Actualizado: 25/07/2017 9:46
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Literatura soviética, Revolución de Octubre, Literatura

Chocolate amargo

Aunque fue concebida con fines propagandísticos, la novela que Aleksandr Tarasov-Rodionov publicó en 1922 se puede leer como una impresionante y conmovedora denuncia de los crímenes que se cometieron en los años posteriores a la Revolución de Octubre

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Este año viene marcado por una efeméride muy significativa: el centenario de la Revolución de Octubre. Quienes la llevaron a cabo querían darle un sentido mucho mayor, que se resume en la frase con la cual Lenin finalizó su discurso del 3 de abril de 1917, en la estación de Finlandia: “¡Viva la revolución socialista mundial!”. Estaba convencido de que, si triunfaba, aquel estallido revolucionario sería la chispa para que la ola revolucionaria se expandiese a otros países. No fue así, pero el impacto de la victoria de los bolcheviques, además de transformar radicalmente la faz de Rusia, tuvo un impacto extraordinario en todo el mundo y cambió el curso de la historia.

Para los escritores y artistas de Rusia, la llegada al poder de los bolcheviques significó, en cambio, un cataclismo. Al principio, los flamantes vencedores los trataron como enemigos potenciales y los rechazaron de manera implacable. Como dijo entonces Trotski al referirse a ellos, “la escoba de hierro de la historia los había barrido junto con otros desperdicios”. Los principales valores que ellos apreciaban y amaban —el refinamiento, un humanitarismo moderado, el culto a la belleza y cierto liberalismo— pasaron a quedar fuera de lugar en el contexto de hambre, prisión y violencia de los duros años de la guerra civil y el comunismo de guerra. Para muchos autores, era la agonía de Rusia y expresaron su estado de ánimo en obras que constituían un canto fúnebre. Así, Alexei Remizov escribió una “Balada por la destrucción de la tierra de Rusia”, e incluso Ilya Ehrenburg alzó una “Plegaria por Rusia”.

Una parte de los escritores se mostró vacilante, pero otros adoptaron una postura crítica. Entre estos últimos estuvo Máximo Gorki, quien posteriormente sugirió la idea de que el régimen soviético formulara su propia doctrina literaria, el realismo socialista. Sin embargo, en aquellos años publicó sus Pensamientos inoportunos, un ciclo de crónicas acerca de la revolución y sus horrores. Otros muchos optaron por el camino del exilio y se establecieron en el extranjero. Eso hizo Iván Bunin, galardonado en 1933 con el Premio Nobel, para quien el triunfo de los bolcheviques fue una catástrofe que dividió el país. En la lista de emigrados figuraban también Leonidas Andreiev, Konstantin Balmont, Vladislav Jodasevich, Viacheslav Ivanov, Nikolai Minski, Marina Tsvietaieva, Alexei Tolstoi (los dos últimos regresaron años después). A comienzos de los años 20, la poeta simbolista Zinaída Gippius escribió que la copa de la literatura rusa se había desbordado hacia el extranjero.

Pero de igual modo, hubo escritores que desde el principio se adhirieron a la revolución triunfante. Entre los primeros escritores que la saludaron con entusiasmo y le cantaron, estuvo Alexander Blok (1880-1921), con quien el movimiento simbolista ruso alcanzó su cumbre más alta. Vio en el régimen bolchevique una oportunidad de renovación espiritual para la sociedad. A principios de 1918 publicó su poema “Los doce”, en el cual los doce apóstoles son soldados del Ejército Rojo. El propio Cristo aparece como su jefe invisible, y del saqueo y la sangre que asolaban Petrogrado surge la imagen de un nuevo Evangelio, que exculpa el terror de los bolcheviques. Pero como ha comentado Marc Slomin, Blok representa el poeta dividido de un período crítico: “en la encrucijada de dos épocas, trata de escuchar «la melodía de la revolución», pero lo aplastó el cataclismo al que le hubiera gustado dar la bienvenida”. Terminó decepcionado de la revolución, dejó de escribir poesía y al morir se hallaba sumido en una profunda depresión.

Pero los apuntes anteriores no son el tema de este trabajo. En realidad, solo pretenden ubicar en contexto una novela escrita en esos años y de la cual recientemente se ha publicado la primera traducción al español. Se trata de Chocolate (Círculo d’Escritores Olvidados, Madrid, 2015, 191 páginas). Su autor es Aleksandr Tarasov-Rodionov (1885-1938), y su nombre tal vez suene familiar para algún lector: de acuerdo a varias fuentes —Vladimir Nabokov es una de ellas—, fue el verdadero autor de El Don apacible, el ciclo novelístico de Mijaíl Shólojov.

La edición es de Joanna Szypowska, quien además de traducir Chocolate firma el prólogo, el epílogo y las numerosas notas. Su crédito aparece en letras muy pequeñas y no en la primera página, como es la norma. Algo muy injusto, pues se puede decir que su labor es en todos los sentidos excelente. Los textos que abren y cierran la novela proporcionan una documentada información imprescindible para sacar mayor provecho de la lectura. Gracias a Szypowska, sabemos que Tarasov-Rodionov fue miembro del Partido Bolchevique desde 1905. Participó de modo activo en las revoluciones de febrero y de octubre, así como en la guerra civil. También cumplió tareas de gran responsabilidad, como la de preparar el traslado del zar y su familia a Ekaterinburgo, donde fueron ejecutados.

Fue desmovilizado del ejército en 1922 y entonces se inició como escritor. Contaba con la protección interesada de Stalin, lo cual le permitió pasar a trabajar en Gosizdat, la Editorial Estatal. Ese mismo año organizó el grupo Octubre y la Asociación de Escritores Proletarios. Pudo llevar una vida tranquila hasta 1931, cuando fue enviado a Berlín como prolekult. El objetivo de su viaje era convencer a Vladimir Nabokov para que volviese a la Unión Soviética, cosa a la cual este se negó. Aquella estancia en Berlín devino la sentencia de muerte de Tarasov-Rodionov. Cuando Stalin puso en marcha su plan de terror y exterminio, fue acusado de haberse puesto en contacto con los servicios secretos alemanes, que lo reclutaron. El 28 de abril de 1938 lo arrestaron, bajo la acusación de espionaje. El 3 de septiembre, el mismo día de su juicio, fue fusilado en el polígono moscovita de Komunarka. Sus cenizas se mezclaron con las de otras catorce mil personas fusiladas en ese lugar.

Un viejo y leal miembro del Partido

Para escribir Chocolate, su autor se basó en un hecho real que ocurrió en Petrogrado en 1919. El jefe de la Checa de la ciudad fue acusado de recibir sobornos de una mujer, a cambio de liberar a unos detenidos, entre ellos su esposo, acusado de especulador. La Comisión creada para analizar el caso, presidida por Félix Dzerzhinski, concluyó que la culpa del inculpado era mayor por el hecho de que desde hace años era miembro del Partido Comunista; que actuaba “a la vez como un traidor de los intereses del Partido” y que abusó “vilmente de la confianza de sus camaradas de la Checa”. Por esas razones, la Comisión apoyó la decisión del Soviet de Petrogrado “sobre la necesidad de tener una actitud despiadada con los delitos vinculados con los cargos ostentados”. En consecuencia, acordó por unanimidad que se fusilara al jefe de la Checa, así como a la mujer que lo sobornó y a su esposo.

Tarasov-Rodionov ubica la novela en una ciudad de provincia ubicada en los bancos de un río, y cuyo nombre nunca se menciona. Las alusiones a la fecha también son imprecisas, aunque al tener lugar la acción durante la guerra civil, permite deducir que ocurre en 1918 o 1919. La ciudad se halla a unas 25 verstas de las líneas del frente, desde las cuales el Ejército Blanco viene avanzando. Entre los rojos, la moral es baja. El pánico, la confusión y la desconfianza imperan por todas partes. Los campesinos espían a sus vecinos ocultos tras las cortinas y las puertas. Es constante el miedo a los espías extranjeros y a los provocadores y agentes enemigos, que son tan reales como imaginarios. Asimismo, los alimentos y la ropa escasean. En esa caótica situación, la Checa trata de poner un moderado orden. Los arrestos y las ejecuciones pasan a convertirse en una rutina.

Al frente de la Checa está Zudin, un viejo y leal miembro del Partido que, debido a ello, sufrió cárcel y exilio en Siberia. Está decidido a librar al nuevo gobierno de sus principales enemigos, los soldados blancos. Hombre fuerte, orgulloso, capaz, es un idealista. Tiene una opinión arrogante e imperiosa sobre la naturaleza humana, que es naif y no se basa en certezas o evidencias. Como hombre de familia, debe hacer frente a los problemas domésticos generados por la escasez. Sus dos hijos no tienen medias. La leche y la mantequilla están ausentes en la mesa de su casa. Solo comen carne de caballo, que a menudo está ranciosa. Su mujer le critica que no aproveche su influencia para conseguir que comer. Pero Zudin le recuerda que ese favoritismo viola los principios de la revolución.

Su desgracia comienza cuando es llevada a la Checa una prostituta local llamada Elena. Una femme fatale que es epítome del oportunismo femenino y la decadencia burguesa. Ante ella, el ingenio de Zudin no puede discernir. Pierde el espíritu de hierro y su objetividad se desintegra. En cierto modo, se siente cautivado por los encantos de la clase alta que Elena exuda. Sin embargo, pese a todos los esfuerzos de ella la relación nunca se consuma, gracias a la conciencia proletaria de él en los momentos cruciales. No sin lucha, Zudin resiste los apasionados embates de la sensual mujer.

La destrucción de Zudin viene como resultado de lo que se puede llamar un error trágico: un momento de compasión por un enemigo de clase. Se deja engañar por la astuta Elena, quien se hace pasar por bailarina, y le da trabajo en la Checa como dactilógrafa. Al hacerlo, su argumento es: “Nuestra lucha, a fin de cuentas, es justamente por la felicidad de todos los desheredados, de todos los esclavos del capitalismo, y, por eso mismo, por la felicidad de gente como usted (…) Yo la ayudaré, como un camarada”. Le encarga ocuparse de todas las causas cerradas, para que las ordene alfabéticamente.

Es así como Elena descubre que a un prisionero a quien meses atrás le retiraron los cargos, aún no ha sido puesto en libertad. Va entonces a ver a su familia y la extorsiona. Dice actuar en nombre de su jefe y le exige el pago de una fuerte suma para liberar al hombre. Por otro lado y sin que Zudin lo sepa, va a su casa con varios regalos: medias para su mujer y sus hijos y casi dos libras de chocolate Coiller, una famosa marca que hacía meses no se veía en Rusia. Este último regalo adquiere un valor particular cuando Zudin es acusado. El chocolate es símbolo de los lujos que disfrutaba la burguesía, en medio del hambre que sufría la población. Un lujo que ha tentado al más veterano de los revolucionarios proletarios.

Zudin pasa a ser objeto de los más ridículos rumores, que luego son usados para acusarlo. Un chisme de la empleada de la limpieza lo vincula a favores sexuales y al soborno. Chustri, quien se encarga de la investigación, no duda en dar crédito a la mujer, pues cree que la opinión de las masas debe ser escuchada. Una y otra vez, el jefe de la Checa es denigrado como enemigo del pueblo por dejarse sobornar. Es un oficial que ha violado los sacrosantos principios de la Revolución de Octubre.

Durante todo el proceso a que es sometido, Zudin no vacila ni un solo instante en su lealtad al Partido. Es un comunista devoto dispuesto a sacrificarse a favor de la Rusia soviética. Acepta, pues, su culpa: trabaja demasiado y no prestó atención a algunas cosas. Uno de sus camaradas, Tkacheyev, se encarga de informarle la decisión tomada: será fusilado. Le explica que “es un asunto doloroso, camarada Zudin. No se crea que lo hacemos por odio o por venganza, pero es que no tenemos otra salida (…) Estamos obligados a castigarte de forma ejemplar para dar una lección a los demás. En otro momento hubiéramos podido esclarecer todo ello y enviarte a otro puesto. Pero ahora, como tú mismo ves, no tenemos tiempo. De inmediato debemos restaurar la confianza que has arruinado. Hay que conducir la masa a combatir mortalmente; por eso respondemos hoy con un golpe sangriento y estrepitoso, gritando a todos ellos y a nosotros mismos: ¡El terror sin perdón! ¡El horror sanguinario para todos los que olvidan, se fatigan, que son ingenuos por levantarse delante de las masas de millones de hombres en el mundo entero sin medir sus fuerzas!”.

Tras escuchar a su camarada, Zudin queda convencido de que su muerte es realmente inevitable para salvar “la gran tarea de la lucha por la felicidad de millones de seres humanos”. Hay cierta estoica cualidad cuando acepta la lógica revolucionaria. Y al final se dice: “¿Qué hubiera pasado si me fusilaran y luego reconocieran que habían matado a un buen camarada? ¡Qué absurdo! Nadie lo hubiera comprendido y nadie lo hubiera creído. Podrían pensar: si no era culpable ¿por qué lo mataron? Hay algo que no cuadra. Y entonces todos se hubieran puesto a pensar en algo que no deberían pensar”. Y se dirige a la ejecución con un sentimiento de sublime alegría y con la convicción de que aceptar la pena de muerte es la suprema prueba de su incondicional fidelidad al Partido. Tarasov-Rodionov cierra la novela con estas palabras que glorifican su muerte, en aras de perpetuar el comunismo mundial:

“Zudin se levantó orgulloso y feliz. Sus ojos brillaron con audacia, se sentó en la mesa e impaciente tamborileaba con los dedos.

“Abajo, lejos, detrás del río surgirían hasta el infinito las columnas negras de los obreros y por encima de ellos en el aire de la primavera vibraba poderosamente «La Internacional»”.

Imagen crítica de la policía secreta

Hay libros que pueden tener una lectura distinta a la que fueron las intenciones del autor. Y sería erróneo afirmar que esta última es la única lectura que puede tener. Chocolate fue escrita como una obra de propaganda. La historia de ese inocente jefe de la Checa cuya ejecución es necesaria para calmar a las masas, pretende ser una parábola sobre la pureza ideológica del Partido. Mediante esa historia, se ilustran los esfuerzos por preservar la integridad ideológica del bolchevismo en un contexto político, social y económico que amenazaba infectar a los miembros del joven régimen soviético con valores capitalistas y burgueses. Había que impresionar a las masas probando que la revolución puede enfrentar el no perdonar a nadie. La muerte de un militante se justifica si beneficia a la mayoría.

Cabe preguntarse, sin embargo, si la novela cumple su finalidad como obra propagandística. Por un lado, es cierto que insiste en la escrupulosa adhesión al dogma, puesto que al final la decisión de fusilar a Zudin, por más vil que sea, asegurará el triunfo mundial del comunismo. Pero por otro, Chocolate puede leerse como una acusación del terror rojo, ya que en ningún momento el tema de la inocencia o la culpabilidad es materia de interés. Escrita con conocimiento de primera mano, la novela revela los métodos utilizados por la Checa para mantener a los bolcheviques en el poder. Tarasov-Rodionov aborda sin pestañar la verdad de la “justicia revolucionaria”, que era administrada por los órganos de la seguridad del Estado. En ese aspecto, la novela se puede leer como una impresionante y conmovedora denuncia de los crímenes que se cometieron en esos años.

Asimismo, es significativo que durante el proceso a Zudin nunca se menciona que de modo irracional él mandó a ejecutar a cien prisioneros inocentes. Su asistente fue asesinado y en un repentino odio de clase, ordenó el fusilamiento de un centenar de burgueses que se hallaban en las cárceles de la Checa. En el interrogatorio, se refiere a ello y defiende su decisión justificando que a aquel golpe había que responder con un contragolpe. Uno de los militantes lo apoya tácitamente cuando expresa: “No se le acusa por eso. Todo eso lo sabemos: lo que es el terror de clase y cuándo es inevitable y necesario. Solamente, evidentemente, suprimimos también los miembros más activos de la clase que nos es hostil; eso es así y dejamos la duda del arrepentimiento a los charlatanes”.

Esa imagen crítica de la policía secreta se completa con otros detalles referidos a las miserias humanas e intrigas internas. Uno de sus compañeros advierte a Zudin: “Están preparando una causa contra usted; está claro que han decidido zampárselo. Dios sabe que yo lo deseo de todo lo mejor: sin usted estamos perdidos. Tenga cuidado con Fomin, está tramando algo”. Zudin ya sospechaba que este intrigaba contra él y sentía “esas miles de pequeñas molestias y miradas suspicaces de sus camaradas del Partido”. Y piensa: “Qué ingeniosa es la campaña que llevan estos cobardes. Ante mí demuestran una simpatía y camaradería, pero por detrás sus guarrerías y vilezas son infinitas. Cómo es posible que la ley del odio, de la competencia premeditada y del arribismo astuto y mezquino que antes gobernaba la vida social gangrenada, contra la cual, él, Zudin, había luchado y sigue luchando, siga estando presente (…) Cómo es posible que siga siendo tan fuerte esta maldita ley que roe lo que hay más sagrado y más sólido de todo lo que haya existido jamás que es el Partido”.

Hay un detalle que ha de pasar inadvertido si no se conocen algunos antecedentes históricos. Tiene que ver con el personaje de Chustri, quien como apunta Szypowska, frente a la justicia “de manual” de Zudin, profesa la justicia totalitaria. Es un personaje francamente antipático, pero no se trata de algo casual. Tarasov-Rodionov lo concibió así a instancias de Stalin. A este le interesaba ridiculizar a Trostki, a quien quería relegar del poder. A diferencia de Zudin, miembro del Partido desde 1903, Chustri antes había sido menchevique, como también lo había sido Trotski. El autor además acumula sobre él varios descalificativos: “Como una gata lasciva, Chustri usa un tono insinuante dejando correr sus ojos-ratones sobre la mesa”; “Chustri saca una hoja de su cartera y, con la amabilidad de un enterrador que toma las medidas del difunto, hace a Zudin las preguntas usuales”; “Chustri escupe la victoria del odio”.

A la amplia documentación que Szypowska recoge en el prólogo y el epílogo, es oportuno añadir que Trotski conocía al autor de Chocolate. En 1919 envió al Comité Central un memorándum acerca de unos artículos que trataban de desacreditar al Ejército Rojo. En especial, cita unos de Tarasov-Rodionov publicados en el diario Izveztia que, en su opinión, eran “una vergonzosa y falsa calumnia del Ejército Rojo”. Recordaba al escritor, al cual conocía de mucho antes, y quien en unos hechos ocurridos en 1917 se comportó como “un cobarde, un renegado y un traidor”. No es de extrañar, por tanto, que este aceptara de buena gana la petición de su protector de convertirlo en un personaje caricaturesco de su novela. Irónicamente, en 1936 Tarasov-Rodionov fue expulsado por trotskista de la Unión de Escritores.

Chocolate apareció originalmente en diciembre de 1922 en la revista Joven Guardia. En 1923 se publicó como libro y en 1925 vio la luz una versión revisada (es esta la que se traducido al español). Tuvo reediciones en 1927, 1928 y 1930, cuando ya Stalin había puesto en marcha su campaña contra Trotski y sus simpatizantes. Casi de inmediato, la novela se convirtió en un título célebre: unos saludaron sus valores como obra de propaganda, mientras que sus detractores más virulentos denunciaban su anticomunismo. Por varios años fue centro de agrias polémicas. En 1932 fue traducida al inglés. Edwin Seaver la saludó desde las páginas de New Republic y vaticinó que “perduraría como un clásico revolucionario”. En el New York Times Books Review, un comentarista anónimo la etiquetó de “propaganda bolchevique”, aunque reconoció el “austero poder de la historia”. Tarasov-Rodionov escribió después otros textos narrativos y ensayísticos, pero ninguno logró acercarse a la repercusión que tuvo Chocolate.

Leída hoy, uno se pregunta por qué para debutar como novelista su autor escogió un tema tan controversial. Tal vez no alcanzó a comprender la naturaleza fatal del mismo, ni los interrogantes que iba a suscitar. Tampoco pudo saber que su novela profetizaría el show de los juicios estalinistas de los años 30. Al igual que su personaje, en 1937 Tarasov-Rodionov fue hallado culpable de todo. Acusado de trotskista, lo arrestaron y nunca más se supo de él. Sus libros no volvieron a imprimirse y fueron criticados por presentar incorrectamente el punto de vista del Partido.