Actualizado: 22/05/2017 13:14
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Van Gogh, Gachet, Pintura

El Doctor Gachet

¿Estaba consciente Gachet del valor como artista y de la proyección futura de Van Gogh? La respuesta parece ser afirmativa, y eso llevó al médico a tratar de apropiarse de la mayor cantidad de cuadros pintados por Van Gogh que le fuera posible

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¡Es el médico de menganito, tremendo médico!

Sí, si el doctor fulano de tal atiende en su consultorio a muchos pacientes de alcurnia, gente famosa, ricachones, VIP, como les llaman ahora, pues debe ser entonces un buen médico, te dicen todos.

En verdad el conocer la gente importante que atiende un médico es una manera, como otra cualquiera, de evaluar las capacidades profesionales del susodicho galeno —riesgosa y atrevida evaluación, tonta a veces, pero para casi todo el mundo funciona así—, sobre todo si uno está buscando un buen especialista con el que atenderse.

Pero… ¿quiénes son, como se llaman, los famosos enfermos a los que atiende ese matasano del que me hablas?

Muy buena pregunta.

Pues te diré, se llaman… Auguste Renoir, Pissarro, Honoré Daumier, Paul Cézanne, Edouard Manet, Joan Geoffroy, Jean-Baptiste Camille Corot, Julien Dupré, Charles Lucien Leandre, Vincent van Gogh, Armand Guillaumin, y no sé cuántos más. La crema y nata, la élite de la pintura francesa, sobre todo la impresionista y la postimpresionista.

¡Wao! El hombre debe ser una estrella en su profesión, aunque… espera, ahora caigo, toda esa gente que me has mencionado ya están muertas desde hace bastante tiempo, y para decir la verdad, tampoco ninguno de ellos se caracterizaba por una salud física y mental demasiado estimulante. ¡Umm, eso me da mala espina…!

Te agradezco la información, pero… prefiero ponerme a investigar por mi cuenta.

Pues bien, ese doctor con tantos clientes entre los pintores impresionistas y postimpresionistas al que se refieren, es el médico y neurólogo francés Paul-Ferdinand Gachet (1828-1909), y algunos de sus pacientes fueron, realmente gente muy famosa, sobre todo después de muertos, pero de alcurnia, lo que se dice de alcurnia, no creo que lo fueran, nada de eso.

Gachet, que también fue pintor —expuso un par de cuadros en el salón de los independientes, en París, en 1891—, aunque sin mucha fortuna como artista, es una de esas figuras que se mueven con comodidad por detrás de las luminarias, sin proponerse, por lo menos aparentemente, ocupar los primeros planos. Una de esas personas un poco oscuras que al mismo tiempo resultan imprescindibles para que esas luminarias de las que hablamos lleguen a serlo.

En dos palabras, un mecenas, un caballero con ciertos recursos económicos que amaba la buena pintura y ayudaba a desarrollar su arte y sobrevivir, siempre y cuando pintaran y pintaran sin parar, a los que él identificaba con las cualidades suficientes para alcanzar la gloria y la posteridad. Un “secundario de lujo” para emplear la feliz frase del historiador de arte Alfonso Vila Francés.

Con una larga carrera médica y científica a sus espaldas en los hospitales de París, Gachet se fue a provincias en 1872 —al casi idílico, por entonces, pueblecito de Auvers-sur-Oise— para ofrecerle descanso y un mejor clima a su esposa, enferma de los pulmones, y luego le tomó cariño al lugar y decidió quedarse a vivir permanentemente allí. No abandonó del todo su floreciente consulta parisiense ni a sus enfermos mentales crónicos —la relativa cercanía a los principales hospitales y sanatorios parisienses era una de las muchas ventajas de Auvers-sur-Oise— pero sí atemperó bastante el ajetreo capitalino y se impuso un ritmo de trabajo profesional más sosegado.

Aunque ya él tenía desde mucho antes relaciones médicas con la familia y el propio Camille Pissarro y trataba profesionalmente desde hacía tiempo al joven grabador Charles Meryon —que terminó muriendo allí— en el manicomio de Charenton, la compra de la nueva vivienda y su instalación en el pintoresco pueblecito ubicado en la Île de France, en realidad un suburbio de París (entre 15 y 20 millas del centro de la capital), le puso en estrecho contacto con algunos de los pintores impresionistas y postimpresionistas que acudían frecuentemente al lugar buscando inspiración, paisajes bellos, una vida barata —la falta de dinero, siempre era un problema para ellos— y soledad creativa. ¡Ah!, y una taberna modesta, confortable y bien surtida donde paladear algún buen vino de la casa o un trago del fuertísimo ajenjo, entonces de moda.

Esa relación del doctor y los artistas se fue incrementando con el tiempo, al extremo de que muchos de esos pintores, pobres de solemnidad o muy cerca de eso casi todos, comían y bebían habitualmente en la mesa de Gachet, es más, Paul Cézanne vivió allí, en la casa del médico, por aproximadamente dos años.

Pero Gachet no solo los ayudaba acogiéndolos en su mesa y su hogar, sino que también les compraba cuadros —el precio que les pagaba, con la perspectiva de hoy, sería ridículo, pero en aquel momento les daba para ir tirando— lo que les permitía ganar algún dinero (no olvidemos que casi todos ellos eran aún perfectos desconocidos en el mundo de la promoción artística) y los motivaba a seguir creando, incluso pintándolo repetidamente a él. Pintándolo, sí, porque a Gachet no le disgustaba, al contrario, que sus amigos lo retrataran una y otra vez, hecho que nos ha permitido conocer el rostro del doctor en diferentes etapas de su vida y también el de su esposa y su bonita casa.

Y no solo eso; si conocemos y apreciamos mejor y mucho más de la obra de los pintores impresionistas y postimpresionistas hoy se lo debemos también al doctor Paul Gachet, pues reunió la más variada y espectacular colección de cuadros de estos artistas que uno pueda imaginar. Una colección, una pinacoteca que sería la envidia de cualquier coleccionista de hoy y que llegaría a valer, con los años, cifras casi inimaginables —¿quién podría haber augurado entonces que un japonés, el empresario Ryoei Saito, pagaría $82.500.000 por un retrato del propio doctor Gachet pintado por Van Gogh— por lo menos para mortales comunes y corrientes como nosotros.

Un mecenas en toda la línea, como en el Renacimiento.

Aunque para ser justos con la historia, es preciso comentar algunos puntos oscuros, algunas sombras, atribuidas a nuestro doctor, sobre todo relacionadas con el paciente más famoso del galeno de marras: Vincent van Gogh.

El holandés Vincent Willem van Gogh Urias (1853-1890) era un trabajador infatigable —salvo en los períodos de crisis y recurrencias severas de sus trastornos mentales— y al mismo tiempo un hombre desvalido y necesitado de comprensión y apoyo.

Vincent conoció al doctor Gachet, por mediación de su hermano Theo, casi al final de su breve y azarosa vida. Y Gachet se comprometió con Theo, al que sí conocía desde antes, a atender y cuidar de Van Gogh. No obstante, Gachet se cuidó muy mucho de acogerlo en su casa, aunque lo visitaba a menudo en la pensión donde se hospedó. Una actitud que debemos considerar razonable, teniendo en cuenta que el comportamiento de Van Gogh era, en ocasiones, errático e incluso iracundo, quizás hasta peligroso.

Lo cierto es que el doctor Gachet sí se ocupó diligentemente de atender a Van Gogh —lo que podía hacer como médico por la salud mental del pintor, salvo proporcionarle algún apoyo psicológico, era muy poco teniendo en cuenta el nivel de la psiquiatría y la farmacopea de aquel tiempo—, pero sabemos que lo instó a pintar a un ritmo muy elevado, quizás exagerado, teniendo en cuenta la fragilidad de la salud del artista. ¿Estaba consciente Gachet del valor como artista y de la proyección futura de Van Gogh? La respuesta parece ser afirmativa, y eso llevó al médico a tratar de apropiarse de la mayor cantidad de cuadros pintados por Van Gogh que le fuera posible.

Y aquí surge la primera sombra sobre el doctor Gachet. Se ha especulado con la posibilidad de que Gachet, que no era un genio, pero sabía pintar, plagiara a Van Gogh. No hay pruebas definitivas de eso, pero se ha comentado, por ejemplo, que del retrato de Gachet hecho por Van Gogh que hemos mencionado antes, existe, en el museo de D’Orsay una copia idéntica (¿O la copia es la que compró el japonés?). Una copia que no aparece anotada por Van Gogh, que llevaba cuentas al detalle de todo lo que pintaba y solía comentárselo a su hermano.

¿Olvido? Puede ser.

El propio Gachet reconocía que como un ejercicio para aprender a pintar hacía copias de los cuadros de sus amigos pintores (y de otros clásicos) pero que no las firmaba o las destruía o reciclaba. También eso puede ser verdad. Lo que sí no hizo nunca Paul Gachet, y es lamentable, es haber escrito unas memorias, unas simples crónicas sobre la relación que tuvo con aquellos grandes artistas y muchas de sus anécdotas (las debe haber tenido por centenares), pero así son las cosas.

El otro punto oscuro que planea sobre Gachet está relacionado con la propia muerte de Van Gogh, una muerte que siempre se ha atribuido al suicidio, pero que también se le ha achacado al gamberro René Secrétan, un típico abusador (bulling) de pueblo, y su pandilla, que incomodaron e incordiaron con sus burlas los últimos 66 días —ese fue el tiempo que vivió en Auvers-sur-Oise— de Van Gogh en la tierra. Por qué el doctor Gachet, que despidió muy emocionado el duelo en el cementerio, lloró al fallecido e incluso lo pintó en su lecho de muerte, no hizo más por atender la herida de bala abdominal del pintor, herida que demoró, ocasionando serios sufrimientos y dolores, casi tres días en matarlo.

Me atrevo, como médico que soy, a defender a Gachet. No era cirujano y además las concepciones agresivas de tratamiento en las que nos formamos nosotros hoy no eran las de aquel tiempo, ni tampoco los recursos técnicos estaban a la altura de los hechos. Y, además parece haber suficiente evidencia circunstancial de que Van Gogh se llevaba bien con Gachet pero no lo tenía en alta estima como profesional, al extremo que llegó a comentar alguna vez que: “ese médico, Gachet, está tan loco como yo”.

Y nos quedaría la última pregunta, importante para exculpar, o no, al doctor Gachet: ¿quería de verdad morir Van Gogh. Los relatos de los que estuvieron cerca de él coinciden en que el genio holandés sí estaba hastiado de la vida que llevaba: “estoy como en una jaula” le escribió a su hermano Theo en más de una ocasión. Y hay otras evidencias, incluso pictóricas de que sí quería morirse: Trigal con cuervos, que quizás, y solo quizás, fue la última pintura de van Gogh.

¿Fue el doctor Paul-Ferdinand Gachet un mal hombre?

El autor de este breve ensayo cree que no. Fue, simplemente, un hombre de su tiempo que, eso sí, tuvo la suficiente visión para darse cuenta de que aquellos pintores que nadie parecía tomar en cuenta entonces, tenían en la punta de sus pinceles la gloria.

Y él tomó la sabia decisión de poseer cuántas pinturas pudiera obtener, solicitándolas, comprándolas, copiándolas, vaya usted a saber.

Y eso es humano, ¿no?


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