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Crónicas: Banderas sucesivas. Crónicas disidentes

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Un día de finales del siglo XIX (los thamacuneses desdeñan las conmemoraciones patrias como los gatos la repostería) se izó por primera vez en Thamacun la bandera de la independencia. Una independencia, todo sea dicho, no buscada por los habitantes del islote: sencillamente, los ingleses se batirían en retirada ante la inminente derrota española en la mayor de las Antillas –ante la inminente intervención norteamericana- y la sospecha de que la futura Cuba Inglesa les reportaba más pérdidas que ganancias.

La bandera, que según algunos historiadores fuera diseñada por el gobernador saliente (Sir Alan Lord), constituye una suerte de término medio, o punto de encuentro, entre la enseña nacional de Cuba y la del Reino Unido. Se mantuvo activa durante los primeros veinte años de Thamacun como nación independiente, hasta que en 1917, a resultas de la evolución cultural verificada en el islote, los thamacuneses acordaron abolirla.

La implementación del sistema de “banderas sucesivas”, que en lo adelante simbolizaría la tolerancia y la creatividad propias del carácter thamacunés -así como su indiferencia ante las abstracciones patrióticas-, data de esa época.

Ya en los años treinta, el también llamado “método sucesivo” había echado raíces en el islote. En 1931, por ejemplo, Brian Daniel diseña la “enseña del multioficio”, que ondearía en Thamacun durante un lustro. Pero, qué duda cabe, no parece probable que en la historia de Cuba Inglesa se repita el fenómeno de la bandera de la independencia, esto es, de la permanencia de una enseña nacional durante tanto tiempo. Ni siquiera del fenómeno de una enseña nacional. Ya se sabe: el sistema responde a consideraciones puramente creativas.

Crónicas disidentes: El Inseparable

un texto de Gulliver

Hay un expediente -el HD/775980- que reposa en una de las cámaras secretas del MINFAR en La Habana. Está clasificado como Alto Secreto y los pocos altos jefes militares que saben de su existencia lo llaman “El del incidentico”. Hay sin embargo un ex comandante de la Marina Real Británica retirado en Gibraltar, y de nombre Perceval Thorpe, que lo llama “El de la Resurrección”.

Gibraltar representa para Cuba Inglesa el ejemplo de lo que pudieron ser. Relataré algún día las oscuras conexiones entre los renegados, el gobierno del Peñón y la "mano negra" que aparece cada vez que España y el Reino Unido se reúnen para hablar sobre el delicado tema de la única colonia que existe en Europa.

Pero a lo que iba. Corrían los últimos días del mes de junio de 1982 y el submarino Gibraltar -otra vez Gibraltar- regresaba de la guerra de Las Malvinas rumbo a su base, no muy lejos de Liverpool. El viaje transcurría sin incidentes reseñables y el júbilo por la reciente victoria ante los argentinos invadía a todos. Perceval, mientras tanto, mantenía la calma y recordaba la promesa hecha a su padre antes de morir: “Thamacun volverá a ser nuestro”. Y fue entonces que, ante la sorpresa de todos, ordenó cambiar el rumbo de la marcha, atravesar el estrecho de Yucatán y girar hacia el este, hacia un pequeño islote -oficialmente un cayo- conocido en todos los mapas cubanos como El Inseparable, y que su padre llamaba Thamacun.

La madrugada del 7 de julio de 1982 transcurría sin novedad para Emiliano Peón, un guajirito de Perea que cumplía su Servicio Militar como soldado guardafronteras destinado en El Inseparable. Exactamente a la 3:07 de la madrugada Emiliano bebía wachipupa de un jarro mugriento de aluminio cuando vio emerger a lo lejos una inmensa mole oscura. Primero pensó que era algún "bicho" -él era del campo-, pero cuando observó unas pequeñas luces azules y una barcaza que se acercaba no dudó que se trataba de una invasión. El soldado Peón estaba solo, su AK reglamentario lo había mojado mientras orinaba cerca del manglar y su voz aflautada no asustaba a nadie. Pese a ello, Emiliano dio el “alto quién vive” a los tres intrusos que ya desembarcaban en la playa.

Perceval fue el único que saltó a tierra. Ordenó a sus acompañantes que lo aguardaran y con paso cansado, pero firme, se dirigió al encuentro del soldadito Emiliano. Nadie supo jamás de lo que hablaron, pero el comandante sacó de debajo de su chaqueta una enorme bandera y cuatro tabletas de chocolate Cadbury. Estuvieron juntos más de dos horas y se les vio reír y compartir la wachipupa y el chocolate.

Los acompañantes de Perceval que esperaban en la barcaza vieron de pronto cómo su comandante y el soldadito se ponían de pie y se fundían en un abrazo. Vieron cómo su jefe respiraba profundamente y recogía un puñado de arena que guardó en uno de sus bolsillos. Regresaron a la nave y esperaron el amanecer. Todos en el submarino estaban pendientes del comandante y el comandante, a través de la mirilla, de Emiliano y del islote.

Amaneció y en la única palmera de El Inseparable ondeaba una extraña bandera, la felicidad desbordaba a Perceval y contagiaba al resto de la tripulación, que no entendía nada. Exactamente a las 7:33 de la mañana vio Perceval, desde su posición, a tres hombres uniformados que se acercaban a Emiliano de malas maneras, mientras una ráfaga de ametralladora hacía caer la extraña bandera. Paradójicamente, en la cara del soldadito se dibujaba una sonrisa.

Nunca más supieron el uno del otro, nunca se comentó "El incidentico", pero a Perceval le quedó la satisfacción de la promesa cumplida: El Inseparable volvió a ser Thamacun por 4h: 26m : 43s. Hoy el ex comandante vive un retiro dorado en la Costa del Sol española, y cada 7 de julio se viste de gala y celebra su más grande victoria. Emiliano regresó a Perea y nunca más ha podido salir del pueblo. Recibe periódicamente, desde España, un lote de chocolate, y desde La Habana una carta que lee, rompe y quema.



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El Reducto que los ingleses se negaron a canjear por la Florida

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Autor: Armando Añel

Armando Añel

Escritor, periodista y editor. Reside en Miami, Florida.
letrademolde@gmail.com

 

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