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Esperando a los manifestantes

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Un amigo me escribe a propósito de lo que llama, muy atinadamente, “el imperialismo ruso”:

“Deberías hacer algo sobre el resurgimiento de las políticas expansionistas que siempre persiguió Rusia desde que empezó como el principado de Moscova y no tenía más que unas millas cuadradas a la redonda. Ese imperialismo ruso podría llegar de nuevo con fuerza a Cuba y retrasar la transición. Además de que ahora le complica el ajedrez geopolítico a los Estados Unidos. Un tema muy importante”.

De acuerdo en que el tema, que ya han tratado en profundidad y certeramente varios de mis colegas vecinos, amerita toda la atención del mundo. Un fenómeno colateral, relacionado con el asunto, es la ausencia, a más de una semana de iniciado el conflicto en torno a Osetia del Sur, de manifestaciones contra la guerra en España, Europa y el resto del mundo. ¿Dónde están los manifestantes que cuando Estados Unidos participa en algún conflicto bélico inmediatamente se lanzan a las calles como poseídos por el mal de San Vito? ¿Acaso, a diferencia de las norteamericanas, las escopetas rusas y georgianas son de palo?

Mientras esperamos por los manifestantes, les propongo un texto del analista y político Juan Pina, escrito en marzo pasado. A pesar de los meses transcurridos, me parece de una actualidad indiscutible. Cierro luego con un texto mío, cortesía de Libertad Digital.

Medvédev y el regreso de la Guerra Fría

un artículo de Juan Pina

Hay países que sienten la democracia como parte de su esencia cultural y se enorgullecen de sus instituciones y de la pluralidad de puntos de vista de sus dirigentes. Quizá Gran Bretaña sea el ejemplo máximo de una cultura democrática profunda e inasequible a los golpes de la

Historia. En general, Norteamérica y Europa Occidental presentan cotas altas de solidez de los valores democráticos, aunque en España falte aún tiempo de cocción. Por supuesto, hay también democracias afianzadas en otras zonas del mundo: el background cultural de una sociedad puede favorecer o entorpecer la cristalización de la democracia, pero cuando existe auténtica voluntad política siempre termina por asentarse. Es esa voluntad política la que se echa en falta en el país más extenso del planeta.

Rusia es por su historia y por su cultura una sociedad europea que debería formar parte junto a nosotros de la familia geopolítica y económica occidental. La acción de Yeltsin como primer presidente de la Rusia postsoviética nos llevó a la creencia feliz de que, en efecto, Moscú iba por ese camino. Se iba a conjurar la amenaza nuclear rusa, controlada por una nueva clase política aliada de Occidente. Se iba a afianzar la seguridad mutua mediante la pertenencia de Rusia a las instituciones euroatlánticas, y tarde o temprano Rusia sería un miembro más de la nueva Europa sin fronteras para las personas, el capital, los bienes ni los servicios.

Vladimir Putin emergió como el sucesor joven, eficaz y pragmático de Yeltsin, pero pronto acabó con el sueño que acabo de describir, revelando su auténtica faz. Putin resultó ser un adalid de la perdida ortodoxia soviética, enmascarada ahora en una pseudodemocracia, y rediseñó el presente ruso como la paciente antesala de un futuro imperial en el que Rusia volvería a plantar cara a Occidente. Esto implicaba importar el modelo económico capitalista, porque es el único que funciona, pero bajo una estricta supervisión por parte de la camarilla de magnates emergidos de la KGB. El propio Putin fue un eficaz agente del cuerpo de espionaje y represión política comunista, caracterizándose por su capacidad para el seguimiento y la delación de disidentes. Pese a su juventud, Putin no representaba un paso adelante frente a Yeltsin, como se nos hizo creer, sino un regreso al régimen anterior, aunque muy maquillado.

Putin se quitó poco a poco la careta de demócrata, de líder partícipe del interés occidental por globalizar la libertad. Cada año de su mandato ha sido peor que el anterior. Ha respaldado a dictadores como Milosevic y Lukashenko, ha apoyado el exterminio kosovar y ha ejecutado el checheno, se ha aliado con grandes democracias como Irán y China en contra de los intereses de Europa y Norteamérica, desestabiliza a países prooccidentales como Georgia e intentó matar al presidente de Ucrania durante su campaña electoral, chantajea al Viejo Continente con el grifo del gas natural, atemoriza a Occidente con el botón nuclear y amenaza con apuntar otra vez los misiles contra nosotros simplemente por establecer un paraguas defensivo que en nada perjudica a Rusia (sólo a su capacidad de amedrentarnos). Putin se ha ido alejando poco a poco de nosotros, de nuestro modelo de convivencia y de nuestro respeto por las libertades y los derechos humanos y civiles. Ha asesinado periodistas y disidentes (a veces usando nada menos que polonio radiactivo), ha expulsado supuestos espías como en los viejos tiempos, y también como en los viejos tiempos ha restaurado el antiguo himno nacional estalinista con apenas unos retoques en la letra.

Es que, en realidad, lo que quieren Putin y su nueva nomenklatura es volver a esos viejos tiempos: convertir a Rusia en líder de un bloque geopolítico y militar antioccidental aliándose para ello con quien haga falta: con los ultraislamistas, con Corea del Norte, con el grupo de dictaduras comunistas que está emergiendo en América Latina… Todo vale. Y como la apariencia de democracia es sólo eso, una apariencia, pues se permite el lujo de celebrar elecciones de cartón que otorgan el 70 % de los votos a un solo partido (el suyo, claro). Esto se parece también mucho a los viejos tiempos de grandes unanimidades y votaciones al 99.99 % en los congresos del partido único.

Alimentando a la extrema derecha y a los restos del Partido Comunista, Putin ha evitado que surja una auténtica oposición (socialdemócratas, liberales, conservadores), como en cualquier país normal. Las pocas voces democráticas de la Rusia de Putin, como Kaspárov o el partido Yabloko, han sido sistemáticamente acalladas. ¿El mandato de ocho años es un engorroso corsé? Pues no pasa nada, se pone a un delfín fiel como presidente y se baja un peldaño para ser ahora primer ministro. Hay que cambiar algo para que no cambie nada y para que el proyecto a largo plazo siga su curso: el regreso de la bipolaridad y la Guerra Fría. Esa es la triste agenda que Putin le ha encargado a su pupilo, el simpático Dimitri Medvédev, joven del siglo XXI por fuera pero apparatchik del soviet supremo de los años sesenta por dentro.

Cortesía http://www.juanpina.com/Blog.htm

Jugando al ajedrez

un artículo de Armando Añel

En el ajedrez de la geopolítica abundan las jugadas simbólicas, como la que recientemente hiciera Rusia en relación a Cuba –y viceversa-, y como la que acaba de hacer Estados Unidos con respecto a la inminente “independencia” de Osetia del Sur. En el ajedrez real, ciertamente, hay poco espacio para la simbología, si se descartan la apertura escogida por los jugadores –que puede simbolizar un talante agresivo, displicente e, incluso, conciliador o derrotista- y alguna que otra repetición de movidas. Pero en el ajedrez de la geopolítica lo simbólico domina la categoría.

Recientemente, la independencia de Kosovo, apoyada por la Unión Europea y Estados Unidos, puso de malhumor a los imperialistas rusos –esos imperialistas venidos a menos-, que reaccionaron primero con una jugada simbólica: recordarle a Washington que Cuba continúa siendo, potencialmente hablando, su estado asociado en el Caribe. El espectáculo de miles de kosovares agitando banderas norteamericanas –un espectáculo que se repitió en recientes intervenciones del presidente georgiano-, debe haber sacado de paso a Putin y su camarilla.

En este contexto se inscriben los rumores sobre un desplazamiento de bombarderos rusos a Cuba y la visita, hace apenas un par de semanas, de una importante delegación rusa a la Isla. Desfilaron por la Habana, entre mojito y mojito, el vicepresidente ruso Igor Sechin y el general de ejército Nikolai Patrushev, secretario del Consejo de Seguridad de la Federación de Rusia. Lo que cocinaron en los interludios e intersticios del encuentro oficial sólo lo saben ellos, pero evidentemente el propósito simbólico de la movida se cumplió con creces.

Ahora, otra jugada rusa -no tan simbólica como la anterior- acaba de tener lugar: la invasión de Osetia del Sur, que con su independencia de Georgia, a la vuelta de la esquina, pasará a convertirse en una especie de colonia rusa en el corazón del Cáucaso. Ya Raúl Castro salió a defender el uso de la fuerza por parte de sus aliados, como lo hiciera Fidel Castro –salvando las distancias- cuando la invasión rusa a Checoslovaquia. El general, probablemente acicateado por su moribundo hermano, ha acusado al gobierno de Georgia de atacar Osetia del Sur en complicidad con Estados Unidos.

Por su parte la Casa Blanca, al reconocer implícitamente que no intervendrá en Osetia del Sur –siendo Georgia un aliado de Estados Unidos aspirante a ingresar en la OTAN-, ha dado un paso atrás simbólico, y comprensible. La zona de influencia rusa en la región se mantiene así incólume, mientras Washington todavía espera, a cambio, una mayor cooperación de Putin en el diferendo que mantiene con Irán y, por inercia, que la jugada simbólica expuesta arriba –con relación a Cuba- sea sólo eso: una jugada simbólica.

Que no llegue la sangre al río, advierte Estados Unidos a Rusia. Algo que, otra vez salvando las distancias, también parecen advertirle Moscú y La Habana a Washington. Este es un ajedrez efervescente.

Cortesía http://www.libertaddigital.com/



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Autor: Armando Añel

Armando Añel

Escritor, periodista y editor. Reside en Miami, Florida.
letrademolde@gmail.com

 

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