Actualizado: 22/06/2017 11:38
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La inocencia violada

Con The Innocents Anne Fontaine entra en un tema donde la sordidez de la guerra logra algo más que marcar las vidas: profana la inocencia a que alude el título

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Anne Fontaine es una directora que comienza entusiasmando al espectador (al menos en mi caso lo ha conseguido en más de dos ocasiones) y termina defraudándolo un poco, o demasiado.

En Adore (2013), la adaptación al cine de la novela de Doris Lessing, dos amigas de toda la vida se enamoran de sus respectivos hijos adolescentes. Por un tiempo comparten romance, cama (en este caso balsa), reproches y celos. Pero lo que en un principio destaca en la pantalla por desacato a las convenciones sociales —donde la blasfemia nunca traspasa la descortesía—, termina en una narración de problemas de alcoba. Al final se impone un sentimiento agridulce —que si bien no reduce el sacrilegio tampoco lo menosprecia—, propio de esa moral pequeño burguesa que uno esperaba no solo ver rechazada sino caricaturizada.

Digamos que Adore termina en la antesala; no solo de toda la Nouvelle vague, también de Madame Bovary (Gemma Bovery, de 2015, es otra película de Fontaine, pero no una adaptación de la obra de Flaubert sino de la novela gráfica de Posy Simmonds, referida a la vida y muerte de un inglés expatriado en Normandía y que traza un paralelismo con el famoso libro).

Con The Innocents (Les Innocentes, 2016) Fontaine entra en un tema donde la sordidez de la guerra profana y marca definitivamente la inocencia a que alude el título. Durante buena parte de la proyección, lo desolado y turbio de los acontecimientos —que transcurren dentro de un panorama interno de ruina y desolación reinante, al tiempo que contrastan y se complementan con la blancura exterior del paisaje nevado— dejan apenas respiro y esperanza.

Sin embargo, en un desarrollo final la trama se acomoda a una solución que parece destinada al alivio de esa carga emocional que se ha ido acumulando sobre el espectador no impávido. La película termina con un desenlace que resulta artificial —desde el punto de vista dramático y existencial con el desarrollo anterior— y en el que poco importa la coletilla inicial con la explicación de que lo narrado se fundamenta en hechos reales.

Si en Adore la realizadora se inclinaba por un cierre impasible, en The Innocents decididamente apuesta por un final feliz.

La película cuenta una de las tantas atrocidades que no terminan sino se prologan tras los combates. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en diciembre de 1945, Madeleine Pauliac, una joven médico que formaba parte de un destacamento francés de la Cruz Roja —situado en la frontera entre Alemania y Polonia— es llamada al parto de una joven en un aislado monasterio de religiosas benedictinas. Poco después descubre que no es un caso único y que la mujer no es una recogida por caridad de las monjas, sino una de ellas.

Las religiosas habían sido violadas sistemáticamente por un grupo de soldados soviéticos que controlaban la zona, algunas de ellas hasta 40 veces. No solo habían sido asesinadas 20 sino otras cinco se encontraban embarazadas y a punto de parir. Habían pasado casi nueve meses desde el último ataque y los hechos se mantenían en secreto porque las religiosas —y en especial la Madre Superiora— consideraban que divulgar lo ocurrido no solamente llevaría al cierre del monasterio, sino que las haría victimas también de la humillación y el desprecio.

La película desarrolla una trama donde la ignorancia y el miedo se mezclan con la obediencia y la fe, así como los instintos maternales en algunas de las monjas.

A todo ello la directora añade algunos elementos secundarios, como la presencia de un médico judío francés y un grupo de niños huérfanos de la guerra que tratan de sobrevivir en medio del caos —para lo cual a veces adoptan vicios y trucos de los mayores repitiendo conductas ya vistas en decenas de películas neorrealistas.

Fontaine parte de un tema actual —el uso de la violación como arma de guerra y demostración vil de poderío— para reflexionar sobre la permanencia de las convicciones y el enfrentamiento entre concepciones en apariencia diametralmente opuestas, pero que en determinadas situaciones encuentran puntos complementarios.

Así el mundo material y cartesiano de la doctora choca —se opone, aunque termina perfeccionándose— y planta cara frente a la fe y el fervor de la madre superiora de las novicias (otra figura jerárquica, pero de orden inferior a la Madre Superiora del convento). Aunque aquí no se trata de un choque frontal entre el racionalismo y el misticismo. La espiritualidad de la religiosa no se encierra en el misticismo del aislamiento, sino en una convicción no ajena al mundo exterior.

En última instancia, el irracionalismo —en su vertiente negativa— está representado en la Madre Superiora y no responde tanto al fanatismo como al apego de las convenciones. A la escena que insinúa o representa la muerte de esta la sucede la imagen de la transformación del convento en refugio de niños, y en un sitio más abierto al mundo (lo que puede leerse también como otra concesión de la directora).

En este desarrollo de perspectivas, apariencias y visiones del mundo enfrentadas, hay también detalles que se señalan, pero cuya mención reiterativa poco añaden al desarrollo, como las convicciones comunistas de la médico.

En este sentido de desarrollo dramático, la película se anota uno de sus mayores valores en el excelente trabajo de actuación. Fontaine no es solo una buena directora de actores, sino que en sus mejores momentos siempre encuentra a quienes mejor logran caracterizar y trasmitir sus propuestas. Si Adore —que aquí ha sido utilizada fundamentalmente como elemento de comparación— debe sus méritos a la excelente labor de sus protagonistas, aquí repite igual provecho. Lou De LaÂge como la doctora —una joven actriz francesa conocida más por las series de televisión de su país— demuestra que su nominación al Cesar por Jappeloup fue algo más que una promesa. Pero es en las actrices polacas Agata Buzek y Agata Kulesza sobre quienes, en buena media, se sustenta el filme. Ambas son conocidas fuera de la producción nacional. Buzek por Zemsta, de Andrzej Wajda, y Nightwatching, de Peter Greenaway. Kulesza por Suicide Room, de Jan Komasa, y Rose, de Wojciech Smarzowski. A ellas se une un reparto de rostros que, en medio de cantos angelicales, trasmiten aún esa inocencia que les ha sido arrebatada.

Más allá de las limitaciones señaladas, The Innocents es quizá la mejor película de Anne Fontaine, que ha desarrollado una carrera en la que ha rehuido ser catalogada como una directora de temas y sensibilidad femenina, aunque no siempre con éxito. Coco Before Chanel no se salva ni con la actuación de Audrey Tautou, algo que sí logran Fanny Ardant, Emmanuelle Béart y Gérard Depardieu para mantener a flote Nathalie, pero solo como una cinta agradable. The Girl from Monaco, My Worst Nightmare, Dry Cleaning y My Father and I son películas muy menores.

En la actualidad Fontaine tiene otro filme, Marvin, en etapa de post-producción. Trata de la historia de Martin Clement, llamado Marvin Bijou al nacer, que abandona su pueblo, su familia y la hostilidad que lo ha rodeado desde su nacimiento por ser “diferente” y se dedica a crear un espectáculo con el cual culminará su transformación. Cuenta con la actuación de Isabelle Huppert y Finnegan Oldfield. Es una historia sobre el rechazo y la intolerancia. Con la presencia de la Huppert cabe esperar que de nuevo Fontaine nos logre mostrar su mayor mérito: la dirección de actores.


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