Actualizado: 28/06/2017 14:56
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Literatura, Literatura Cubana, Poesía

El exilio de Delfín Prats

Exilio transitorio conforma un muestrario en que alegorías cautelosas nombran recapitulaciones y abonan nuevos mitos

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He visto al poeta Delfín Prats cobijado en la noche, resuelto y desnudo en los parajes del mediodía: he escuchado el voceo de la copla jubilosa sobre el silencio instigador. Fui contagiado del quebranto de su piel humedecida por el aguacero imprevisto. / Delfín caminaba sobre la arena y la tarde abrasadora le cedió una tregua del resplandor. Muchas veces en los desfiladeros de La Habana, Delfín me entregó el sosiego y también la algarabía. He sido testigo de su habla: lenguaje de mudos a la intemperie: en el delirio de un sueño untado de la luz verdosa de los cocuyos. / Sé que él ha sabido descifrar las dispensas de la pausa: conoce muy bien “el aire feroz de los ocujes”, “el convulso ruido de la lluvia” y el “privilegio de la condenación”. / He visto a Delfín en la renuncia permanente, en la espera, rehusando las dádivas, satisfecho con las mínimas entregas de Dios.

Exilio transitorio, del traductor, poeta y narrador Delfín Prats (Holguín, Cuba, 1945), conforma un muestrario en que alegorías cautelosas nombran recapitulaciones y abonan nuevos mitos. Selección y prólogo del poeta mexicano Luis Aguilar, esta pertinente edición de Luis Armenta Malpica/Mantis Editores pone al lector en contacto con una de las voces más trascendentes y seductoras de la poesía cubana actual. Lírica recóndita: vida de azares cruzados: tiempo transcurrido en la encrucijada de la ceniza. Delfín Prats siempre ha sido un caminante del tajo de la sombra.

Luis Aguilar resume instantes radiantes del poeta de Holguín (mismo lugar de nacimiento de su amigo, el narrador Reinaldo Arenas 1943 - 1990): pone a disposición un manojo de textos en que la persistencia, el compromiso con la palabra, el decoro y la transparencia testifican un idiolecto que se abre a las constelaciones para “echar en esta hoguera sino lo más amado”. El autor de Para festejar el ascenso de Ícaro (Premio de la Crítica 1987 en Cuba) ha desafiado más de una vez las demarcaciones en mudanzas arriesgadas y gozosas: “Celebras el regreso / retomando la lira que en un lugar distante / manos favorecidas por la gracia y la furia / abandonaron / después de una claudicación penosa”.

Compendio que recoge algunos de los cánticos más incitantes de la literatura cubana contemporánea: “Entrega” (“Qué bosque no anduvimos tomados de los sueños”), “Litografía” (“Un animal extraño me visita / sin anunciar su inesperado arribo / abre la puerta callado se desliza / por entre los objetos oscuros de mi cuarto...”), “Saldo” (“ustedes están muertos hace unos cuantos calendarios / yo tuve un poco más digamos de destreza”), “Preparativos innecesarios” (“desde algún ángulo increíble de la noche / que anulará todas tus perspectivas / tus preparativos como fiesta de pobre / ante la inminencia brutal de lo imprevisto”), “Discurso entre dedos” (“la canción que asciende inadvertidamente hasta los labios: / el semejante”), “Documental” (“ya no tendrás que recurrir al mecanismo de los gestos / serás lo mismo ante lo justificable / como ante lo que no necesita justificación”), “Pero en el viento su rumor llegaba” (“Ámala, pero ámala / como si todo hubiese concluido y pasado, / como si desde el futuro más remoto / recordaras el vino de tus mejores años”) , “Por el aire feroz de los ocujes” (“y el sonido certero de esas aves / que de niño mataba, / y que mi hermano continua matando, / a pesar de los años / y del pequeño vástago que crece.”) “Atmósfera”, “No vuelvas a los lugares donde fuiste feliz” (“Di adiós a los paisajes donde fuiste feliz. / Vive la plenitud de la soledad /en el primer instante...”), “Tres variaciones sobre el tema del pez”, “Sólo el rojo de los crepúsculos”, “Erinias” (¿verdad que son divinas / las erinias?”)...

Unas imágenes desérticas, umbrías, desamparadas, náufragas y mansamente en zozobra de luz moribunda —firmadas por Mario Heredia— cortejan estos folios habitados por pedazos de reminiscencia en tregua. La noche tiende su exilio transitorio: el poeta con absoluto recato signa “la soledad como un salvoconducto”.


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