Actualizado: 20/09/2017 13:35
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Iván Cañas, Fotografía, Periodismo

Cara a cara con Iván Cañas

Iván Cañas fue, es, el retratista por excelencia de la revista Cuba internacional

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Retomo este título proverbial de una sección de la revista Cuba internacional para saludar desde lejos la Retrospectiva de Iván, aún abierta, por la Cuban American Phototheque Foundation, en el Bird Road Art District de Miami. De lejos y de cerca, lo cual quiere decir que muchas de las fotos que hoy integran el conjunto que se exhibe, las viví. Cada vez que formé equipo con él para hacer un reportaje, viví el estilo de Iván, ví cómo se forjaba y cómo se expresaba. Cada uno de nosotros, redactores, lo acompañó en ese camino y, desde luego, me habría gustado estar allí la noche de esta inauguración ―cómo no―, pero en verdad no necesito volver a verlas para saber lo que ellas reproducen.

Iván era, entre los fotógrafos-artistas de Cuba internacional, el que miraba a los ojos. Aquel que reclamaba a sus objetivos que voltearan hacia su lente y se percataran que detrás había un ser humano como ellos, inmerso como ellos en lo que hacían, sin permitir que la cámara los separara.

No olvidar que vivíamos sumergidos en esas imágenes de los periódicos oficiales que exhibían a los trabajadores vanguardia, las mesas de los eventos y los entrevistados, inmóviles, rígidos, prácticamente agarrotados. Como rígidos y agarrotados eran los textos acompañantes, en correspondencia con la idea de disciplina social emanada de las esferas directivas, lo cual finalmente llevaría al ámbito periodístico del país a la inflexibilidad y la parálisis (tema de otros textos).

Los hombres y mujeres que Iván retrataba también miraban a la cámara, pero no posaban a la manera de los otros. En ningún modo posaban así porque él los quería inquietos, nerviosos, incluso traviesos. Unas veces le vi, ya a punto del “flachazo”, pedir que lo miraran y al hacerlo, no sin cierta sorpresa, los captaba aún en su desconcierto. Otras, los paraba enfrente, como hizo con el grupo de Los veteranos, o con los obreros de El cubano se ofrece, pero algo sucedía con la mirada y la gestualidad, con frecuencia contenida, de estos hombres y mujeres. Pasaba algo tan perturbador, que aún hoy no me es posible explicarlo y era lo que extraía la esencia ―el espíritu dirían otros―, de la identidad personal de los retratados. Desde el punto de vista artístico, Iván estaba demostrando que la postura no tenía que proyectar estatismo. Desde lo humano, confirmaba que mirar de frente no era siempre un desafío. Era ante todo un acto de comunicación, de conjunción, una acción colaborativa entre los diferentes.

Es la magia de la fotografia, que no se da a todos pero cuando lo hace convierte al fotógrafo en un profesional capaz de dar testimonio del ejercicio de una época, de sus protagonistas, en un sentido de eternidad, como un mago.

Los jóvenes que se acercan ahora por primera vez a la obra de Iván Cañas, verán en ella esa permanencia. Para mí, Iván fue, es, el retratista por excelencia de la revista Cuba internacional. El que con esa decisión de inmiscuirse en la realidad al tiempo que la registraba, dio a su lente una dimensión humana inusual en la fotografía del momento.

Son muchos los factores que prueban la trascendencia de la revista Cuba, de sus reporteros y fotógrafos, en el ejercicio de la prensa nacional durante los años sesenta y setenta. Más si hiciera falta uno solo, bastaría con las fotos de Iván Cañas para demostrar la escuela que fue, el modelo profesional que dejó como legado.

El sábado 25 de enero, Raúl Rivero, uno de los nuestros, le dedicó un comentario que tituló Nostalgia de la luz roja, en su columna del periódico El Mundo, editado en Madrid. En él, Raúl dice algo que llamó mi atención: Se trata de dar con las claves que componen el relato interior.

Es exactamente eso: componer el relato interior, una definición que extiendo ―con el debido permiso del autor― al ejercicio de la revista Cuba, la única que encontró esas claves en el medio de los setenta, ya hostil a la libre información. Hallazgo que le permitió extender su tiempo vital hasta inicios de los ochenta, para continuar con la narración del relato interior de nuestro país. Ese fue el contexto de Iván Cañas, en el cual se erigió como uno de sus principales relatores.


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