Actualizado: 20/09/2017 13:35
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Trinidad, Literatura, Fotografía

La isla de papel

Esteban A. de Varona dedicó un libro a Trinidad, una ciudad que constituye la más apacible, bella, delicada estampa coloreada de los viejos días de Cuba

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“Trinidad de Cuba es una ciudad aparte, es una ciudad distinta de las otras de América, nostálgica de más de una emoción de otro tiempo…”. Con esas palabras concluye Esteban A. de Varona Trinidad de Cuba (Editorial Alfa, La Habana, 1946), el libro que dedicó al sitio más pintoresco y de más añejo carácter de la Isla. Aquel que constituye la más apacible, bella, delicada estampa coloreada de los viejos días de nuestro país.

Esta última frase no es mía. Pertenece a Lydia Cabrera, y la he tomado de la introducción que redactó para el libro de Varona. En ese texto, la autora de El monte se pregunta en qué consiste el encanto de Trinidad, la misteriosa atracción que ha ejercido en los cubanos y en todos aquellos que la visitan. Ese encanto se debe, conjetura, “a la persistencia del pasado, que allí vive intensamente, humanamente, no en una sola barriada, rezagada en una calleja de bello nombre —Media Luna, Lirio Blanco, Desengaño— donde los autos se cubren de ridículo, o en alguna plazuela recoleta, la de Punta del Diamante, sino en toda la ciudad, que no habla otro idioma que el de lo inactual, ni sabe moverse a ritmo que no sea el de antaño”. Y agrega que esa poesía del recuerdo, “que tanto falta en nuestras poblaciones, terriblemente vacías e inexpresivas, porque se empeñan en borrar de ellas hasta la última huella de ayer, inhóspitas al sueño, des-almadas, es en cambio, lo primero que se hace sentir en Trinidad (…) Pasado vigente, vieja belleza conmovedora, magia de Trinidad…”.

De acuerdo a una leyenda —o acaso sea un aviso de advertencia—, quien bebe agua del río Táyaba pierde la memoria y se queda en Trinidad, encantado para siempre. De ser cierta, Varona tuvo la precaución de guardarse de hacerlo. Sin embargo, eso no lo libró de quedar enamorado de la ciudad. Volvió a ella, en esa ocasión provisto de una cámara fotográfica que nunca había manejado. Tras un aprendizaje paciente y amoroso, aprendió a usarla. Acompañado de ella, recorrió Trinidad y tomó las numerosas imágenes que ilustran su libro. Y en opinión de Lydia Cabrera, aunque están exentas de toda pretensión componen un conmovedor reportaje sentimental de la vieja ciudad.

En las primeras páginas, Varona ofrece un sucinto resumen de la historia de Trinidad, desde que fue fundada en 1514 por Don Diego de Velázquez y Fray Bartolomé de las Casas. Entre los hechos que recuerda, destaco este: “En los primeros años del siglo XIX, recibe la ciudad una muy importante visita. Pero no había sido anunciada, y el ilustre viajero, que se llama Alejandro de Humboldt, entra por una de las callejas de Trinidad a la grupa de la cabalgadura de un mercader catalán, viniendo de la Boca del Guaurabo, donde había desembarcado. En el camino, según parece, no ocultó su asombro ante el paisaje; ante la flora que nunca viera antes; y ante animalitos e insectos que solo conocía por referencias.// Su estancia en la ciudad está descrita en varias de las páginas del Ensayo Político sobre la Isla de Cuba, el famoso libro que iba a completar la obra de Colón”.

Varona se refiere a los “trinitarios de sólida hacienda” que dejaron edificaciones importantes: José Mariano Borrell y Padrón, propietario de más de mil caballerías de tierra y de cerca de 700 esclavos, cuya casona de dos plantas, situada en la Plaza de Martí, se conoce como el Palacio del Conde Brunet; Pedro Iznaga y Borrell, dueño de cinco ingenios y de 1.300 esclavos, quien construyó una majestuosa mansión de elevadísimo puntal, que ocupa media manzana; y Juan Guillermo Bécquer y Smith, un norteamericano traficante en mercaderías —españolizó hasta su patronímico, Baker—, que tenía un palacio de estilo dórico, “de un lujo no igualado ni por las mejores casas de La Habana”. Acerca del mismo, Varona apunta que “de esa maravillosa construcción y de sus riquezas, solo queda un páramo de ruinas, por obra y gracia del vandalismo de algunos de nuestros compatriotas, ignorantes y sedientos de oro”.

Además de las mencionadas, Varona comenta que otras casas de Trinidad presentan un gran interés. Menciona, entre otras, las de Frías, Ortiz, Sánchez Iznaga, Fernández de Lara, así como el antiguo Hospital. Se ocupa luego de las fachadas trinitarias, que “aun en las construcciones poco importantes, son agradables en su sencillez”. Asimismo señala que la fisonomía de las moradas sorprende a todo aquel que visita la ciudad por primera vez. Acerca del patio trinitario, expresa que, por lo general, tiene mucho de claustro pequeño. Y escribe: “El verdor y la frescura de este recinto —que por acá no ha perdido completamente su aspecto mudéjar— le hace grato a la vista y necesario al descanso de las ocupaciones domésticas. En Trinidad, felizmente, los patios no han sufrido depravaciones”.

Enclavada en una de las regiones más bellas de Cuba

Varias páginas del libro están dedicadas a las iglesias de Trinidad. Su autor hace notar que allí está una de las más amplias de Cuba: la de la Santísima Trinidad, de estilo dórico y con cinco naves. En su interior posee un magnífico altar de mármol, consagrado al culto de la Virgen de la Misericordia —único en su género en la Isla—, además de varios lienzos anónimos de valor y del famoso Cristo de la Vera-Cruz. Sobre esta pieza, que en realidad estaba destinada para México, apunta que “es, sin duda ni exageración, el Cristo de más bella talla y perfectas proporciones que se conoce en Cuba, y con toda probabilidad, uno de los más dignos de mención de toda la América”.

Trinidad está situada en las faldas de la loma de La Vigía, que la separa del Valle de San Luis o Valle de los Ingenios. Al respecto, Varona afirma que a su interés histórico y al atractivo de su valioso conjunto arquitectónico, la ciudad une otro privilegio: el de estar enclavada en una de las regiones más bellas de Cuba. “El Adelantado no podía encontrar sitio más hermoso para asiento de la población que, siglos más tarde, habría de ser la reserva del pasado, un museo viviente de los años pretéritos”.

Hasta 1910, fecha en que se inauguró el servicio de trenes, Trinidad vivió aislada. De acuerdo a Varona, eso la salvó del envilecimiento “al que no han escapado, desgraciadamente, muchas de nuestras ciudades —llevadas a una extrema banalidad, por el incesante afán de convertir lugares y rincones de delicioso sabor hispanoamericano en torpes remedos de lo extraño”. El viaje en ferrocarril, durante el cual se pueden admirar paisajes magníficos, terminaba entonces en lo que era el antiguo cuartel español. Eso lleva a Varona a expresar: “Penetrar en una ciudad por el patio de un cuartel no es cosa corriente. Pero, en Trinidad, todo va a asombraros”.

De la ciudad, resalta su atmósfera serena e íntima. En sus calles, más bien estrechas —“algunas son tortuosas y desviadas”—, empedradas con chinas pelonas, comenta que las horas más agitadas son las de la mañana. “Son esos los momentos en que Trinidad parece una estampa antigua en movimiento. Escenas que no se imagina el habitante de los grandes centros modernos, se repiten allí cada día (…) Es el lechero, que distribuye, en su medida de hoja de lata, toda su mercancía de casa en casa, sin abandonar su cabalgadura. O el carbonero, siempre demasiado limpio a pesar de su oficio, que descarga una, dos, tres sacas, aquí y allá”.

Trinidad, concluye Varona, ha conservado su aspecto y su espíritu. “En su quietud hogareña —que la hace parecer deshabitada a ciertas horas— las mejores piedras, patinadas por el sol, los vientos y las lluvias del Caribe, son más evocadoras que en otras partes. Quizás, porque, además de recuerdos, son símbolos aquí: símbolos del carácter de una ciudad de gloriosa historia, que no puede desaparecer”. Y a punto de finalizar su libro, Varona escribe: “El bullicio inútil, la prisa absurda, el ajetreo infundado —propios de esta época, tan despiadada para el hombre— no han penetrado aún en Trinidad que, por eso, guarda intacto todo su inefable encanto”.

Las dos ediciones que tuvo el libro de Varona fueron financiadas por el Ministerio de Educación y los ejemplares se distribuyeron gratuitamente. En su momento tuvo una favorable recepción y recibió elogiosos comentarios en la prensa. Jorge Mañach le dedicó un artículo en el Diario de la Marina (4 de diciembre 1946). En el mismo señala que “es un gozo visual y, si se quiere, patriótico solo hojear —aun antes de llegar a leerlo— el libro Trinidad de Cuba, que publicó hace poco el doctor Esteban A. de Varona”. Y continúa: “Visual es por lo pronto el deleite, porque las fotografías de Trinidad que principalmente componen el libro (…) son bellas fotografías, en que la villa incomparable resulta captada en imágenes a la vez típicas e insólitas, sublimándole en ángulos de sorpresa sus lugares comunes. Y patriótico, porque es como si a través de esa documentación gráfica tocáramos la sustancia de lo criollo, de aquel estilo de cosa y costumbre en que concluyó la tradición española con la existencia tropical”.

También se hizo eco del libro Mirta Aguirre, quien lo reseñó desde las páginas del periódico Noticias de Hoy (5 de noviembre 1946). Comienza su trabajo con una confesión: “Yo, Esteban A. de Varona, yo que amo tanto a Taxco de México, no conozco a Trinidad de Cuba. Es decir, no la conocía. Ahora sí; ahora, gracias a su libro, he visto y he creído. Y sé que el Taxco mío, el Taxco querido de las callejitas y el silencio y la vida dormida en sueños de siglos, está también aquí, al alcance de unas horas, guardando hasta, como el otro, las huellas de aquel Alejandro de Humboldt que supo ser viajero de todos los hermosos caminos”.

Aguirre alaba el bello trabajo de edición —“lindo papel, buenos grabados, tipo de letra hermoso”—, lo cual que hace que “el libro complace, así, en todos los órdenes”. Y comenta: “Libro patriótico, Trinidad de Cuba. Y no se asuste de la calificación, olorosa, en lo artístico, a mano de obra barata. Libro patriótico por ver de puro arte y de acendrada ternura nacional. Ojalá pudiéramos irnos todos los cubanos a buscarle a la Isla, la materia y el espíritu, como se fue usted, con su amor y su cámara, a redescubrir Trinidad para alegría y rubor míos y para honra y provecho del rincón que hace más de cuatrocientos años viera llegar la estampa brava de Hernán Cortés”.