Actualizado: 20/09/2017 13:35
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Fotografía, Che, Burri

El Che de Burri

René Burri viajó a Cuba junto a Henri Cartier-Bresson en 1963, los dos con el objetivo de captar imágenes de la revolución cubana y en particular del Che Guevara

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El fotógrafo suizo René Burri comenzó su carrera siendo aún niño, a los 13 años, al retratar a Winston Churchill en Zúrich. A partir de ese momento, toda su trayectoria se definiría entre dos polos: la instantánea apegada al testimonio y la composición de una imagen que busca trasmitir una opinión o idea, ya sea mediante el simbolismo o simplemente por medio de un sujeto convertido en objeto. En la primera de estas fórmulas logró acumular sus mayores éxitos. Fue precisamente en la fotografía en blanco y negro, hecha con una Leica, donde se encuentran sus mejores obras.

Burri, que había nacido en Zúrich, el 9 de abril de 1933, formó parte de la agencia Magnum hasta su fallecimiento, a causa de un cáncer, el 20 de octubre de 2014. Más que un sitio de trabajo, Magnum se convirtió en una definición en la que alcanzó su mayor logro con el retrato que le hizo a Ernesto “Che”, Guevara, por el cual se le identifica en todo el mundo.

Como ocurrió en otros casos, no sería hasta cuatro años después de la muerte del guerrillero que la imagen no se hizo famosa, algo que nunca le preocupó al fotógrafo: Burri consideraba que todo el valor de esa instantánea no radicaba en el sujeto fotografiado sino en el encanto del humo.

Es inevitable al hablar de Burri el recordar a Henri Cartier-Bresson. Tanto en cuanto los unía como en aquello que los distanciaba. Fue el propio Burri quien habló de esa distancia en una entrevista.

“En aquellos días Henri Cartier-Bresson nos tenía limitados a usar solamente lentes de 35 mm a 90 mm. Cuando le mostré las fotos dijo: ‘¡Brillante René!’. Salí ahuera y grité: ‘¡Hah!’. Él me oyó y exclamó: ‘¿Qué fue eso?’. ‘Nada, no te preocupes’, le respondí. El lente que había utilizado era de 180 mm, pero nunca se lo dije. En ese momento, rompí mis ataduras con mi mentor, maté a mi mentor”, contó años después.

La fotografía a que se refiere Burri es una de sus mejores y emblemáticas, en una dirección completamente opuesta a las imágenes en pequeño formato. Hombres en el tejado, tirada en Sao Paulo, Brasil, muestra el interés del fotógrafo por la geometría y la arquitectura. De hecho mantuvo una larga amistad con Oscar Niemeyer y Le Corbusier, del cual también hizo un célebre retrato. La foto, realizada como parte de una asignación para la revista Praline, muestra en un solo cuadro a la multitud recorriendo a pie y en automóvil las calles de la ciudad, al tiempo que destaca a un pequeño grupo de hombres en un techo, y establece así un contraste entre los dos grupos, como si habitaran mundos diferentes.

La famosa foto del Che apareció en pequeño tamaño dentro de un reportaje de la revista Look, y Burri se encargó de describir posteriormente las circunstancias en que realizó su trabajo.

Burri viajó a la Isla junto a Cartier-Bresson en 1963, los dos con el objetivo de captar imágenes de la revolución cubana y en particular del Che Guevara. Ambos trabajando para la agencia Magnum fueron enviados por las revistas Look y Life respectivamente.

A los pocos minutos de encontrarse con Guevara, en el octavo piso de su oficina en el Hotel Riviera, estalló una fuerte discusión ideológica entre el guerrillero y la periodista que viajaba con Burri, Laura Bergquist.

“No me miró ni en un solo momento”, contó luego Burri, pero ello no lo detuvo para aprovechar lo que llamó la “increíble oportunidad” de fotografiar al Che en todo tipo de situaciones: sonriendo, furioso, de espaldas, de frente. “Gasté ocho rollos de película”, dijo a su regreso.

También describió a Guevara como “un hombre arrogante, pero con encanto... Era como un tigre en una jaula”.

Cartier-Bresson, que a su vez captó al Che en otra ocasión durante el mismo viaje, y quien no solo realizó una foto igualmente famosa sino escribió su experiencia en un libro, dijo del revolucionario que lo percibía como “un hombre violento pero realista”, para agregar: “Un hombre persuasivo y un verdadero anarquista, pero no es un mártir. Uno siente que si la revolución en Cuba resultara aniquilada, el Che reaparecería en otro lugar de Latinoamérica, vivo y arrojando bombas”.

Las fotografías de Guevara, realizadas por Burri y Cartier-Bresson durante la visita de estos a Cuba en 1963, guardan un contraste interesante con la tan famosa imagen del Che hecha por Alberto Korda. Al contemplarlas unidas, las diferencias hacen evidente que lo importante no es el sujeto que aparece retratado, sino la fecha en que son publicadas. La imagen definitiva hecha por Korda, con el encuadre que la hace célebre, estuvo guardada en un archivo por varios años; las otras fueron publicadas de inmediato, aunque su celebridad es también posterior a la muerte del fotografiado. Entre ellas se encierra la distancia que va del hombre al mito.

Ese trayecto entre ellas encierra la historia de la revolución cubana. La de Cartier. Bresson nos muestra a un Che jovial y joven, pese a las arrugas prematuras del rostro. El llamativo reloj en el brazo izquierdo, las dos copas y la taza de café al frente contribuyen a humanizar el retrato. Pero es la sonrisa del guerrillero la que nos devuelve a la época en que aún era posible la duda: nada más alejado de las intrigas por el poder, los combates sin escapatoria en la aridez del campo latinoamericano y el empecinamiento en una lucha a muerte que ese argentino —porque la instantánea permite otorgarle una nacionalidad y no perderlo en un símbolo— que mira confiado y risueño a sus supuestos interlocutores.

La foto de Burri es quizá la que mejor capta las características personales del sujeto, un hombre distante y altanero, como lo describió el mismo fotógrafo, que mira desafiante a la cámara. Ese desprecio no es heroico ni revolucionario. Es simplemente inherente al individuo. Nos llega a través del lente no solo en la forma de desafío, sino de altanería. Como en las otras dos, demuestra esa fotogenia única que caracterizó al Che.

Si la foto de Korda logra acaparar una eternidad que ahora se resume en camisetas y carteles para turistas y manifestantes tras una ilusión perdida, la de Cartier-Bresson es un documento histórico y la de Burri un reflejo personal. La primera y famosa se identifica con un período convulso, que afectó a todos los países. La otras dos nos devuelven a una época de ilusión en solo una isla; Cartier-Bresson trasmite una mirada triste pero no ese rechazo en blanco y negro que caracteriza a la imagen lograda por Burri.

La fascinación por retratar al Che y a Castro fumando forma de por sí toda una iconografía. Cartier-Bresson, al igual que Korda, tienen fotos de Castro disfrutando de un tabaco. Todos los fotógrafos cubanos y extranjeros que persiguieron las mismas imágenes, repetidas de aquellos primeros años, fueron tras actos similares. Incluso el visitante más célebre de entonces.

Refriéndose a los “gruesos labios rojos” de Castro, en una descripción cargada de erotismo, Jean Paul Sartre describe que los ha visto “trágicos o coléricos, nunca sensuales —salvo quizá cuando se cierran como un puño alrededor de un largo tabaco generalmente apagado”.

Burri comenzó a trabajar para la agencia Magnum en 1956. A partir de ese momento cubrió los acontecimientos políticos más importantes alrededor del mundo. Antes había estudiado en la Escuela de Artes y Oficios de Zúrich y brevemente como asistente de camarógrafo para los estudios de Walt Disney en Suiza. Pero en realidad hasta entonces su mérito más importante se reducía a una foto, del estadista y famoso fumador británico, hecha con una vieja cámara Kodak en 1946. Todo el humo y la gloria estaban por venir.


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