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Actualizado: 30/10/2014 10:04
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Literatura

El sueño póstumo de Eliseo Alberto

Un libro que es una invitación al sueño desde conjunciones lúdicas en las que un perro se llama Conejo, una abuela ríe como una ardilla y una paloma-niña, dueña de un pececito, gatea

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Eliseo Alberto (Arroyo Naranjo, La Habana, Cuba, 1951-Ciudad de México, 2011) soñaba a todas horas. Sus amigos, varios trashumantes que ejercen múltiples oficios (pintores, periodistas, historiadores, policías, escritores, músicos, trovadores, poetas, viandantes, cirqueros, deportistas, cineastas, perdedores, glotones, meretrices, bailarinas, actores, malandrines, exiliados, guerrilleros, cantantes, maraqueros, violinistas, soneros…), estaban obligados a escuchar las versiones de su paseos oníricos cada domingo en los preámbulos de la siesta.

Eliseo Alberto era capaz de cambiar los destinos del protagonista de una novela famosa. Contaba el sueño que él había tenido con Alonso Quijano montado en el burro de Sancho o el espejismo de la noche anterior en la que la Celestina caminaba descalza por el patio de su casa comiéndose un plato de mermelada de guayaba con queso crema.

“Ayer por la tarde vi clarito aquí, frente a mí, al Caballero de París. Tenía hambre, el pobre, pero no quiso comer. Me pidió que le pagara el pasaje de regreso a La Habana: ‘Extraño mucho 23 y 12’, fue lo único que me dijo”, recitaba como si nada, con sus gestos de niño asustado. “Me preocupa, ayer por poquito y no sueño nada. Me desperté como a las 2 de la mañana y me fui al estudio, observé unos minutos a la virgen de La Caridad y le pregunté: ‘qué pasa Cachita, dame un chance’. Oye muchacho, me acosté de nuevo: soñé rico, con un barquito azul lleno de pescaditos rojos. Me levanté contento y me puse a escribir la columna de los jueves: salió solita, enseguida”, repetía esa jácara en diferentes versiones. El barquito a veces era rojo y los peces azules; otras madrugadas conversaba con San Lázaro o Santa Bárbara.

Lichi, así le decían sus cómplices, su tropa, es uno de los más grandes y piadosos embusteros que ha dado la isla mayor de las Antillas. Inventó un circo en el que un mago ama tiernamente a una trapecista; publicó la fábula de un tal José aislado en los resplandores de miles de miradas curiosas; ensoñó a una mujer cantando un bolero obsesivo en que le pide a su conciencia que la perdone; afirmó muchas veces que Pietro Zamorinni, el tenor de El retablo del Conde Eros, almorzaba todos los viernes con el poeta Eliseo diego en el restaurante “La Zaragozana” de Centro Habana; afirmaba que la palabra misericordia encierra todas las palabras y, entonces, trajo arena de Cuba y edificó Caracol Beach y le dio vida a Beto Milanés, quien un sábado del mes de junio sale desesperado a buscar a alguien que lo mate.

Dice Lichi que encima del mar del estrecho de la Florida vuela el fantasma de una paloma-pianista en busca de una niña vestida de escarlata con el secreto de la ilusión de Cuba en sus pupilas. Beto Milanés sigue soñando con un tigre de Bengala.

Sueña es un texto de interpolaciones y guiños: “Mi nombre es Ismael’. Así comienza un libro sobre una ballena enorme que mi padre a veces me lee en voz alta. Me llamo Ismael por un personaje de esa historia”. Resulta que el sobrino de Lichi, hijo de su hermano, el pintor Rapi, se llama Ismael, y resulta también que a Rapi le encantaba dibujar ballenas y unicornios.

Invitación al sueño desde conjunciones lúdicas en las que un perro se llama Conejo, una abuela ríe como una ardilla y una paloma-niña, dueña de un pececito, gatea. La ballena se llama Moby Dick y es “la ballena enorme que nada en el libro de papá”: mar por el que arrumba la escuela que es un barco donde “los techos eran las velas. Yo, el pirata, el timonel”.

Geografía desbordada de imaginerías, regalo póstumo de Lichi para los niños, ilustrado con traviesas iconografías por el dibujante cubano Ismael Martínez.

“¡Ay!, ¡Quién dice que los sueños no se cumplen!”, se pregunta Ismael con los ojos cerrados y rodeado del burro con alas, la gata-tortuga, el toro de muchas patas y el perro Conejo con alas de mariposa.

Espejismos confluentes: hojarascas de Lichi soñando el mismo sueño de sus lectores.


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