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Galería de próceres (IV). Crónicas disidentes

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Si hubo un prócer respetado en el Reducto –y los hubo en considerables cantidades-, ese fue Emenegildo Evans durante todo el primer tercio del siglo pasado. Evans, autor de los panfletos Biografía de un espermatozoide y La fiesta de vivir, no fue propiamente un prócer de la sentencia. No obstante, su cruzada a favor de la autoestima personal lo convertiría en el activista pro vida más célebre del islote, al que seguirían miles de sus contemporáneos en Thamacun y otras partes del mundo.

Evans solía comparar el momento de la concepción humana con un vertiginoso contragolpe futbolístico (al contrario de la vecina Cuba, donde nunca sentó carta socialmente, en Thamacun el fútbol había alcanzado categoría de deporte nacional). Pero a diferencia de dicho contragolpe, en el que varios jugadores colaboran para introducir el balón en portería, para el prócer la estampida espermática implicaba un trayecto de vida o muerte, inmisericorde y estremecedor, recorrido por cientos de miles de individuos en potencia, “una colosal carrera contra la muerte de la que usted, amigo lector, ha salido vencedor” (Evans).

“Imagínese por un momento -escribe Evans en Biografía de un espermatozoide-. Imagínese acelerando en las tinieblas de una autopista sin fin, escoltado durante horas por cientos de miles de conductores empeñados en superarlo, desesperados por arribar a la meta-óvulo sin su intermitente compañía. Imagine la hazaña incomparable que constituye su victoria, su impositivo arribo a la meta (¡Usted es un ganador! ¡Usted me está leyendo!).

“Imagine poco después la desaparición sin penas ni glorias, descomunal e incomprensible, de sus competidores. Cien, tal vez doscientas mil vidas que no fueron, doscientos mil anhelos truncados, doscientos mil instintos sometidos. Doscientos mil entes irresueltos, doscientas mil historias cercenadas, doscientos mil destinos irrecuperables. ¡Doscientos mil desaparecidos –un ejército que lo rodeaba, que lo flanqueaba, que lo seguía desesperadamente- y usted sigue leyéndome!

“¡Usted debería homenajearse a sí mismo cada segundo de cada minuto de cada hora de cada día de su vida! ¡Usted es un héroe, un elegido, un verdadero sobreviviente!”.

Cortesía http://www.letrademolde.com/

Crónicas disidentes: Una cuestión de salud

un texto de Heriberto Hernández.

Corrían años difíciles. El tan cacareado Concejo de Salud Pública del islote, una de las banderas políticas más agitadas por el Concejo de los Concejos, comenzaba a mostrar sus grietas. Escaseaban los medicamentos y los insumos en las farmacias y en los hospitales. Los médicos primarios hacían maravillas para aliviar los males de la población, recurriendo a “lo que hubiese” y en algunos casos a la medicina tradicional y a la farmacopea popular.

La famosa actriz y exquisita poeta Theresse Bourgeous, que abandonara las tablas repentinamente, en medio de una función, a causa de un fuerte dolor abdominal, fue atendida de emergencia en el Hospital General Público de Thamacun. El diagnóstico revelaba una indisposición, nada grave, que debería ser atendida y resuelta con una sencilla intervención quirúrgica. Ante el deprimente estado de la institución médica pública, la referida dama aceptó la oferta de un admirador, oficial del cuerpo de infantería de la Guardia Insular, para ser internada, fingiendo ser su hermana, en el Hospital Militar (centro exclusivo, destinado a la élite política y los miembros de los cuerpos armados) en el cual todas las condiciones estaban garantizadas. Era conocido el celo con que el Concejo de los Concejos reservaba estos privilegios para sus incondicionales, y el modo en que inspeccionaba que no se prestasen estos servicios a personas que no fueran las determinadas por las regulaciones, o familiares directos, previamente autorizados.

La intervención fue un éxito y la actriz, en su papel de hermana, se recuperaba de la anestesia en su cama de la sala, cuando anunciaron a toda voz y con enfática terminología castrense:

-¡Inspección general… permanecer en sus camas para inspección general!

Theresse, que no había previsto esta situación, aturdida aún por los fármacos, temblaba, mientras el oficial iba, de cama en cama, haciendo las preguntas de rigor. Todo sucedió muy rápido y ella no sabía qué decir para proteger a su amigo, que tan amablemente se había arriesgado para ayudarla. El oficial estaba ya frente a ella y, al apreciar su turbación, le hizo, no una, sino varias preguntas a la vez:

-¿Cual es su nombre? ¿Es usted militar, o familiar directo de algún militar? ¿Está usted autorizada a ser atendida en este hospital?

Al percatarse del enmudecimiento inexplicable de la paciente, el militar le preguntó en un tono aún más firme:

-¿Quién es usted?

Se sintió un silencio que podía cortarse como un queso y la actriz, con una voz casi inaudible atinó a decir:

-Yo soy “La amante del teniente francés”.

Cortesía http://laprimerapalabraque.blogspot.com/



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El Reducto que los ingleses se negaron a canjear por la Florida

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Autor: Armando Añel

Armando Añel

Escritor, periodista y editor. Reside en Miami, Florida.
letrademolde@gmail.com

 

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