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Visiones imperiales: La crisis y el otro culpable

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Ventilar el origen de la crisis financiera, o crisis de las hipotecas, ha constituido, en las últimas semanas, una suerte de leitmotiv para buena parte de los medios de prensa en todo el mundo. La mayoría de los análisis dan por hecho que la actual situación es consecuencia de la desregularización del mercado, e inmediatamente cargan contra “la mano invisible” promovida por neoliberales y/o neocons (esto se bate y da por resultado un coctel antimercado de los más “nutritivo”).

Pero no todos los medios están de acuerdo, ni todos los analistas. Por suerte, en Estados Unidos las nuevas tecnologías ponen la información –incluso la deficitaria- al alcance de la mano. De manera que podemos discrepar y explorar explicaciones alternativas, conclusiones alternativas, teorías alternativas. Una de ellas, por cierto, señala al Estado como primer responsable de la debacle de las hipotecas. Como asegura Carlos Alberto Montaner, otro de los factores que desataron la actual crisis fue “la irresponsabilidad del gobierno, que no reguló debidamente estas transacciones, mientras, contradictoriamente, endurecía las regulaciones de contabilidad y evaluación de los activos (Mark to market), provocando la quiebra técnica de las empresas financieras”.

A continuación, Cuba Inglesa pone a consideración de los lectores tres miradas sobre el origen de la crisis, todas las cuales sientan a los funcionarios públicos –específicamente a los demócratas- en el banquillo de los acusados. Se trata de fragmentos de artículos ya publicados, que abreviamos por razones editoriales. En cualquier caso, parece que el mercado no tiene toda la culpa.

Lecciones del salvataje

un texto de Walter Williams

Con la Ley de Reinversión Comunitaria de 1977, endurecida durante la administración Clinton, el Congreso comenzó a intimidar a los bancos y demás instituciones financieras para que extendieran préstamos a los denominados deudores de riesgo. La zanahoria ofrecida era que estos préstamos de alto riesgo serían adquiridos por las empresas de titularidad pública Fannie Mae y Freddie Mac. Cualquiera con un poco de cerebro debía haber sabido que esto era una receta para el desastre, pero los congresistas se negaron a ver la realidad.

Hace cinco años, el congresista demócrata Barney Frank garantizaba la "solidez" de Fannie Mae y Freddie Mac, diciendo: "No veo ninguna posibilidad de pérdidas financieras sustanciales para las arcas públicas". En las sesiones del Congreso de 2004, donde la administración Bush solicitó mayor supervisión pare Freddie Mac y Fannie Mae, la congresista demócrata Maxine Waters decía que "ni Freddie Mac ni Fannie Mae están en crisis", añadiendo que "las agencias hipotecarias de finalidad pública han superado con creces sus objetivos inmobiliarios". El congresista demócrata Gregory Meeks señalaba que "no hay ningún problema en Fannie Mae y Freddie Mac". En estas audiencias Barney Frank añadía no ver "nada en las cuentas que plantee problemas de solidez o seguridad".

A principios de este año, el senador demócrata Christopher Dodd elogiaba a Fannie Mae y Freddie Mac por "lanzarse al rescate" para ayudar a la gente a obtener créditos hipotecarios, añadiendo que "tienen que hacer más" para ayudar a prestatarios de alto riesgo a obtener mejores préstamos.

La política de sacar de apuros

un texto de Thomas Sowell

Hace cinco años (el congresista demócrata) Barney Frank dio seguridades de la solidez de Fannie Mae y Freddie Mac, y dijo: "no veo posibilidad alguna de serias pérdidas financieras para la Tesorería". Aún más, dijo que el gobierno federal "probablemente ha hecho más poco que mucho para estimularlos a cumplir la meta de vivienda asequible".

Anteriormente, ese año, el senador Christopher Dodd alabó a Fannie Mae y Freddie Mac por "acudir al rescate" cuando otras instituciones financieras estaban reduciendo los préstamos para hipotecas. Dijo también que "necesitaban hacer más" para ayudar a conseguir mejores préstamos a los prestatarios que los obtenían por debajo del interés preferencial.

En otras palabras, el representante Frank y el senador Dodd querían que, a nombre de evitar la "discriminación", el gobierno empujara a las instituciones financieras a prestar dinero a gente que presentaba un grave riesgo de incumplimiento y que, en condiciones normales, no hubieran recibido esos préstamos.

La idea de que los políticos pueden evaluar riesgos mejor que los que han dedicado todas sus carreras a hacerlo, debió haber sido tan obviamente absurda que nadie debió tomarla en serio. Pero las palabras mágicas "vivienda asequible" y la mala palabra "discriminación" condujeron a los políticos a determinar hacia dónde debían ir los préstamos, con iniciativas tales como el Comuuity Reinvestment Act y otras varias coacciones y amenazas.

¿Quién causó el desastre?

un texto de Jeff Jacoby

Mientras la crisis hipotecaria que sacude Wall Street tiene su porcentaje de culpables en el sector privado (muchos de los cuales han venido descubriendo últimamente lo penosa que puede ser la disciplina del sector privado), ellos no fueron los que "nos metieron en este desastre". Eslóganes absurdos del congresista Barney Frank al margen, los agentes de crédito hipotecario no se despertaron un día por las buenas decidiendo abandonar los estándares tradicionales de crédito para realizar préstamos desaconsejables a deudores que no cumplían con los requisitos. Se aproximaría más a la verdad decir que despertaron para descubrir que el Gobierno les obligaba y que les exigía hacerlo.

La raíz de esta crisis se remonta a la administración Carter. Fue entonces cuando los funcionarios públicos, empujados por los activistas de extrema izquierda, empezaron a acusar a los agentes de préstamo hipotecario de racismo y de negarse a prestar dinero en barrios deprimidos porque a los negros se les estaban negando hipotecas con una frecuencia mayor que a los blancos de las zonas suburbanas.

La presión para prestar a las minorías (esto es, a deudores con historiales de crédito deficientes) se volvió insufrible. En 1977 el Congreso aprobaba la Ley de Reinversión Comunitaria, que dotaba de poder a los agentes reguladores para castigar a los bancos que "no cumplan las necesidades crediticias" de "vecindarios de renta baja, minoritarios o deprimidos." En 1995, bajo el Presidente Clinton, la ley se hizo aún más severa. Los agentes de crédito respondieron relajando sus estándares de garantía y realizando créditos cada vez menos respaldados. Las dos agencias hipotecarias públicas, Fannie Mae y Freddie Mac, estimularon estos préstamos arriesgados autorizando criterios aún más "flexibles" en virtud de los cuales se podían prestar hipotecas a los deudores más insolventes.

Todo esto se justificaba como medio de elevar el acceso a la propiedad de las casas entre las minorías y los pobres. Las políticas de discriminación positiva se impusieron frente a las prácticas empresariales prudentes. Un manual difundido por el Banco de la Reserva Federal de Boston aconsejaba a los prestamistas pasar por alto el sentido común financiero. "La ausencia de historial crediticio no debe ser visto como un factor negativo", instruían las directrices de la Reserva. Los solicitantes carentes de los ahorros suficientes para pagar la entrada y los costes deben poder depender en su lugar de "donaciones, préstamos o ayudas procedentes de parientes, organizaciones sin ánimo de lucro o agencias municipales". A los agentes de crédito se les indujo hasta a aceptar pagos de la seguridad social y prestaciones por desempleo como "fuentes de ingreso válidas" para cumplir los criterios de una hipoteca. No obedecer podía significar una demanda.

Mientras los precios de vivienda seguían subiendo –y con millones de prestatarios no cualificados sumándose a la demanda– el espejismo de que todo esto era una buena política pública se pudo defender. Pero no se necesitaba ser un genio financiero para reconocer que llegaría el día de lamentarse. "¿Qué significa que los bancos de Boston empiecen a realizar más préstamos a minorías?" preguntaba yo en esta columna en 1995. "Lo más probable es que con conocimiento de causa estén aprobando préstamos de riesgo para quitarse de encima a los federales y los activistas. . . Cuando la oleada de ejecuciones hipotecarias se extienda por el todo el país, ¿cuál de los banqueros, los políticos y los reguladores que hoy que se felicitan planea asumir la culpa?".

Barney Frank no. Y eso que su huella está presente por todo este fiasco. Una y otra vez Frank insistía en que Fannie Mae y Freddie Mac eran empresas sólidas. Hace cinco años, por ejemplo, cuando la administración Bush proponía una regulación mucho más estricta de las dos hipotecarias, Frank se mostraba inflexible en que "estas dos entidades, Fannie Mae y Freddie Mac, no se enfrentan a ninguna crisis financiera". Cuando la Casa Blanca advertía de "riesgo sistemático para nuestro sistema financiero" a menos que los gigantes hipotecarios fueran controlados, Frank denunciaba que la administración estaba más preocupada por la seguridad financiera que por la vivienda.

Ahora que la burbuja ha explotado y el "riesgo sistemático" es evidente para todo el mundo, Frank afirma veladamente: "El sector privado nos metió en este desastre". Bien, demos puntos al congresista por jeta. Wall Street y los agentes privados de crédito tienen mucho por lo que responder, pero fue Washington y la clase política los que descarrilaron este tren. Si Frank busca un culpable a quien echarle la culpa, podrá encontrar un sospechoso muy probable en el espejo más cercano.



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El Reducto que los ingleses se negaron a canjear por la Florida

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Autor: Armando Añel

Armando Añel

Escritor, periodista y editor. Reside en Miami, Florida.
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