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Actualizado: 21/11/2014 14:39
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Cine, Arte 7

Mondo Tarantino

El género western no parece funcionar bien en esa cinematografía singular que ha realizado el director estadounidense

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Ver una película de Quentin Tarantino supone ingresar en el universo particular de este realizador, nutrido por las incontables horas que pasó trabajando como dependiente en la tienda Video Archives en Manhattan Beach, en donde entre alquileres de video se pasaba horas viendo y discutiendo cine con Roger Avary, quien fuera después su colaborador en los guiones de sus dos primeros filmes. Tarantino ha sido capaz de construir un entorno peculiar, lleno de referencias intertextuales y de un ritmo muy suyo que hace que sus películas sean distinguibles desde el primer encuadre. Ha creado un cosmos que se rige por sus propias reglas y que poco tiene que ver con la realidad, o incluso la fantasía, tal y como tradicionalmente se entienden.

Desde que en 1992 se diera a conocer con Reservoir Dogs, Tarantino redefinió los parámetros del cine negro y al conseguir en 1994 la Palma de Oro del festival de Cannes con Pulp Fiction (que ganó Oscar por el mejor guión el año siguiente), se convirtió casi instantáneamente en una leyenda viviente y uno de los directores más imitados en los últimos veinte años. Se le considera el maestro del neo-noir, un clásico de la posmodernidad, lo cual confirmó con Jackie Brown en 1997.

En sus filmes homenajea a quienes considera sus mayores influencias, a Martin Scorsese, Brian de Palma, Sergio Leone y sobre todo Jean-Luc Godard, no solamente con citas o referentes, sino en la manera que crea tensión con la narrativa (Scorsese), en los intensos primeros planos de acción violenta (De Palma), en su pasión por los spaghetti western y la música de finales de los sesenta y principios de los setenta (Leone); y en las conversaciones de tonos ridículamente metafísicos, que detienen la trama para que el director opine sobre lo que le venga en gana (Godard). Pero quizá deba su clasicismo al hecho de que considera a Howard Hawks como el mejor director de todos los tiempos.

Con Kill Bill (que es en realidad una película filmada como una unidad artística, pero que por su extensión los distribuidores le obligaron a cortar en dos partes, forzando una reedición que entorpece su desarrollo), cumplió su sueño de hacer un cine al estilo de las ultraviolentas películas de samurái y de Kung Fu de Sonny Chiba (quien aparece en Kill Bill). En Inglourious Basterds (2009) incursionó en el cine de guerra, quizá como homenaje a Hawks, aunque la influencia de Hawks aparece en todos sus temas, sin abandonar en ningún momento ese planeta Tarantino, ese mundo tan suyo.

Django Unchained, su séptimo largometraje, es su entrada en el cine del oeste, principalmente el spaghetti western, que cultivó Sergio Leone. Debe señalarse que Tarantino demoró bastante en visitar este género, ya que en 1993 escribió un largo trabajo para la revista inglesa Sight and Sound sobre su oeste favorito, Ride in the Whirlwind (1965), del realizador Monte Hellman. Sin embargo, Django Unchained está basado en un spaghetti western no de Sergio Leone, sino de otro Sergio, Corbucci, titulado simplemente Django (1966), que en su tiempo generó varias secuelas, incluyendo una en la cual el papel estelar lo interpreta el cubano Tomás Milián. La película de Tarantino comienza con la misma canción que su antecesora, interpretada en inglés por su compositor original, el argentino Luis Enríquez Bacalov (quien ganara un Oscar por la música de Il Postino). Pero aparte del título, la canción y la breve presencia de Franco Nero, el intérprete de Django en la precursora, como un pequeño chiste, el argumento de esta cinta no tiene absolutamente nada que ver con aquella. Aquí no solo la trama es completamente diferente, sino que se desarrolla bajo las reglas de ese Mondo Tarantino.

El tema de la esclavitud domina el argumento de este western. Su personaje central, Django, es un esclavo “accidentalmente” liberado por un ex dentista alemán, Dr. King Schultz, quien lo busca porque le han dicho que puede identificar a unos hermanos que el buen doctor persigue, pero sin que se entre en muchas razones, decide convertirlo en su asistente en el nuevo oficio que desde hace años practica, el de bounty-hunter. Al enterarse que Django quiere encontrar a su esposa, que fue vendida a un amo que él desconoce, Dr. Schultz se ofrece a ayudarlo a encontrarla. Tarantino introduce entonces demasiado explícitamente, por boca del Dr. Schultz, el argumento en el cual la trama se basa libremente, la leyenda islandesa de Sigurd y Brunhilde, que después fuera llevada a la ópera por Richard Wagner en 1876. El héroe en busca de su amada, que se encuentra rodeada por un círculo de fuego, solo que en este caso es un círculo de cowboys matarifes. Aunque Spike Lee, sin ver la película, se ha quejado de que Tarantino aborde el tema de la esclavitud frívolamente, en mi opinión, Django Unchained denuncia este momento de la historia americana con más efectividad que Lincoln. Por supuesto, buscar fallos históricos en este filme (que los hay), resulta una propuesta inútil. El uso del anacronismo es parte de las reglas del juego del realizador.

Sin embargo, el género western no parece funcionar bien en el Mondo Tarantino. La película bien puede dividirse en dos partes. La primera hora se presenta lenta y con poca acción, subrayada por los diálogos y monólogos tarantinescos, que aquí se convierten en tics molestos. Generalmente Tarantino utiliza esos diálogos llenos de ironía para desarrollar un in crescendo de tensión con respecto a lo que va a suceder, pero en este caso no conducen a nada y solo parecen ser referentes de sí mismos. Se vuelven repetitivos y tediosos, a veces demasiado explicativos. En la segunda hora, el argumento cobra intensidad en su dramatismo y aquí sí los diálogos funcionan para crear tensión, pero las soluciones argumentales son simplonas y faltas de imaginación. La violencia aumenta y prácticamente la pantalla se tiñe de rojo. Muchas de las secuencias de tiroteo están realizadas al estilo de Sam Peckinpah, pero con la coloración típica de los spaghetti western de los sesenta y setenta. El final se estira por gusto, sin que se añada un dramatismo valedero.

Christoph Waltz está muy bien en su papel del Dr. Schultz, aunque a veces parece repetir los manerismos que utilizó para interpretar al coronel Hans Landa en Inglourious Basterds. Jamie Foxx navega monocromáticamente en su interpretación de Django, sin mucho alcance humorístico o dramático. Samuel L. Jackson está muy bien en su papel del esclavo favorito de Mr. Candie, el amo que posee a la esposa de Django, que interpreta con facilidad pero sin destaque Leonardo DiCaprio. El resto del elenco gira en función de estos cuatro personajes, sin mucha oportunidad para desarrollarse.

La fotografía del extraordinario veterano Robert Richardson es excelente y utiliza encuadres y coloraciones típicas del western de los sesenta y setenta. Tarantino juega bien con la música, que utiliza composiciones de Bacalov y de Ennio Morricone, combinándolas con Jim Croce, el tempranamente fallecido icono de las baladas de las décadas anteriormente mencionadas, y añadir raps interpretados por RZA. Funcionan para establecer a propósito una cursilería kitsch que resalte el estilo de aquellos años. El guión de Tarantino es lo más flojo de todo, ya que hace mal uso de las claves a que nos tiene acostumbrado como director. A la película le sobran al menos treinta minutos. Me atrevo a decir que es la peor película de Tarantino, pero de todos modos, prefiero un Tarantino débil a cualquier película de Catherine Hardwicke.

Django Unchained (EEUU 2012). Guión y Dirección: Quentin Tarantino. Director de Fotografía: Robert Richardson. Con: Jamie Foxx, Christoph Waltz, Leonardo DiCaprio, Samuel L. Jackson y Kerry Washington. De estreno amplio en Estados Unidos.


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