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Literatura

Que hablen los poetas

Dos voluminosas antologías publicadas en Cuba y Estados Unidos confirman la variedad y riqueza de nuestra poesía, y permiten la oportunidad de verla desplegar sus obras y figuras imprescindibles como un solo cuerpo fluyente

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En 1938, Alfonso Reyes publicó en el diario bonaerense La Prensa un artículo titulado “Teoría de la antología”. Allí sostiene, entre otras ideas, la de que “además de que toda antología es ya, de suyo, el resultado de un concepto sobre una historia literaria; de suerte que antologías y manuales se enlazan por relaciones de mutua causación, se ajustan y machihembran como el cóncavo y el convexo, como el molde hueco y la medalla en relieve. Al punto que, a veces, las antologías marcan hitos de las grandes controversias críticas, sea que las provoquen o que aparezcan como consecuencia”. Con ello estaba reconociendo el doble valor, crítico e histórico, de las antologías. Reyes distingue asimismo dos tipos de selecciones: unas en las que domina el gusto personal del coleccionista y otras en las que priva el criterio histórico y objetivo. (Sin pretender cuestionar al gran escritor mexicano, se puede anotar que, si bien en diferentes medidas, en ambas estará siempre la subjetividad del antologador.)

Ese interés de conformar selecciones de textos es casi tan antiguo como la propia literatura, dado que cada persona ha tenido siempre un puñado de textos que son sus preferidos. Sin embargo, desde que se hizo la primera (¿cuál sería?), las antologías no han dejado de tener detractores. En un documentado ensayo, la colombiana Ana María Agudelo Ochoa enumera las principales objeciones que se les han hecho: subjetividad del criterio del autor, así como la poca competencia que este pueda tener; la inevitable tendencia a omitir obras y autores representativos, ya sea por desconocimiento, criterios ideológicos, razones editoriales o motivos personales. Asimismo se les critica que sitúen en un mismo nivel de importancia obras que supuestamente no lo poseen. Por último, Agudelo Ochoa apunta que a las antologías se les objeta que suelen ser usadas para publicar autores que, en otras circunstancias, no serían publicados.

Sin embargo y a juzgar por la regularidad y persistencia con que se editan, las antologías deben ser algo así como un mal necesario. En el caso concreto de nuestra literatura, solo basta echar una ojeada a las dedicadas a la poesía para corroborarlo. Desde Pucha yumurina dedicada al bello secso (sic) y la Segunda parte de las poesías curiosas de Fr. José Rodríguez Ucares (a)el Capucho, con el vejamen de la Universidad y otras varias de diversos autores, ambas de principios del siglo XIX, la lista es muy larga. No voy a extenderme al respecto, pues existe un completo y pormenorizado análisis de este tema, publicado hace varios años por Jorge Luis Arcos. El propósito de estas líneas es otro, y tiene que ver con la reciente publicación de un par de voluminosos títulos.

El primero es The Whole Island. Six Decades of Cuban Poetry (University of California, Berkeley, Los Angeles, 2009, 602 páginas), y en su área constituye la antología más completa publicada hasta la fecha en Estados Unidos. Se trata de una edición bilingüe preparada por el poeta, traductor y editor Mark Weiss. En su selección reúne textos de 55 autores, que cronológicamente abarcan de Nicolás Guillén (1902-1989) a Javier Marimón (1975). Weiss estableció 1944 como fecha a partir de la cual inició su repaso. El argumento se sustenta en que ese año fue fundada la revista Orígenes, que a juicio suyo marcó el mayor cambio que se produjo en la poesía cubana desde la obra de José Martí. Otro criterio adoptado por él fue el de incluir, en el caso de los autores que viven fuera de la Isla, únicamente a aquellos que escriben en español (eso explica la ausencia de los cubano-americanos). Asimismo decidió dar cabida en la antología no solo a sus poetas favoritos, sino además aquellos que son representativos de las distintas tendencias estéticas.

Las versiones al inglés de los textos fueron realizadas por 22 traductores. Y acerca de este aspecto, reproduzco lo que Weiss le expresó a José Manuel Prieto, en una entrevista que apareció en este mismo diario: “Debo decir algo sobre las traducciones de The Whole Island: la mayoría de los poemas no habían sido traducidos con antelación, y los que sí lo habían sido, estaban en traducciones que me parecían defectuosas. Comisioné todas, a excepción de unas cuantas, y muchas de las pocas que habían sido revisadas antes de que revisáramos. Buscaba traducciones que pudieran funcionar como parte de un diálogo de poesía en lengua inglesa y que, al mismo tiempo, permanecieran razonablemente fieles al original. Es una meta muy alta, así que escogí a mis traductores en consecuencia. Pienso que hicieron un trabajo excelente”.

En una de las notas que aparecen al final de “Cuban Tighthrope”, su texto introductorio, Weiss señala: “My account of the different schools of Cuban poetry is necessarily brief and perhaps oversimplified”. En realidad, más que dar un estudio del proceso experimentado por la poesía cubana en esas seis décadas, a través de sus principales corrientes y tendencias, en esas páginas Weiss se dedica a proporcionar lo que anuncia en el subtítulo: “Private and Public Lives of the Poets”. Es decir, a trazar un panorama del contexto cultural, político y social dentro del cual se escribieron esos poemas. Algo que la mayoría del público al cual está dirigido el libro no posee, y que contribuye a que pueda hacer una mejor lectura de los textos.

Concepto totalizador y afán de vastedad

Pero en resumidas cuentas, el valor de una antología se mide, ante todo, por el acierto de la selección y por la calidad literaria de los textos. Y en ambos aspectos, The Whole Island logra un balance satisfactorio. Eugenio Florit, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Gastón Baquero, Eliseo Diego, Fina García Marruz, Fayad Jamís, Heberto Padilla, José Kozer, Delfín Prats, Raúl Hernández Novás, Amando Fernández, Reina María Rodríguez, Ángel Escobar, Ramón Fernández Larrea, Sigfredo Ariel, Alberto Rodríguez Tosca, aparte de ser autores destacados, son muy representativos de los caminos temáticos y estéticos por los que ha transitado la creación poética. Weiss no ha apostado tanto por los aciertos aislados, sino por el conjunto. Por supuesto, como cualquier compilador trabajó con cierto margen de riesgo. Se pueden discrepar así con algunas inclusiones y exclusiones. Entre las últimas, las de Orlando González Esteva, Juana Rosa Pita y Emilio García Montiel me parecen las más notorias, además de que no figura ningún representante del grupo El Puente. Pero lo que queda fuera de toda duda es la coherencia y la riqueza de su selección.

De cada autor se incluye, por lo menos, más de un poema. La cantidad de páginas que cubren los textos tiene que ver, naturalmente, con la importancia de la obra de quien los firma. No obstante, en algunos casos el compilador optó por un solo texto largo. Eso hizo, por ejemplo, con Roberto Branly, Excilia Saldaña, Rolando Sánchez Mejía, Rogelio Saunders y Pedro Llanes. Asimismo al final de las fichas biobibliográficas, incorporó notas sobre las referencias culturales y los cubanismos que no tienen equivalentes en inglés, por lo que requerían ser explicados. Todo eso denota la seriedad y el cuidado con que The Whole Island fue hecha.

La segunda antología de la cual paso a ocuparme es El bosque de los símbolos. Patria y poesía en Cuba (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2010, 734 páginas). En realidad, se trata del primer tomo de un conjunto que se extenderá a tres, acometido por el poeta y ensayista Roberto Manzano (Ciego de Ávila, 1949). En el prólogo, este explica que el objetivo del proyecto es “facilitar a los amantes de la poesía la posibilidad de tener a mano lo más granado de nuestra tradición lírica, y la de contemplar la marcha colectiva de su imaginación de un modo operativo y sintético”. Agrega que tal empeño se asienta en el principio de que para comprender la sustancia dinámica de la literatura, resulta útil “tener la oportunidad de verla desplegarse ante los ojos con sus obras y figuras imprescindibles como un solo cuerpo fluyente”. En cuanto al criterio con que escogió los textos, Manzano señala que uno de los ejes básicos es “la relación entre la poesía y la patria, aunque no es la única, pues también se exhiben piezas que enderezan sus búsquedas y mensajes hacia múltiples zonas de la realidad y del arte”.

Este primer volumen se ciñe al siglo XIX. No obstante, en un bloque inicial titulado Entrada en la poesía, aparece un fragmento del Espejo de paciencia, de Silvestre de Balboa, junto con sendos poemas de Manuel de Zequeira y Manuel Justo de Rubalcaba. Tras ese pórtico que “proveyó generosamente los símbolos que podían vertebrar con síntesis y fuerza la visualidad multitudinaria y profunda de la patria”, se inicia el cuerpo principal de la antología. Lo abre José María Heredia y lo cierra José Martí. En la lista que se extiende entre uno y otro, figuran los nombres que uno espera encontrar: Gertrudis Gómez de Avellaneda, José Jacinto Milanés, Plácido, Joaquín Lorenzo Luaces, Luisa Pérez de Zambrana, Julián del Casal, Bonifacio Byrne… De cada uno de ellos se incluye una muestra de su obra, conformada por varios textos.

Aparte de esos bloques individuales, hay otros que corresponden a expresiones literarias (Poesía criollista y siboneísta) y grupos (Poetas de la guerra). Hay además dos secciones colectivas (Otras voces 1 y 2), que reúnen piezas significativas de autores considerados menores. Sobre esto último, Manzano anota: “Nuestro siglo XIX, según la opinión de quien esto escribe, por disímiles razones —una de ellas que los poetas concebían más poemas que libros, pero sobre todo porque constituyó nuestra infancia y adolescencia expresivas desplegadas en circunstancias muy difíciles—, reclama detenerse en todos los segmentos luminosos de su pujante totalidad artística. En el haz de espigas que reunimos de los poetas considerados menores el lector disfrutará las fases estéticas correspondientes a la centuria, con sus anticipaciones y regresos, mixturas y transparencias”.

Para acompañar la selección, Manzano redactó un prólogo, así como una serie de textos que encabezan los distintos bloques de poemas. Quien los lea, notará de inmediato que en esas páginas no hace lo que es usual en este tipo de obras. No hay el más mínimo interés en trazar un panorama histórico dentro del cual escribieron los autores. De hecho, no se menciona ni una sola fecha, y las notas a pie de página quedan reducidas a una. (Toda la información de esa índole está concentrada en las fichas de autores, que cubren 49 páginas.) Acerca de los comentarios introductorios, Manzano precisa que “deben verse solo como incitaciones para las búsquedas simbólicas, y el lector ha de visitar sin falta los excelentes materiales exegéticos e investigativos que han acumulado la historiografía y la crítica literarias”.

Creo que de todo lo anterior se puede deducir que El bosque de los símbolos está animado por un concepto totalizador y un afán de vastedad. Su compilador lo justifica por ser idóneo para encerrar un universo de tal carácter. Faltan aún por salir de la imprenta los otros dos tomos, de modo que hasta entonces no se puede hacer una valoración del proyecto. Eso no impide reconocer el rigor, el detenimiento y el amor con que ha recopilado en este primer volumen la poesía cubana escrita en “nuestro siglo inaugural”.