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Galería de próceres (III). Crónicas alternativas

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En Londres o Frankfurt, sobre todo en la primera mitad del siglo XX, Meneito no hubiera pasado desapercibida. Pero tampoco hubiera suscitado homenajes, seminarios, festivales y hasta una estatua en la principal plaza de la ciudad, como sucedió en Thamacun. Tampoco en Cuba “La mujer de goma”, como también se le conocía, hubiera generado tamaño despliegue popular.

A mediados de la década del treinta Meneito había alcanzado, anatómicamente, ese estado de la materia dispuesta, esa especie de arquitectura galopante hacia la que el común de los mortales deriva imbuido de una fascinación y un deseo sin límites. De la contemplación de su trasero -alto, desconcertante, inigualable- extraía el Reducto su secreta fuerza, su vitalidad. De sus andares obtenía la futura Cuba Inglesa el combustible del porvenir. Desde su cuerpo respiraba ansioso el islote, fascinado ante la perspectiva de trascender definitivamente la belleza (la ordinariez de la belleza). Porque su bamboleo –el bamboleo que justificaba no sólo los exquisitos desequilibrios de su estructura monumental, sino a todo Thamacun- era música, aroma, representación -y concreción- de lo divino. Era arte. Cultura asentada y trascendente. Un canto a la fecundidad.

Cuántas tardes robadas a la angustia, al tedio o la resignación, gracias a Meneito. Cuánta gente eternizada en un suspiro, inaugurando peñas en su nombre –establecimientos comerciales, clubes, incluso timbiriches-, renaciendo al compás de sus caderas. Cuántos ancianos floreciendo interminablemente, engendrados en la fotosíntesis de su esplendor. “Meneito podía haberse postulado a la presidencia de Thamacun si hubiera querido –escribe el periodista Sobrino Tadei-, y habría alcanzado el poder sin duda alguna. Claro, si en Thamacun hubiera existido un gobierno propiamente dicho, y si el poder le hubiera interesado, aunque fuera mínimamente, a los thamacuneses”.

“El poder idiotiza a los hombres”, afirmaría Nietzsche poco antes de que el concepto cuajara culturalmente en Thamacun. En el islote, en cambio, quien durante décadas idiotizó a los hombres –o “iluminó a los hombres”, para mejor decirlo- fue Meneito. Aun cuando su cuerpo, lastrado por los años y el sobrepeso, ya no fuera el que había sido. El que sería para la posteridad.

Ilustración, Omar Santana

Crónicas alternativas: Un hueso duro de roer

un texto de Heriberto Hernández

En un pequeño pueblo del centro de la isla, de esos que ya lo son porque tienen iglesia, un paseo con glorieta y banda municipal de conciertos (que toca marchas, pasodobles y algún que otro danzón los jueves y los domingos), estación de trenes, cine y por supuesto, cementerio, sucedió lo que me apresto a contarles.

Agotamos los días finales de la década de los ochenta, con las trompeterías de la perestroika aún resonando. Entramos en los noventa y la estruendosa caída del muro de Berlín fue a duras penas apagada por un tenebroso discurso del mesozoico dictador. Advertía al eterno enemigo que la derrota de sus aliados europeos no era razón alguna para pensar que seriamos presa fácil de sus sueños imperiales.

En su habitual lenguaje parabólico, lleno de símiles, expresó que no sería fácil de derrotarnos y mandó a imprimir su advertencia en todos los formatos posibles y cubrir con ella todos los sitios dedicados a la propaganda y divulgación de sus preclaras ideas. Al otro día, Thamacun amaneció lleno de pasquines, vallas y volantes impresos con la frase, ya histórica, del padre de la nueva patria y líder espiritual del hombre nuevo.

En nuestro pueblo, provinciano y cabal cumplidor de los deberes patrios, el día vio la luz junto a los dos enormes pinos que flanqueaban la puerta de madera del cementerio, en la cual habían puesto un enorme cartel: “Seremos un hueso duro de roer”.

Cortesía http://laprimerapalabraque.blogspot.com/

Crónicas alternativas: Deserciones en París

un texto de Abdurraman Calderón

No tengo claro cuál fue el saldo de medallas de Thamacun -si es que ganó alguna- en las Olimpiadas de París en 1924. Me parece haber escuchado que participó con una amplia delegación de entre ochenta y noventa deportistas y que sufrió dos humillantes deserciones en el equipo de boxeo sobre patines.

Cuentan que uno de los desertores recibió la ciudadanía francesa, que le fuera luego revocada por el régimen de Vichy, acción que luego fue justamente anulada por De Gaulle, quien le dio, para resarcirlo, trabajo de ascensorista en la torre Eiffel.

El otro, Miroslav Rigondeaux, fue deportado, pues a pesar de su apellido no pudo probar su ascendencia francesa. Hoy en día, a sus 104 años, aún se entrena con la esperanza de ser incluido en un equipo a Pekín, bajo cualquier bandera, siendo Kosovo y Bangladesh las únicas naciones que han mostrado algún interés hasta el momento.

Crónicas alternativas: El equipo thamacunés en las Olimpiadas de París: Una revelación

un texto de El Inglesito

Observo algunas imprecisiones en el escrito de Calderón, seguramente porque como él mismo dice “le parece haber escuchado”.

Thamacun no participó oficialmente en las Olimpiadas de París: su condición de estado asociado, no registrado en la comunidad de naciones, se lo impedía. Eso sí, participaron nueve atletas thamacuneses, repartidos en las delegaciones de Estados Unidos e Inglaterra. Tal vez Calderón confundió un noventa con un nueve.

Se dice que Harold Abrahams, que ganó medalla olímpica en cien metros planos por Inglaterra, realmente era thamacunés. En todo caso, los desertores a los que se refiere Calderón, Miroslav Trigoura –no Rigondeaux- y Mariano Jazbel tampoco eran tales. Eran delegados razonables comisionados por el Consejo de los Consejos para negociar los términos de la “invisibilidad” del islote. El interés de Thamacun en aquella época, diríamos que más que en ninguna otra, era pasar desapercibido. De ahí que ni siquiera enviara delegados activos, que por otro lado tampoco existían en aquellos años.



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El Reducto que los ingleses se negaron a canjear por la Florida

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Autor: Armando Añel

Armando Añel

Escritor, periodista y editor. Reside en Miami, Florida.
letrademolde@gmail.com

 

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