Actualizado: 24/06/2017 12:00
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Retratista contra un fondo de magnolias*

Nunca verá el libro Galería canalla de Ernesto Bellido. Memorias de un olvido impertinente, publicado cinco meses más tarde por Taschen en formato table book

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Ernesto Bellido sabe que el doctor Santillana no llegará a tiempo. Está recostado a la pared tapizada de magnolias sobre fondo verde botella, en la misma esquina donde cayó sentado cuando el primer disparo impactó en su abdomen arrastrándolo hacia atrás como si una mano descomunal tirara de él. Las otras dos balas lo atravesaron limpiamente y se incrustaron en sendas flores que ahora lucen pétalos de sangre. Sabe que su destino era morir aquí, el único sitio que ha considerado su hogar desde que tiene memoria.

Aunque se oprime las heridas con ambas manos, la sangre no deja de fluir. Ya ha empapado su camisa, viscosa de fluidos y sudor helado, fluye por sus pantalones hasta las rodillas y se encharca bajo las nalgas.

Nunca ha creído en Dios ni en el cielo o el infierno. Tampoco en la inmortalidad del alma, en los políticos, en la bondad innata de los hombres o en la consagración (religiosa, artística, de la primavera). Y hace tan sólo cinco años que cree en la felicidad o en algo parecido. Un sucedáneo quizás, pero convincente.

Recuerda sus mil oficios de adolescente: vendedor de maní, hielero, peón de albañil, ayudante de cámara en el tugurio de madam La Fayette, aprendiz de tapicero, pescador de beril.

Fue en el puerto donde conoció a Bobby Wilson, quien intentaba atrapar los rostros de la ciudad: estibadores abakuás, putas, catedráticos, músicos y bailadores de la noche, políticos, policías, mendigos, sacerdotes. Tanto interés demostró Ernestico por la fotografía y tan rápido aprendía a comunicarse en inglés, que el gringo lo contrató como ayudante e intérprete. Dos meses estuvo con él zapateando la isla de punta a punta. Ayudaba en la iluminación, convencía a la gente de que permitieran al gringo (está medio loco, pero es inofensivo, mi hermano) robarles su alma en una placa. Una semana antes de marcharse a su país, un mulato bugarrón que trabajaba por temporadas en un prostíbulo masculino de la calle San Isidro le robó a míster Wilson el reloj, el pasaporte, la chequera, todo su dinero y el corazón. Lo único que se salvó fue la cámara. Bobby Wilson se disculpó con Ernestico por no poder pagarle y le prometió enviar un cheque desde Boston. Pero, mientras, le dijo, aquí tienes mi cámara como prenda. Tú serás su guardián hasta que regrese. Y depositó en sus manos una Eastman Kodak de 1915, la primera cámara de su vida.

Desde Boston nunca llegó el cheque, pero sí una carta de recomendación para cinco empresarios norteamericanos: un armador, el dueño de una empresa ferroviaria, los gerentes de dos centrales azucareros y un importador de maquinaria para la construcción. Ernesto Bellido pidió un traje prestado, una corbata, y se presentó como fotógrafo a cada uno de los empresarios.

Mal que bien, retratar locomotoras de vapor y coches cama, calderas de tres o cuatro ingenios, casas de nueva construcción para anunciar su venta y maquinaria que engrosaría los catálogos, le dio de comer durante años y le permitió alquilar un cuartico en la calle Villegas. Aunque ya sus dos trajes no eran prestados, un mes sí y otro también pendía sobre su cabeza la orden de desahucio y, en lugar de sangre, por sus venas debía correr café con leche.

Quizás por eso mi sangre es tan pastosa y oscura —intenta sonreír, pero la mueca le provoca latigazos de dolor en el estómago—. Sospecha que este hedor deben ser los restos de arroz con pollo y la mierda a medio hacer que se sale de sus tripas junto con la sangre. Además de la sed que no logra aplacar la buena de Ángela colocando sobre su lengua algodones húmedos.

A Ernesto le jode morirse así, sin dignidad ni decoro, encharcado en su propia mierda y sabiendo que si algo espera no es al doctor Santillana, sino a la cabrona muerte tras una larga espera. Haría preferido un disparo entre ceja y ceja, muerte al contado. No esta agonía a plazos, más larga y sufrida que un revelado en ese laboratorio infame de la calle Zanja. Pobre hasta el final. Morirse a plazos por falta de liquidez. Y eso que la muerte es gratis.

Ahora sabe que nunca debió entrar. Tampoco debió permanecer todo aquel tiempo retratando maquinarias y casas. De tanto hierro y cemento, su fascinación por la imagen se le fue agarrotando. Metalizada. Petrificada. Poco a poco a poco. Demasiado lento para descubrirlo de inmediato. No es que perdiera oficio. Todo lo contrario. El foco, la abertura, la velocidad, el manejo de la luz, los encuadres, todo encajaba con los deseos del cliente. Él era quien no encajaba en sí mismo.

Intentó en sus ratos libres fotografiar marinas y bodegones, naturalezas muertas, nubes, paisajes, pero aquello tampoco le daba resultado. Hizo durante algunos meses fotografía forense. Retrató apuñalados, baleados, ahorcados pendiendo de una viga o de una mata de aguacates, mujeres carbonizadas, ahogados con cara de placidez o de abandono y peluquines de sargazos, putas degolladas y suicidas que se abrieron las venas en la bañadera. Fue peor. Tuvo que dejarlo cuando comenzó a ver cadáveres cruzando las esquinas y viajó hasta Puentes Grandes en un taxi conducido por un decapitado.

Se dedicó a retratar la ciudad: familias endomingadas junto al río, fumaderos de opio en el barrio chino, el trasiego de vendedores y frutas en la Plaza del Vapor, amantes embelesados frente al mar. Y eso empezó a reconciliarlo con su arte. Pero no encontró lo que buscaba hasta aquella noche, cuando se duchó, se cambió de camisa y tras anudarse con mimo la corbata decidió gastarse en el burdel de doña Cándida un puñado de pesos estrujados. La madama lo recibió con una deferencia casi maternal y la evanescente Adriana, la del pubis dorado y los ojos lánguidos, lo reconcilió con Dios. Aquella mujer tenía que ser obra divina, no el resultado del apareamiento casual entre un hombre y una mujer.

Tras la tercera visita, cuando ya había frecuentado a la tierna Elisa y a la bella Estela, le propuso a Adriana hacerle un retrato para que la imagen de tanta belleza, sobada por cientos de manos, se preservara intacta. Tras consultarlo con doña Cándida, Adriana aceptó.

Por entonces, ya Ernesto Bellido había vendido su vieja Kodak para comprar una flamante Leitz Leica I (A) Elmar, f 3-5/50 mm, de 1926. Dispusieron de toda una mañana para probar encuadres, fondos, poses y contrastes, para catar los efectos de la luz en la piel de Adriana.

El resultado fue lo más hermoso que Ernesto hubiera hecho en vida: la evanescente Adriana con su pubis de oro en pose de maja desnuda, pero más recatada, menos puta que el original de Goya. Esa virtud tienen los retratos: de la puta emerge la adolescente ingenua, y de la señora respetable, la puta subrepticia.

Las muchachas de la casa quedaron encantadas con el retrato y todas quisieron que Ernesto Bellido dejara constancia de su belleza fugaz antes que fuera erosionada por la áspera piel de los hombres. Doña Cándida consintió y Ernesto huyó de un mes pendiente en el cuartico de la calle Villegas, para establecerse en la casa. Un diminuto dormitorio de la segunda planta fue desde ese momento aposento y estudio. Hasta hoy, cuando, a pesar de las advertencias de las muchachas, entró a dónde no debía en el momento inadecuado.

Sabiendo que el doctor Santillana no llegará a tiempo, Ernesto reprime una mueca de dolor y se consuela pensando que estos han sido los mejores años de su vida. Con paciencia y mucho cariño fue componiendo uno por uno los retratos de todas las muchachas: Silvia sobre una mesa jugando con su perro es la inocencia y la alegría. La opulenta Amaya, tan seria en la foto como en la vida, enfundada en una malla color carne. Silvia de nuevo, mostrando los hombros desnudos como una estatua de la Grecia clásica. La bellísima desnudez de Estela sobre el cheslong, subrayada por sus tres polos negros que equilibran la composición en una armonía que hasta entonces no había conseguido: las medias, el antifaz y, en el centro, un triángulo perfecto que ella le ofreció como premio tras concluir la sesión fotográfica. Inés pensativa mientras contempla la copa; enfundadas en medias a rayas, sus piernas, más largas que la imaginación más perversa, centran el retrato. El cuerpo de guitarra de Sara, mientras dibujaba en la pared, de espaldas a la cámara, una mariposa naif. A Sara le encantó el juego de equilibrios entre la inocencia de la mariposa y la procacidad de sus nalgas. Noelia, generosa de carnes y muy seria, como si posara para la eternidad. La tierna Elisa, soñadora entre cojines, evanescente como una siesta. Las piernas de Ana, que se difuminan en la trasparencia del vestido, listas para emerger hacia el estallido de sol que barre el patio. La espléndida Zenaida en su ventana, toda luz.

Recordar todos y cada uno de los retratos, las largas sesiones a la caza de un detalle, un destello, una expresión, un gesto, no mitigan el dolor pero reconcilian a Ernesto con su vida. La delicadeza en los encuadres, el cuidado erotismo y el respeto por las muchachas convierten a cada una de estas fotos en una obra maestra, dirá dentro de muchos años el mayor crítico de arte de la ciudad, pero mientras agoniza, Ernesto Bellido lo ignora. Le basta que todas las muchachas lo adoren y que ahora se escuchen sus llantos tras la puerta. Durante años, las chicas agradecidas le dieron de comer y de gozar. Y, sobre todo, el afecto atragantado en sus almas que no podían tributar a sus clientes. Él las trató a todas con una cortesía añeja, como a altas señoras, y no se las templó como a putas, sino como a arpas o guitarras que el afinador deberá manipular con el amor de un lutier por sus criaturas.

Durante estos años, su fama como retratista de rameras se ha extendido por toda la ciudad. Una fama torva, alimentada por la envidia de los hombres y los sueños procaces de las mujeres. Un hombre atendido por una legión de sabias meretrices es el sueño de ellos. Un hombre capaz de satisfacer a toda una mansión de mujeres incansables es justo lo que transita la imaginación de ellas durante los insípidos apareamientos matrimoniales.

A pesar de la fama de sus retratos, nadie lo conoce. Nadie lo ha visto. Durante las ajetreadas noches de la casa, suele confinarse en su diminuta habitación para leer con tranquilidad hasta que el sueño lo vence. Algunas madrugadas, una vez concluido su trabajo, alguna chica acude a dormir acurrucada contra su cuerpo sólo para hacerle compañía y mitigar el relente del amanecer.

Emboscado en el anonimato, Ernesto Bellido ha escuchado de sí mismo en los bares del puerto que sólo habla en francés o en ruso, que es un tullido impresentable al que las putas han acogido por puro espíritu maternal; un eunuco inofensivo; un enano hidrocefálico con una verga de cuarenta centímetros tapizada de verrugas que enloquece a las hembras, o un jorobado al que las muchachas conservan como talismán contra los malos augurios, y al que soban la giba para que les conceda suerte venérea y una jubilación confortable cuando la belleza se apague.

Y nadie lo conocerá, piensa ahora Ernesto Bellido tras un latigazo de dolor que le arranca un gemido. Nunca tuvo la precaución de retratarse a sí mismo. Aunque eso es lo de menos. Tuvo muchas otras oportunidades: capturó con su máquina toda la belleza y toda la luz que encontró. Y eso es mucho más de lo que consigue la mayoría de los hombres.

Mientras agoniza contra una escenografía de magnolias sobre fondo verde botella, Ernesto ignora que pasado mañana su entierro será el más multitudinario de la ciudad en muchos años. Que el féretro de pura caoba, pagado por suscripción popular del gremio, será acompañado por todas las madamas, las putas y los chulos del occidente de la Isla; que una legión de curiosos se asomará a los balcones para ver pasar el cortejo del giboso, del tullido, del hidrocefálico, de la verga más portentosa de la cristiandad, del retratista que sorprendió la belleza en el estercolero de la decencia y las buenas costumbres. Ignora que durante el entierro se difundirá el rumor de que, alertado por los gritos que salían de una habitación y a pesar de las advertencias de las muchachas, Ernesto echó abajo la puerta y descubrió a la bella Estela atada al cabecero de la cama, azotada por un gordo desnudo que, con cada golpe, dejaba en las espaldas de la muchacha, como una mordida, la hebilla de su cinturón tatuada en sangre. Susurran que en ese momento Ernesto derribó al gordo de un uppercut en la mandíbula. Y que mientras desataba a Estela, el gordo echó mano a un Smith&Wesson modelo 29 y lo estampó de un tiro en el estómago contra la pared de magnolias. Antes de darse a la fuga, el gordo le disparó otras dos veces, también en el abdomen. Para que sufras, cabrón. Y huyó a medio vestir escaleras abajo, mientras las chicas gritaban por los balcones Policía Policía, sabiendo que los agentes nunca acudirían. Y que el gordo es, susurran de boca a oído putas, chulos y madamas, nada más y nada menos que el capitán Estanislao Revilla Santacruz, jefe de la policía nacional hasta el mes pasado y candidato a la alcaldía de la ciudad. No me jodas, responde alguno. Ese mismo, sí señor, asiente una madama de luto riguroso.

Mientras agoniza contra una escenografía de magnolias sobre fondo verde botella, Ernesto ignora que dos días más tarde, la policía que no acudió al llamado de las muchachas entrará en tropel a la casa, seguida por inspectores de hacienda, de salud pública y de la junta de comercio, para comprobar que doña Cándida paga sus impuestos, respeta las normas sanitarias, que sus trabajadoras tienen los papeles en regla y un contrato laboral ajustado a las leyes de la república. Ignora que, sofocada, doña Cándida tendrá que abonar tres meses de ganancia en sobornos para ahuyentar aquella plaga, aunque queda advertida, señora; no le quitamos ojo. Y evite que sus chicas hagan correr rumores, bulos y calumnias contra ciudadanos decentes, próceres que engrasan con su virtud los engranajes que mueven el futuro luminoso de la patria. Así mismo me dijo, con toda esa retórica entre manual de moral y cívica y diario de provincias, confesó doña Cándida a sus pupilas.

Mientras agoniza contra una escenografía de magnolias sobre fondo verde botella, Ernesto ignora que la madama se aterrará ante la idea de que le clausuren el local y que dará órdenes terminantes a las muchachas de que todos y cada uno de los retratos hechos por Ernesto Bellido sean destruidos. Y los negativos y hasta la máquina de fotos. De él sólo conservaremos la memoria, concluyó. Y esa memoria nunca más deberá ser pronunciada en esta casa. ¿Entendido? Y todas entendieron, salvo la bella Estela, que salvará de la pira un puñado de fotos y algunos negativos, y los ocultará entre la guata de su cheslong cosiendo después con muchísimo cuidado el forro para que no se note.

Mientras agoniza contra una escenografía de magnolias sobre fondo verde botella, Ernesto ignora que sesenta años más tarde, el mayor crítico de arte de la ciudad recibirá una nota misteriosa de una tal Estela Martínez, y que acudirá a visitarla esa tarde a su vieja casona de El Vedado, que en su día fue el lupanar más elegante de la ciudad, donde solían encontrarse más industriales que en la Cámara de Comercio y más políticos que en el Congreso. Una viejita ágil a pesar de sus ochenta y tantos, con el rostro historiado de arrugas bajo las cuales aún resplandecen los restos arqueológicos de su belleza, lo invitará a un café y le entregará un sobre de fotos y algunos negativos. Es lo único que queda de la obra de Ernesto Bellido, le dirá la anciana con una voz que se ha negado a envejecer al compás de su dueña. ¿Sabe de quién se trata? Pero el crítico de arte negará en silencio. Jamás ha oído hablar del tal Bellido. Pues mire, joven, quisiera que el mundo conociera estos retratos, aunque al pobre Ernesto ya no lo alcance la gloria. ¿Está dispuesto a ayudarme? Veré lo que se puede hacer, señora. Y esa misma noche el crítico examinará asombrado el contenido del sobre.

Dos meses más tarde, se inaugurará la exposición en una coqueta galería de la calle Galiano. Acudirá la flor y nata, sobre todo la nata, de la intelectualidad oficial y de la alternativa, funcionarios menores, un viceministro como muestra, ojeadores de varios galeristas extranjeros y la fauna de la noche atraída por una muestra que se vende bajo el título “Galería canalla de Ernesto Bellido”. Doña Estela, muy erguida y elegante con su vestido de seda rosa viejo, agradecerá al crítico su diligencia, aunque le aclarará que en toda la exposición no hay un solo canalla, a menos que se encuentre en el público. Ruborizado, el crítico le confesará que no deseaba ofender, pero que ese título es un gancho infalible. Y que ya tiene la propuesta de una editorial alemana para publicar el libro, y de una galería en Nueva York donde se montará la muestra en breve. Sólo que para ello debo pedirle su autorización por escrito, aunque no siendo la albacea oficial del artista, tampoco estoy obligado, advierte. Es una deferencia hacia usted, doña Estela, por habernos salvado esta maravilla.

Mientras agoniza contra una escenografía de magnolias sobre fondo verde botella, Ernesto ignora que doña Estela accederá tras una larga conversación con el crítico. Dos meses antes le habían diagnosticado un cáncer terminal y nunca verá el libro Galería canalla de Ernesto Bellido. Memorias de un olvido impertinente, publicado cinco meses más tarde por Taschen en formato table book, cartoné y sobrecubierta de cuché alto gramaje, con prólogo del crítico y pies de fotos en cuatro idiomas. Tampoco alcanzará a leer la entrevista donde el crítico hará público lo que le contó doña Estela aquella tarde: que tras romper la puerta de su habitación, Ernesto Bellido se encontró al gordo amarrado al cabecero de la cama, empalado por un consolador de caucho, y que era ella la que lo azotaba sin piedad mientras el gordo pedía más, mucho más, con su voz de falsete. Azotado en su honor por las carcajadas de Ernesto, el candidato a la alcaldía pidió que lo desataran, se vistió de prisa y, antes de salir, estudió al fotógrafo, que no podía contener la risa, y lo estampó de tres disparos contra la pared. Con la Smith&Wesson aún en la mano, advirtió a doña Cándida que, si aquello se divulgaba, si un rumor, un suspiro, una palabra sobre él abandonaba aquella habitación, la barrería con todas sus muchachas de la faz de la Tierra. ¿Comprende usted, señora? Y madame lo comprendió perfectamente, pero no pudo acallar a las pupilas que ya clamaban a gritos por la policía desde los balcones.

Tampoco sabrá doña Estela del éxito de la exposición, que se venderá íntegra a cuatro museos y nueve coleccionistas privados, ni que Silvia con su perro o mostrando los hombros desnudos como una estatua de la Grecia clásica; la opulenta Amaya; Estela en su cheslong con sus tres polos negros; la pensativa Inés enfundada en sus medias a rayas; Sara y su mariposa; Noelia posando para la eternidad; la evanescente Elisa, y Zenaida, toda luz, se han convertido en un apartamento de South Beach. Desde el dormitorio en su piso veintiocho, el crítico puede observar los cruceros surtos en puerto y el skyline de la ciudad, mientras en el balcón, abierto al mar, le bastaría empinarse un poquito para otear el sitio donde Ernesto Bellido continúa agonizando contra una escenografía de magnolias sobre fondo verde botella cada vez que un banquero de Lugano ojea a la tierna Elisa, soñadora entre cojines, evanescente como una siesta; cada vez que en una multinacional de Shanghái las piernas de Ana, que se difuminan hacia la trasparencia del vestido, se disponen a internarse en el estallido de luz; cada vez que Sara dibuja de nuevo su mariposa en un bufete de abogados de Atlanta; cada vez que la bella Estela muestra sobre el cheslong al presidente de una compañía finlandesa de teléfonos móviles sus tres polos negros: medias, antifaz y un triángulo perfecto, en la foto donde se distingue en el extremo inferior derecho (un efecto de la luz, una macha del negativo, una sombra indeseada negada a desvanecerse) la silueta de un hombre asediado por el dolor y la impuntualidad de la muerte, contra una escenografía de magnolias sobre fondo verde botella.


* Del libro Test de Rorschach (inédito), 2012.


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