Actualizado: 19/08/2019 6:21
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Bombas, Batista, Terrorismo

Acuérdate de abril: Entre bombazos

Orlando Bosch: “Antes de triunfar contra Batista, en su día, pusimos 40 bombas. Yo puse bombas. Todo el mundo puso bombas. Y triunfamos”

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El 13 de junio de 1896, el terrorista mambí Armando André detonó dos bombas que causaron más bulla que daño a la cañería maestra de gas de La Habana. A los quince días puso otra más, que no explotó. Ya había metido un bombazo en los baños del Palacio de los Capitanes Generales, el 28 de abril, con ánimo fallido de matar a Valeriano Weyler [1]. Así pudiera haber principiado André la tradición bombardera kubizhe que, de manera muy selectiva, se ejemplifica [2] como sigue:

  • Ya en la República, bombas y petardos explotaron por toda La Habana luego de que Menocal suspendiera las garantías constitucionales a principios de 1920 por causa de huelgas y otros disturbios. El 13 de junio de ese año estalló una en el Teatro Nacional, donde se presentaba la ópera Aida, y hasta Enrico Caruso, vestido de Radamés, salió corriendo por San Rafael.
  • El 23 de febrero de 1931 explotó una bomba en el Palacio Presidencial. Fue colocada por un soldado a instancia de su tío, Emiliano “El Tuerto” Machado, en un tubo que daba al cuarto de baño de otro Machado, “El Asno con Garras”, pero se trabó en un codo y ahí mismo detonó. Otra bomba de 47 libras de T.N.T. no estalló al pasar el auto de este Machado por Quinta Avenida y Calle 4, ya que un jardinero advirtió el cable diez minutos antes y avisó a la policía.
  • Después que el grupo opositor ABC diera luz verde contra el Machadato, las bombas se tiraban a entera discreción —una contra el periódico pro-machadista Heraldo de Cuba mató al portero— o explotaban al abrirse una gaveta o un paquete de correo e incluso al levantarse una caja o el auricular de un teléfono. Hubo detonaciones hasta en lugares públicos, como el Café Trianón en La Habana y el Parque Vidal en Santa Clara.
  • Tras irse a bolina la revolución del 30, las bombas explotaron con más frecuencia todavía que durante la dictadura de Machado. El 15 de junio de 1934, el presidente Carlos Mendieta largaba un discurso de sobremesa en el Distrito Naval Norte, junto a la bahía de La Habana, cuando se detonó una, oculta en una cámara fotográfica con trípode, que mató a un oficial y un marinero parados a su espalda. En Santiago de Cuba llegaron a 10 en un día y en Guanajay, a 10 en una noche. En La Habana se detonaban de 25 a 30 diarias. Bombas y más bombas animaron también la verbena democrática de la Constitución de 1940. Hubo explosiones hasta en el Capitolio.

Al respecto de la guerra civil contra Batista, Fidel Castro guardaría distancia pública: “Hubo algún caso aquí en que la gente del Llano puso alguna bomba, porque había un Movimiento [Revolucionario 26 de Julio]. Algún caso en que pusieron una bombita aislada, pero nosotros no queríamos, estábamos en desacuerdo” [3]. Sin embargo, el lugarteniente del MR-26-7 en Las Villas, Orlando Bosch, testimoniaría: “Antes de triunfar contra Batista, en su día, pusimos 40 bombas. Yo puse bombas. Todo el mundo puso bombas. Y triunfamos” [4].

Propaganda por los hechos

Entre las operaciones de la guerrilla urbana del MR-26-7 sobresalió la llamada noche de las 100 bombas, que buscaba echar a correr por radio bemba la incapacidad del gobierno batistiano para contener la rebeldía. Esa noche —8 de noviembre de 1957— los carros patrulleros contribuyeron a tal propósito circulando sin orden ni concierto, con las sirenas a todo meter, pero sin coger a nadie con las manos en la masa dinamitera. Y así se difundió una suerte de fake news —100 es una bonita cifra—sin que jamás se supiera cuántas bombas estallaron ni mucho menos cuántas víctimas provocaron [5].

Veteranos del MR-26-7 atestiguan que Sergio “El Curita” González movilizó a unas 200 personas para proveer o trasladar explosivos, preparar bombas y petardos o colaborar de alguna otra forma con el plan de que detonaran casi al unísono en diversos puntos de la capital a la hora del cañonazo de las 9. También alegan que, para evitar “un solo herido inocente”, los cartuchos de dinamita se prepararon con papel engomado y mecha sin niples metálicos ni recargas con tuercas o tornillos.

Tras escapar de la prisión del Castillo del Príncipe, “El Curita” había llenado el vacío dejado por la captura de Aldo Vera y Armando Cubría, primer y segundo jefes de los grupos de acción y sabotaje del MR-26-7 en La Habana. Pasada “la noche de las 100 bombas”, Castro mandó a Moisés Sio Wong de la Sierra al Llano para llevarse a “El Curita” del Llano a la Sierra, pero este se había embullado tanto que decidió permanecer en La Habana. El 18 de noviembre caería en el jamo batistiano. Al otro día apareció cosido a balazos junto con otros dos en la Calzada de Vento. El parte oficial rezaba que habían atacado una perseguidora de la policía.

Éxodo

La tradición bombardera kubizhe pasó con naturalidad del castrismo al anticastrismo. A partir de la granada que estalló el 1ro de febrero de 1959 en el santuario de El Cobre, con intención de arrancársela a Castro, se forjó una larga cadena de explosiones hasta más o menos septiembre de 1997. Este último eslabón fue curiosamente descrito por el propio Orlando Bosch:

“Eso lo hizo Luis Posada. Pagó a un salvadoreño. A un centroamericano. Con el hambre que tienen, le das 100 dólares y hacen cualquier cosa (…) Una bomba es una prueba de rebeldía. Es una prueba de valiente. Sirve para veinte cosas. Para hacer propaganda (…) El cubano que te dice que va a hacer eso es un mentiroso. Hay cubanos valientes, pero no sé quiénes son (…) Hoy en día eso está muy mal” [6].

El 12 abril de 1962, el general Lansdale, genio americano de la Operación Mangosta, tuvo la ocurrencia de proponer que se detonaran “explosivos plásticos en lugares cuidadosamente seleccionados” de Miami, otras ciudades de la Florida e incluso en Washington [7] para echarle la culpa a Castro. Nadie se fue con esa bola de trapo. Antes que bombas en USA, Castro tiró más bien agentes entre la gente que emigraba, pero la tradición bombardera kubizhe brincó de todos modos el Estrecho de la Florida.

El 17 de noviembre de 1962, el FBI arrestó por conspiración de sabotaje a Roberto Santiesteban, de la Misión de Cuba ante la ONU, así como a los presuntos exiliados Marino Sueiro y José García. En el taller de este último (Calle 27 de Oeste # 242, Nueva York) se ocuparon granadas, artefactos incendiarios y otros materiales del gremio. Otro diplomático cubano, José Gómez-Abad, fue acusado también junto con su esposa, Elisa Montero, de suministrar explosivos a García, pero como gozaban de inmunidad diplomática salieron expulsados.

Los demás implicados regresarían a Cuba junto con Francisco “El Gancho” Molina del Río, quien cumplía 20 años de cárcel por la muerte de la niña venezolana Magdalena Urdaneta, el 21 de septiembre de 1960, durante una trifulca de “Castro sí-Castro no” en un restaurante de Manhattan. Los cuatro fueron canjeados, como anexo al intercambio por mercancías de los prisioneros de la Brigada 2506, por unos veinte americanos presos en la Isla, entre ellos tres agentes de la CIA sorprendidos por el G-2 cuando metían escuchas electrónicas en la oficina habanera de la agencia china de noticias Xinhua.

En el bando anticastrista, Bosch seguiría la rima del MR-26-7 con sus grupos exiliares Acción Cubana y/o Poder Cubano, que sonaron unos 50 bombazos en 1968, según el Buró contra el Crimen Organizado (OCB) de la Policía de Miami. Al Movimiento Nacionalista Cubano (MNC) [8] se le atribuye haber detonado ese mismo año, el 21 de febrero, una bomba en la embajada soviética en Washington, que causó mucho pánico y pocos daños materiales. De este modo el MNC desplegaba su estrategia de “¡Se salva Cuba o se hunde el mundo!”, que incluía dar guerra por doquier a los aliados de Castro.

La noche de más explosiones en Miami (3-4 de diciembre de 1975) sumó nada más que 13 y costó 40 años de cárcel a Rolando Otero por poner bombas hasta en edificios de la policía local y del FBI. Ese año sonaron en Miami apenas 37 bombazos. Uno de ellos voló al Tigre Masferrer en Halloween.

Coda

Dizque la cubichería allá no anda ya con bombas, sino que subió la parada con no se sabe qué armas sónicas o biológicas o extraterrestres que provocan sorderas y otros malestares.

Notas

[1] André marchó a USA y regresaría en una expedición que tocó tierra cerca de Mariel. En la manigua ascendió hasta comandante. Vid.: Explosiones en la ciudad de La Habana en 1896, Imprenta Avisador Comercial, 1901, 32 pp. Por su ejercicio crítico del periodismo contra el presidente Gerardo Machado, André terminaría siendo su primera víctima de asesinato político.

[2] Para entresacar casos y cosas de esta tradición, véase Duarte Oropesa, José: Historiología cubana, Ediciones Universal, Volúmenes II y III, 1974.

[3] Biografía a dos voces, Debate, 2006, 194.

[4] “Me hubiera gustado matar a Castro”, La Vanguardia [Barcelona], 16 de agosto de 2006.

[5] Incluso se aprecian confusiones historiográficas puntuales. Por ejemplo, el Dr. Rafael Rojas soltó: “La joven Eusebia Díaz Páez, de Guanabacoa, alumna de bachillerato en el Instituto de La Habana, murió destrozada por una bomba que los revolucionarios colocaron en el baño del teatro América” (“La cuenta de los muertos”, El Nuevo Herald, 7 de septiembre de 2008). Las reacciones en la blogósfera cubiche no animaron al Dr. Rojas a reconocer su error, sino a pasar la página como si nada hubiera sucedido con la preguntica: “¿Cuál era el sentimiento o la idea que movilizó a jóvenes, como la guanabacoense Urselia Díaz Báez, a quien le reventó una bomba entre las manos, en los baños del cine América?” (“La sangre numerosa”, El Nuevo Herald, 6 de diciembre de 2008).

[6] “Me hubiera gustado matar a Castro”, loc. cit. Una de las explosiones causó la muerte del turista italiano Fabio Di Celmo y así la agitprop castrista pudo redoblar más fuerte aún con el llamado “tambor mayor del exilio”.

[7] Confróntese la página 13 de este informe de inteligencia estadounidense.

[8] El MNC derivó de la Asociación Nacionalista Cubana (ANC), formada hacia 1963 bajo el liderazgo de Felipe Rivero, ex veterano de Bahía de Cochinos. Una de sus acciones más famosas fue el bazucazo contra la sede de Naciones Unidas al momento en que Che Guevara se preparaba para discurso ante la Asamblea General (1964). El MNC se disolvería tras el atentado mortal contra el diplomático Orlando Letelier en Washington (1976). Aunque sólo uno (José Dionisio Suárez) de sus cuatro militantes juzgados por esta acción terminó en la cárcel, el impacto mediático negativo desarticuló al movimiento.


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