Actualizado: 20/09/2017 13:35
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Perro caliente, Alimentación, Comida

El no logro del perro… caliente

Otro “no logro de la revolución”: el fracaso a la hora de “lograr” vender un buen “perro caliente” a los cubanos

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Para quien desde hace décadas no visita Cuba —lo de vivir allí pertenece a un pasado cada vez más lejano— algunas noticias desde la Isla dejan con la impresión de no saber si reír, simplemente burlarse, o volver de nuevo a lamentarse por la situación imperante en el país.

Solo que la noticia, en esta ocasión, nada tiene que ver con represión generalizada, mítines de repudio, censura o detenciones —si bien estos factores siempre están presentes, si bien en ocasiones latentes, en todo lo que ocurre en la Isla—, y la información gira sobre algo más ordinario: simplemente sobre la posibilidad de disfrutar el comerse un buen “perro caliente”, o al menos un perro que sea perro en un pan que sea pan. Algo sencillo y a la vez utópico para los cubanos. Todo esto puede parecer hasta cierto punto surrealista, pero la (mala) experiencia en Cuba no es algo único sino cotidiano.

Solo que aquí dicho alimento se convierte casi en una metáfora. Una explicación que resume análisis sociológicos y simplifica tesis políticas. En ejemplo de cabecera para hacer comprender la huida. La búsqueda de la libertad, que permite un pequeño placer. Y para comprenderlo no hay que recurrir a informes secretos ni datos privilegiados. Basta leer un reportaje aparecido en la prensa oficial, en el periódico Juventud Rebelde, para mayor precisión.

Con el título “¿Qué será lo que tiene el perro?”, el periódico desglosa las vicisitudes, frustraciones y trabajos que sufren quienes se acercan a esos establecimientos que con nombre tan “original”, Casas del Perro, teóricamente ofrecen un servicio sencillo: la venta de un perro caliente en un pan, con mostaza y kétchup (cátchup o cátsup).

Aunque la descripción del producto se torna casi terrorífica:

“Por su aspecto, los hot-dogs parecen como sacados de un filme de vampiros. Además de la palidez del «susodicho», no hay ni rastro de la mostaza. Y el tomate es un líquido irreconocible cuya pigmentación no recuerda siquiera el rojo acostumbrado”.

Lo que así se detalla no es algo a la venta en un rincón perdido del país, sino en la Calle 23 de El Vedado, en una dirección bien conocida (23 y K), un sitio céntrico de la capital. Queda poco a la imaginación si se piensa en lo que vende con igual nombre en lugares más aislados.

“Si bien la situación en la capital no deja un buen sabor, en algunas provincias donde este diario [Juventud Rebelde] indagó el panorama de las Casas del Perro parece ser peor”.

En el reportaje se suceden las descripciones —“la mostaza en ocasiones está aguada y el refresco de lata se pierde por temporadas”, “este perro tiene anemia”, “la mala calidad del pan y la ausencia de refrescos son problemas frecuentes”, “a veces el pan o el mismo tomate no están buenos”, “el tomate es un líquido irreconocible cuya pigmentación no recuerda siquiera el rojo acostumbrado”— y las explicaciones absurdas:

“La levadura, la clave para elaborar un buen pan-perro, radica en el factor humano y en la preocupación y profesionalidad de los maestros panaderos”, señala Juventud Rebelde como una de las “claves” del problema.

“El problema de la levadura está en que su producción depende mucho del clima, motivo por el cual no siempre sale en perfecto estado, y eso puede repercutir luego en la calidad del propio pan», indica Sonia Mantrana Expósito, especialista principal de la Dirección de Gastronomía del Ministerio de Comercio Interior (Mincin), quien añade una explicación con retórica torcida, al especificar que “el abastecimiento de bebidas se complejiza en ocasiones debido a dificultades con el refresco”.

La especialista también especifica: “Por ello se ha decidido priorizar las Casas del Perro más céntricas, como es el caso de las tres situadas en la avenida 23”.

Es decir, que en 23 y K, donde se venden esos hot-dogs que “parecen como sacados de un filme de vampiros” y sin “rastro de la mostaza”, es un sitio “priorizado”. ¿Y qué queda entonces para el resto? Un gesto piadoso obliga a dejar la pregunta sin respuesta.

En la unidad La Especial, de la empresa de gastronomía del municipio cabecera, ubicada frente al parque de La Libertad, Pedro Rivero, el administrador, señaló que antes el pan venía en bolsas desde Varadero y duraba varios días por su buena calidad, pero ahora lo suministra una panadería local.

“Las ventas disminuyen cada año considerablemente”, recalcó Rivero, quien precisó que, aunque la norma de la salchicha es mayor que cuando se vendía el perro, no gusta igual.

Aunque el reportaje de Juventud Rebelde no lo específica, una causa probable de la terminación del pan procedente de Varadero podría ser el incremento del turismo internacional.

En el local de Matanzas, además, “por problemas con el suministro, se cambió hace unos meses el perro por tres salchichas”.

Tras las anécdotas hay una realidad en cifras:

“De acuerdo con datos aportados por el Ministerio del Comercio Interior (Mincin), en 2008, cuando se abrieron las primeras Casas del Perro, hubo centros de venta que llegaron a expender hasta 3.000 unidades al día y alrededor del doble de refrescos. Actualmente, esas cifras han disminuido en aproximadamente un 50 por ciento”.

El fracaso en la venta de perros calientes, los cuales no son siquiera de producción nacional sino importados de Chile, no es más que el fracaso del socialismo cubano.

El reportaje añade también una nota “positiva”:

“En el recorrido se pudo constatar que hay sitios habaneros con experiencias positivas, como la Casa del parque de Guanabacoa y la Fráncfort. Esta última instalación, la primera de su tipo en el país, ubicada en 23 y 16, se destaca por el servicio a la mesa, en donde el cliente puede agregar al pan cátsup y mostaza a gusto”.

Así que comerse el perro caliente casi como dios manda —la ausencia de otros ingredientes comunes en cualquier otra parte del mundo parece ignota para los cubanos—, es una excepción en Cuba. Casi una hazaña… socialista.


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