Actualizado: 23/08/2017 14:28
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Crítica literaria, Literatura, Novela

El que tiene boca se equivoca

El ejercicio de la crítica registra un número considerable de disparates y tonterías, que sirven para confirmar las glorias y las miserias de esa práctica. La miseria que supone el no acertar, la gloria que conlleva el atreverse a fallar

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Esta boca es mía, decimos para proclamar nuestro derecho a exteriorizar nuestros juicios y opiniones. Algo que nadie en su sano juicio se atrevería a negar o impugnar, a no ser aquellos con hábitos represivos y dictatoriales. Pero no menos cierta es otra expresión muy relacionada con la anterior: El que tiene boca se equivoca. En efecto, aquel derecho trae consigo este riesgo. Todo radica en la actitud que prefiramos adoptar: la del precavido que piensa que en boca cerrada no entran moscas, o la de aquel que sostiene que es peor mantenerla muda.

El ejercicio de la crítica es un claro ejemplo de lo anterior. Quien recorra la historia del arte y la literatura, podría preparar una voluminosa e hilarante antología de los disparates y tonterías a que esa práctica ha dado lugar. Eso seguramente tiene que ver con algo hecho notar por el español Ignacio Echevarría: “El crítico no apela a la posteridad. A él le corresponde levantar su juicio en presencia del autor, lo cual incide decisivamente en el alcance de su tarea, y en su dimensión polémica. Porque la reclama el olvido, a la crítica le urge extremar todos sus recursos, agotar las posibilidades de una lectura accidental y apresurada. Ningún pacto prolongará su vigencia (…) Como la de las moscas, su vida es efímera, y en un mundo que se pretende cada día más aséptico, no debiera renunciar a resultar incordiante”.

La objetividad que se acostumbra reclamar al crítico es difícil que prevalezca cuando este es, a la vez, juez y parte, cuando es también creador. No importa si frustrado o no. Ahí además intervienen otros factores, como suelen ser las rivalidades, las envidias y las enemistades entre colegas. Barrunto que algo de eso debió de llevar a Emile Zola a comentar sobre Las flores del mal, de su compatriota Charles Baudelaire: “Dentro de cien años, los libros de historia de la literatura francesa solo mencionarán esta obra como una curiosidad”. O a Lope de Vega a escribir sobre su contemporáneo y rival Miguel de Cervantes: “De poetas, no digo: buen siglo es este. Muchos en ciernes para el año que viene, pero ninguno hay tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a Don Quijote”. Y qué razón, sino rivalidad literaria, pudo justificar que Aristófanes calificase a Eurípides como “un antólogo de tópicos… inventor de granujas de cartón”.

Hay muchos comentarios errados que, después de haberlos expresado, probablemente hicieron enrojecer de vergüenza a sus autores. Sobre Shakespeare, a quien Harold Bloom sitúa en el puesto cimero de su canon occidental, se han dicho verdaderas barbaridades. Lord Byron comentó en una carta a James Hogg que “el nombre de Shakespeare, pueden estar seguros, está colocado absurdamente alto y tendrá que bajar. No tenía imaginación para sus historias, ninguna en absoluto. Tomó todas sus tramas de novelas antiguas y montó sus historias de forma teatral, con tan poco esfuerzo como el que Ud. y yo necesitaríamos para volver a escribirlas en forma de historias en prosa”. Sobre Otelo, George Bernard Shaw apuntó en las páginas del Saturday Review: “Puro melodrama. No hay un solo toque de caracterización de los personajes que podamos sentir en la piel”. Y acerca de Hamlet, Voltaire dejó esta opinión: “Es una obra bárbara y vulgar que no hubiese sido tolerada por el más salvaje populacho de Francia o Italia… Podría imaginarse que esta pieza es la obra de un salvaje borracho”.

En una de sus impagables Glosas, mi admirado Jorge Mañach escribió: “El señor Baroja está equivocado, con harta frecuencia lo está el señor Baroja”. Y agregaba: “El señor Baroja padece de su propia virtud, que es la sinceridad. Si se me permite acuñar un nuevo vocablo de patología literaria, diré que el señor Baroja padece de sinceritis”. Y es cierto. A lo largo de su vida, el novelista vasco dio numerosas muestras de ello. De las opiniones sobre otros escritores que expresó, escojo algunas perlas. Sobre Benito Pérez Galdós afirmó: “Sus obras no están a la altura de las de un Dickens, un Tolstoi o de un Dostoievski. No hay llama. No hay el buen hervor guerrero de un espíritu”. Sobre Unamuno dijo: “Era el aldeano que sale del terruño y se hace rabiosamente ciudadano y adopta todos sus hábitos y procedimientos. Quiso primero ser un escritor español ilustre y después ser un escritor universal… Sus novelas me parecen medianas, y sus obras filosóficas no creo que tengan validez ni importancia”. Y al referirse al autor de Madame Bovary, comentó: “Flaubert es animal de pata pesada. Se ve que es normando. Todas sus obras tienen peso específico; a mí me fastidia”.

Tampoco vale de nada ser muy inteligente: quienes lo son también pueden equivocarse y poner en blanco y negro afirmaciones de las que luego pueden arrepentirse. Pruebas al canto, ilustro con el ejemplo de José Ortega y Gasset. El famoso filósofo español dejó estampado este juicio sobre el poeta Paul Valéry: “Último mandarín de las letras francesas, auténtico intelectual, pero de corto resuello, nada popular, manierista, con un exiguo caudal de cosas que decir y, como toda mente pobre, obligado para ser a retorcerse”. Otro célebre pensador y Premio Nobel de Literatura, el británico Bertrand Russell anotó en una carta: “Me parece que Bernard Shaw, en conjunto, es más un calavera que un genio… No pude con Hombre y superhombre: me repugnó”.

Algunos prefieren quemarse, un filme mediocre y deprimente

Tras la muerte de Pier Paolo Pasolini, fueron recopiladas sus críticas de cine en un volumen titulado Las películas de los otros. Son textos redactados sin concesiones, en los cuales restalla el látigo. En ellos, su autor se muestra tan provocador e incómodo como lo fue durante toda su vida. Su independencia de criterio lo hace arremeter contra filmes muy encumbrados. De El acorazado Potemkin anota que “es una película fea, en la que el conformismo con que son vistos los personajes revolucionarios corresponde a la más sediciosa propaganda. Los marinos del Potemkin son seres sin alma, sin cuerpo, sin sexo, que se mueven como títeres positivos”. De acuerdo a Pasolini, Eisenstein solo se libera de su servilismo propagandístico en la célebre e imitada secuencia de la escalinata de Odessa. Otra cinta que detesta es la comedia de Billy Wilder Algunos prefieren quemarse: “Un filme mediocre y deprimente que deja en la boca un regusto amargo de juego de sociedad logrado a medias”.

Pero no quiero que se me acuse de ilustrar las miserias de la crítica solo con ejemplos foráneos. Así que voy a terminar este rápido repaso con uno del patio. Corresponde a José Rodríguez Feo, quien codirigió con José Lezama Lima la mítica revista Orígenes. Precisamente allí dio a conocer un trabajo titulado “Los cuentos cubanos de Lino Novás Calvo”, en el que comienza por reconocer méritos al autor de La luna nona. Pero le hace a continuación una serie de reparos que ponen en entredicho su calidad como narrador. Señala que su arte se asemeja mucho al del cine, y por ello “es natural que en sus cuentos domine un sentido espacial y se describa más bien que se interprete las acciones de sus personajes. Entonces una prosa tan parca, tan seca y falta de matices e imágenes no logra entregarnos una visión completa de la escena”.

Asimismo, Rodríguez Feo señala que “el montaje resulta deficiente y el decorado es tan pobre como nuestro conocimiento de los motivos que mueven a sus personajes”. Apunta que como Novás Calvo “hace escaso uso del dialogo, algo que salva siempre la acción dramática en un filme, sus cuentos son meramente sucesiones de escenas que muchas veces resultan incongruentes”. Y concluye afirmando que en sus narraciones “echamos de menos la inteligencia crítica que siempre es una inteligencia analítica, una crítica de las ideas y de las pasiones que conmueven al hombre. Su arte pictórico, su afanosa búsqueda de los recursos cinematográficos, no resuelve las dificultades que acusan a todo escritor de ficciones”.

Esa inteligencia crítica que Rodríguez Feo echa de menos en la narrativa de Novás Calvo, está ausente en el comentario que él dedicó a Mi tío el empleado, considerada unánimemente la mejor novela cubana del siglo XIX. Lejos de eso, allí pone en evidencia un juicio enceguecido. Apunta que Ramón Meza fija la mirada en “el mundo de los pillos donde la única pasión es comer (…) Retrata los efectos de esta miseria en que vive el pueblo, las consecuencias de la explotación del negro a manos de esa sociedad a la que pertenecía. Pero nunca surge una voz de censura contra el explotador; solo la piedad ante el explotado. Y la burla más despiadada cuando el explotado pillo intenta salir del sitio que la sociedad le ha asignado”. También critica que, aunque esos pillos están presentados de manera irreal, eran hombres de carne y hueso como Meza. Y afirma que si este los pinta así, se debe a que quiere que ese mundo “lo veamos de esa forma”.

Tras dedicar espacio a otros aspectos sociales, Rodríguez Feo anota que “nos queda aún la duda sobre sus excelencias novelísticas”. Opina que “leyendo a Meza no escapamos del tedio que nos producen las descripciones alambicadas donde se mezclan todos los trucos aprendidos de la literatura española desde Quevedo hasta Juan de (sic) Valera y Pereda. A veces es puro pastiche; otras, acierta con un estilo vigoroso y fluido. Siempre hay algo que nos choca en su estilo por la falta evidente de continuidad”. A juicio suyo, “cuando terminamos de leer Mi tío el empleado nos sentimos un poco desconcertados, pero no se debe más que a la falta de integración entre la forma y el asunto tratado. Cuando se emplean tantas perspectivas, cuando se ensayan tantos estilos dentro de una novela, nos quedamos con esa sarta de viñetas de la vida diaria que Meza presenta como a través de una embocadura mágica. La misma forma del relato es muy peculiar y atenta contra lo verosímil”. Tras señalar otros aspectos reveladores “de su torpeza como novelista”, Rodríguez Feo emite al final su veredicto: “En última instancia Meza queda como un novelista menor. Sus aciertos son menores que sus defectos”.

Los ejemplos que aquí he espigado vienen a corroborar lo de que quien tiene boca se equivoca. Algo de lo cual ni los mejores críticos y escritores quedan eximidos. Pero como escribió Constantino Bértolo, esos errores “confirman las glorias y las miserias de la crítica. La miseria que supone el no acertar, la gloria que conlleva el atreverse a fallar (…) En cualquier caso, serán ustedes, los lectores, los que, como siempre, tendrán la última palabra”.