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Actualizado: 29/07/2014 17:55
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Música, Literatura

Cincuenta años de la jazzuela de Julio Cortázar

La narrativa de Cortázar está trazada huyendo de toda linealidad temporal. Rayuela es, indiscutiblemente, una Jazzuela

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Cuando Julio Florentino Cortázar Descotte (Ixelles, Bruselas, 26 de agosto de 1914 - París, 12 de febrero de 1984) escuchó a Bix Beiderbecke, un azoro grande y una pena ensimismada de sí mismo lo acosaron: se fue apresurado a comprar una trompeta. La obtuvo por 20 francos en una pequeña tienda de la orilla izquierda del Sena en el Barrio Latino de París. Concentrado, hizo mudanza a su memoria de los acordes de “Bless You Sister” y fue feliz durante varias semanas. La noche que “I’ve Got a Feeling I’m Falling” —con la trompeta de Louis Armstrong, la voz de Vilma Middleton, el trombón de Trummy Young y el piano de Billy Kyle—, lo condujo por los amarraderos de la cadencia supo que “el jazz es una música que permite todas las imaginaciones”.

Julio Cortázar iba siempre caminando por el mundo con un bamboleo en el que se mezclan guiños del Earl “Fatha” Hire de “I Ain’t Got Nobody” (Lucas —alter ego de Cortázar en Un tal Lucas— quiere, a la hora de morir, escuchar su solo de piano) con improntas de Jelly Roll Morton, Bud Powell, Kenny Clarke y Thelonious Monk: “Swing, luego existo”.

“La libertad es eso que el jazz alude y soslaya y hasta anticipa”. 62, modelo para armar o Elperseguidor o Rayuela. Gregorovius, Etienne, Ronald, Perico y Oliveira en el Club de la Serpiente escuchando a Benny Carter y Johnny Hodges. “Uno es una pobre porquería al lado de un tipo como Johnny Carter” (El perseguidor). La vuelta al piano de Thelonious Monk. La vuelta al día en ochenta mundos. El jazz es un saxofón al que se le ha roto el alma. Un soplo murmura el sueño. Charlie “Bird” Parker corre detrás de la vida que lo rebasa con 15 minutos adelante: “My Melancholy Baby”, “Irresistable You”. La Maga escucha un lamento de la trompeta de Lee Morgan.

En Cuba se publicó Rayuela en la Colección de Literatura Latinoamericana de Casa de las Américas. Los capítulos 17 y 18 estaban lleno de nombres de jazzistas que eran un misterio para un lector de 17 años: hoy, son presencia inefable. Qué era el jazz en aquellos tiempos, para el grupo de becados hospedados en el edificio contiguo de la biblioteca de Casa de las Américas. Pello el Afrokan se imponía con el Mozambique. Leer un texto como Rayuela era una aventura. El autor de Final de juego visitaba con frecuencia La Habana y le encantaba sentarse en el malecón, a unos pasos de G y 3ra, donde estaba la sede de la institución cultural que dirigía Haydee Santamaría. ¿Viste que extranjero tan grande?, recuerdo el asombro del camagüeyano Pupo una vez que vimos a Cortázar entrar, con una guayabera blanca y unos pantalones azules por los tobillos, a la Casa. Los clubes de jazz del Vedado poco a poco fueron cerrando. En “El Gato Tuerto”, de Felito Ayón, apenas se escuchaba una frase de filing. Frank Emilio, Guillermo Barreto y su Cuban-Jazz Combo con Tata Güines, Gustavo Tamayo y Orlando “Papito” Hernández descargaban, a veces, en La Zorra y el Cuervo de 23 el “Zazauma”, de Frank Emilio, o el “Cha Cha Blues”, de Piloto y Vera.

Y Rayuela y La Rampa. Cuesta que nace en el malecón y se empina por todo 23 hasta L, como una gradería que conduce al transeúnte a los intervalos del deseo. El jazz. Todavía Irakere. Todavía Paquito. Pero ya Peruchín y Bebo. Dicen que por ahí andaba un uruguayo tocando el violín, mezclando los acordes rioplatenses con el tumbao afrocubano: Federico Brito. Rayuela. El pon cubano: juego de hembras, no de varones.

La narrativa de Cortázar está trazada huyendo de toda linealidad temporal. Rayuela es, indiscutiblemente, una Jazzuela. Convergencias donde discurren glosas de George Gershwin, Tadd Dameron, Dizzy Gillespie, Lester Young, Sonny Rollins, Horace Silver, Elvin Jones, Coleman Hawkins, Thelonious Monk, Charlie Parker, Miles Davis, Art Blakey, Errol Garner, Art Tatum... Swing, bebop, hardbop, free: “...alguien ha puesto The blues with a feeling y casi no se baila, solamente se está de pie, balanceándose, y todo es turbio y sucio y canalla y cada hombre quisiera arrancar esos corpiños tibios mientras las manos acarician una espalda y las muchachas tienen la boca entreabierta y se van al miedo delicioso y a la noche, entonces sube una trompeta poseyéndolas...” (Capítulo 17, Rayuela).

El saxofonista alto portorriqueño Miguel Zenón y el pianista francés Laurent Coq acaban de grabar un disco donde ponen de manifiesto los hilvanes jazzístico de la novela emblemática de Cortázar: Rayuela (Sunnyside, 2012) en formato de cuarteto (sax alto, piano, trombón/cello, batería/tabla/percusión) y 10 temas que hacen referencias a personajes y circunstancia del cosmos cortazariano: “Talita”, “La muerte de Rocamadour”, “Gekrepten”, “Buenos Aires”, “Moreliana”, “Oliveira”, “Berthe Trepat”, “Traveler”, “La Maga” y “El Club de la Serpiente”.

Suerte de anagrama musical que hace una exégesis de la novela: marcha ondulada en la que llega la rubia teñida Gekrepten; Oliveira se pregunta: ¿Encontraría a la Maga?; Morelli escribe un libro de visión aniquilante; y en Buenos Aires hay una hora en que casi nadie hace el amor. Jazz programático que rinde tributo al Cronopio mayor, quien hizo de la literatura un paseo sinuoso en el que las palabras son armónicos naturales caligrafiados en una escala de blue note donde humor, juego, búsqueda, añoranza y exilio “de la tierra al cielo” conforman una descarga, jam session inolvidable.


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