libertad", no podemos dejar de pensar en el presente, en nuestra experiencia. Es hora de que esas voces, y las de todos los cubanos, se sumen a la "Gran conversación" de nuestro tiempo.

La crítica del ethos revolucionario que nos condujo al totalitarismo es un tema insoslayable dentro de esa gran conversación cubana y universal que tenemos pendiente, porque es imprescindible para la concreción de una mentalidad postrevolucionaria, compatible con la modernidad, que nos permita trascender el castrismo, fomentar el desarrollo y llegar a vivir en una sociedad donde no haga falta un levantamiento armado cada 30 años para resolver sus problemas, donde el culto a los caídos no sea más relevante que la suerte del ciudadano común, y cada cual pueda disfrutar civilizadamente su derecho inalienable a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.


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El reformista José Antonio Saco se oponía a la esclavitud, al anexionismo y a la vía armada.Foto

El reformista José Antonio Saco se oponía a la esclavitud, al anexionismo y a la vía armada.