Actualizado: 19/01/2018 11:13
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Batista, EEUU, Revolución

Batista, «el Indio» (I)

Primera parte de una serie

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Batista y su responsabilidad histórica en el presente de Cuba

Destacan sus admiradores, disimulados o abiertos, que Fulgencio Batista y Zaldívar, como él mismo se hizo nombrar, ha sido hasta hoy el único jefe de Estado no blanco en Cuba. Señalan, además, lo cual es sin lugar a dudas cierto, el que fuera un hombre de inteligencia superior a la media, con una voluntad de superarse a sí mismo no muy habitual entre sus contemporáneos. Insisten en la realidad de que ni hoy, ni hace casi 100 años, cuando llegó a La Habana procedente de Oriente, era ni es habitual que alguien nacido en el escalón más bajo de la sociedad cubana —uno de esos negritos descalzos que todavía corren por las mal asfaltadas calles de la patria, con casi nada en la barriga, hijo de madre soltera y padre desconocido— alcance a convertirse en el profesor titular de una materia bastante solicitada, la taquigrafía, en la más importante academia capitalina que por entonces se dedicaba a la enseñanza de esa especialidad.

No obstante, es necesario aclarar que por su color de piel Batista no era exactamente negro, y más bien caía dentro de la amplísima e imaginativa categoría del “blanco oriental”, además del hecho de que había realizado sus estudios primarios en una escuela cuáquera, la de Banes, o sea, que había tenido una enseñanza que cabría catalogar de excelencia, hasta elitista casi, para las condiciones de la época. Fue precisamente gracias a esa buena formación que consiguió un trabajo en el muy bien remunerado departamento de ferrocarriles de la United Fruit Company, antes de alistarse en el Ejército Nacional y sorprender a Alfredo Zayas, por entonces presidente de la república, de aquel soldadito señalado a la protección de su finca rústica que tan aficionado se mostraba a la lectura. Gracias a esa buena impresión causada al presidente de la república, además de a resultas de sus incuestionables inteligencia y voluntad de superación, pero sobre todo debido a su estupenda base educacional, fue que logró permanecer y hasta ascender rápidamente en aquella muy elitista institución que era el Ejército Nacional. Llegó allí nada más y nada menos que a sargento taquígrafo adjunto al Estado Mayor del Ejército Nacional; un cargo que al presente sería equiparable al de suboficial radiotécnico o informático jefe en la misma institución de las FAR.

Batista parece encarnar, para algunos cubanos, a nuestro paradigma de self-made-man. Pero por desgracia no uno que se hizo en la economía o en el comercio, o mejor aún, en las ciencias, las letras, o simplemente el altruista servicio público o privado a sus conciudadanos: más que por sus logros más arriba mencionados y que se relacionan con el ejercicio de la taquigrafía, o el color de su piel, Batista es alguien en la historia cubana únicamente por haber usado, como nadie antes o después, de la política con fines de enriquecimiento y empoderamiento personal.

Batista, dígase lo que se diga, no fue nunca un estadista. Para haberlo sido Cuba debería haberle importado en algo, y a él tal interés nunca le nació: Cuba para Batista no era ni tan siquiera pedestal, ni muchísimo menos ara, sino simplemente una finca prestada. Una finca ajena a la que había que sacarle el máximo provecho lo más rápidamente posible, sin importar el estado en que la misma quedara para cuando sus verdaderos dueños regresáramos, e intentáramos recuperarla.

Batista desempeñaba sus desgobiernos, a la luz o a la sombra, de facto o de jure, con un único objetivo: el enriquecimiento suyo o de los suyos, mediante el robo más descarado de los fondos públicos, o el aprovechamiento de las oportunidades que se le abrían al hombre de negocios gracias a los altos cargos militares o estatales que desempeñó a posteriori del 4 de septiembre de 1933. Y Batista llevó el peculado y el latrocinio a un nivel nunca visto en una república en que tales lacras eran, y son vistas, de manera harto ambigua por algunos: incluso en no pocas de las críticas de esos defectos republicanos, o “robolucionarios”, se percibe a la larga la inconsciente admiración del crítico hacia el individuo que los ponía, o pone en práctica, con maestría digna de novela picaresca del Siglo de Oro Español: el Bicho, el Vivo que siempre vive del Bobo, pobre mongo infeliz ocupado de su trabajo diario.

Batista, algunos años antes de los Suhartos o los Mobutus, que asumirían el poder en la década de los sesenta, acumuló una fortuna que sus propios cachanchanes estimaban para el 1° de enero de 1959 en 300 millones de pesos, equivalentes a la misma cifra de dólares de la época. Esta es precisamente la cantidad que por ejemplo da José Suárez Núñez, alguien lo bastante próximo a él como para conocer de sus muchos tejemanejes. Por su parte Guillermo Jiménez Soler, en su Los propietarios de Cuba 1958, libro bastante bien informado, al que quizás lo único que puede señalársele es que no se atreviera a incluir a los herederos de Don Ángel Castro (fallecido en 1956) entre las 500 más importantes fortunas del país en diciembre de ese año, considera que Batista era propietario mayoritario o total de “9 centrales, 2 refinerías, 2 destilerías, 1 banco, 3 aerolíneas, 1 papelera, 1 (empresa) contratista, 1 (empresa) transportista por carretera, 1 productora de gas, 2 moteles, varias emisoras de radio, 1 televisora, periódicos, revistas, 1 fábrica de materiales de construcción, 1 naviera, 1 centro turístico, varios inmuebles urbanos y rurales, varias colonias”. Mucho más que lo acumulado por el recién defenestrado sultán egipcio Mubarak, si hiciéramos la conversión del valor de todas estas empresas a dólares del presente. Y es que, a los “modestos” tres millones de pesos que declaró en su testamento ológrafo del 17 de enero de 1957, habría que agregar lo acumulado por su mujer, sus hijos, parientes, amigotes, o hasta por los santeros que lo apadrinaban, pero sobre todo los innúmeros bienes que, aunque a nombre de algún testaferro, eran suyos en realidad.

Batista, y no podemos nunca olvidarlo, fue quien inauguró el largo interregno a la democracia en el cual hemos nacido y vivido los integrantes de más de 4 generaciones cubanas, y del cual solo recién comenzamos a salir. No Fidel Castro. Ocurrió esto en esa fecha infame, la más infame de toda nuestra historia independiente: el 10 de marzo de 1952, cuando en la madrugada se puso un jacket y entró a Columbia, aunque no por dónde se había planeado, sino por dónde él creyó que era más seguro. Porque Batista no confiaba “ni en su madre”, como suele ocurrirle a este tipo de guapetones de barrio, más bien gallinas de corral. Rebúsquese o indáguese lo que se quiera: Batista no fue nunca un ejemplo de valor personal, sino todo lo contrario, como lo demuestra el que a la amplísima mitología batistera que se ha construido con los años no se la haya podido nunca adornar con sucesos incontrovertiblemente heroicos.

Recordémoslo indeciso, inseguro, hablando “mierdas”, como le reclamó el soldado Mario Alfonso el 4 de septiembre, hasta que Prío y los muchachos de los Directorios del 27 y del 30 se hicieron cargo de lo que él no tenía el valor para llevar adelante. O temblequeante y mocoso, pidiéndole perdón al sentimentalón de Grau desde el borde mismo de su silla, la noche del 3 de noviembre de ese mismo año, mientras con el rabo del ojo no le perdía ni pie ni pisada al Guiteras flaco, medio bizco y algo tullido, sentado más allá, pero cuya sola mirada le aflojaba las rodillas al matón que le servía de guardaespaldas al Mulato Lindo, y porque no, hasta a Changó y toda la retahíla de divinidades bronqueras que componen el panteón afrocubano. O a punto de mandarse a correr a pedir asilo en alguno de los barcos americanos surtos en la bahía cuando la sublevación del ABC del 8 de noviembre, de la que tuvieron que ocuparse entre el capitán Querejeta, Tony Guiteras, o el mismo Grau…

Con su golpe de Estado, apoyado en las bayonetas de la tropa y de todos aquellos que en el vecindario de Columbia dependían para sobrevivir de la prosperidad de ese campamento militar, fue Batista quien en definitiva le dio a Fidel Castro la posibilidad de acceder al poder. De un lado, solo en la nueva situación creada a raíz del Madrugonazo, Fidel Castro, alguien que nunca ganó ni ganaría una elección democrática, ni aun para concejal de barrio, mucho menos para representante o presidente, podía haber realizado su sueño de usar a Cuba de pedestal para su gloria eterna. Del otro, fue el régimen batistiano de facto el que creó las explosivas condiciones para la emergencia de ese muy militante movimiento juvenil de la amplia clase media cubana de entonces. Movimiento beatnik, de rebeldes, pero estos sí con causa, con un marcado acento de reivindicación nacional, como respuesta violenta ante la conjunción entre la Idea que los americanos habían llegado a crearse de Cuba para la década de los cincuenta (Isla del Placer, paraíso en que todo le estaba permitido al americano, con decorados de grandes, tropicales, y románticas lunas de estudio hollywoodense, acompañado todo ello con rhumba, mulattas, rum and Cha Cha, y presentado por lamentables payasos como Ricky Ricardo), y el aprovechamiento y alegre asunción de esa versión maraquera de lo cubano por ciertos sectores, en su mayoría humildes, pero siempre identificados con el batistianismo, para prosperar y salir adelante.

Sin lugar a dudas los orígenes de la Revolución de 1959, y sobre todo de la quijotesca explosión de nacionalismo posterior, deben buscarse en las contradicciones que trajo la Primera Intervención, cuando un pueblo en que sus elementos conscientes se tenían a sí mismos por modernos ya desde 1793, se encontró de repente tratado como salvajes nada menos que por la nación que se había escogido para la segunda mitad del siglo XIX como su paradigma de modernidad[i]. Pero para que el (re)sentimiento de reivindicación nacional que trajo esta constatación pudiera convertirse en la explosión de nacionalismo cubano expansivo entre 1959 y 1967, se necesitaba que en Cuba en algún momento el estamento gobernante, y las clases o sectores sociales en que se apoyara el mismo, asumieran esa visión americana de lo cubano como la propia, o por lo menos que la aceptaran alegremente, sin hacer ascos de la misma, para medrar a costa de ella. Algo que no ocurriría hasta la llegada del último batistato, que para colmo ocurrió en un contexto de reivindicación mundial modernizadora de los países dependientes ante los países centrales: eran los tiempos de la Conferencia de Bandung, pero también aquellos en que el propio Canadá, de la mano de su primer ministro tory, John George Diefenbaker, asumiría un discurso nacionalista de resistencia ante EEUU, al que significativamente en mucho se habría de parecer el de Fidel Castro durante los primeros meses de 1959[ii].

En verdad el (re)sentimiento de reivindicación nacional consecuente al encontronazo de la Primera Intervención, y también a la Segunda, porque no, se incubó durante todo el periodo republicano sin encontrar nunca un claro objeto dentro de las fronteras de lo cubano contra el cual ensayar las armas que luego habrían de emplearse contra los amos externos. El general del Ejército Libertador Gerardo Machado y Morales, por ejemplo, nunca fue un claro ejemplo de entreguismo, muy por el contrario (Ramiro Guerra no hubiera sido su secretario en ese caso). De hecho, la caída de su Gobierno aquel memorable 12 de agosto de 1933 se explica en alguna medida en la actividad del procónsul americano en La Habana, míster Summer Welles, y si el Gobierno de los 100 días nunca alcanzó a tener un importante apoyo popular, se debió a que el resentimiento no había encontrado todavía objetos tangibles al interior de lo cubano contra los que enfilar primeramente los cañones. Es, repetimos, con el último batistato que en Cuba se juntan de manera diáfana en un mismo bando, el contrario a nuestro sentido de la modernidad, los americanos y lo más retrógrado, antimoderno y hasta salvaje de la nación cubana: en este sentido la lucha contra Batista y sus rumberos, chulos, vagos de solar, prostitutas o brujeros, matones vestidos de blanco hacendado y gafas ray-ban… asumiría desde un principio un sentido nacionalista, y claramente de reafirmación modernizadora. Sentido que en sí mismo conducía necesariamente al enfrentamiento con los americanos a continuación de la caída del batistato (no nos engañemos, Fidel Castro no inició tal desmesura nuestra, solo se dejó llevar por ella, para luego encauzar la explosión nacionalista en provecho de su inagotable ambición de poder).

Y es que Batista, por las particulares formas en que intentó promover el desarrollo nacional: en esencia mediante la adopción por el país de las formas maniqueas, folklóricas, maraqueras, según las cuales nos veían los americanos, nunca iba a conseguir más que lanzar una declaración de guerra en contra suya para el sector más avanzado de la cubanidad: la generación joven de la clase media cubana de los cincuenta, que consideraba esa visión americana más que intolerable y lesiva a nuestro orgullo nacional, al propio, al personal.

Pero el batistato no solo le abrió las puertas al castrismo. Si el castrismo fue tan exitoso y adquirió su extraordinaria capacidad de resistencia, para nada explicable solo por el miedo a los aparatos represivos del régimen en una Isla situada a solo 90 millas de unos americanos decididos a barrer con él de la faz de la Tierra, y de paso con todo y con todos, castristas o no, a como diera lugar… si el castrismo tuvo en sus inicios un apoyo tan total de la sociedad cubana, se lo debe a la existencia anterior de un régimen batistiano al que venció en combate y convirtió en el referente nacional con el cual compararse. En definitiva, el solo hecho de que el castrismo, para imponerse, no hubiera tenido que derrotar a una democracia, vierte un chorro de luz sobre las razones de la perdurabilidad de dicho régimen.

El castrismo, al asumir un discurso modernizador, de moralización de lo que desde la subida al poder de Batista se convertía cada vez más en el Imperio de las mafias americanas (lo cual, claro está, por diplomacia el Departamento de Justicia no iba a reconocer así como así), del robo descarado de lo público y lo privado por Batista y sus manengues, de la arbitrariedad más abierta de los guapetones de barrio metidos a militares, no podía más que ganar el apoyo, por lo menos mientras no derivó hacia la autocracia más evidente, de lo mejor y más avanzado de la nación. Pero, es más, era tal la carga de vergüenza que el batistato había dejado entre muchos cubanos, que incluso cuando el régimen castrista asumió la deriva mencionada, pero mantuvo el principio de reivindicación nacional bien en alto, y expulsó sin contemplaciones a los capos y moralizó a la nación, no pudieron más que tragarse sus críticas y apoyar incondicionalmente a un régimen que, como antes, en 1933, volvía a desafiar a los Amos del Hemisferio. Algo que es bueno nunca olvidar solo los cubanos hemos hecho, y más de una vez.

Es de fundamental justicia a estas alturas saber diferenciar porque gentes como mi Viejo, Troadio Morell, Carlos Larramendi o tantos otros que recuerdo con admiración de mi ya lejana infancia, apoyaron al naciente castrismo, y se iban a la zafra o a las movilizaciones sin dejar atrás qué comer para los suyos, o con una casa malapuntalada que nunca convirtieron en palacetes y ahora se les cae arriba, y porque, por el contrario, lo hace ahora la amplia Cacocracia que sin pudor saquea al país y se levanta “modestas chocitas”, o no se baja de sus “carritos cómicos”. Aquellos esmirriados, flacos siempre, renegridos de tantos soles, eran revolucionarios en buena medida por lo que habían visto y sufrido bajo los desgobiernos de Batista, y por sobre todo porque su orgullo personal no les dejaba tragarse el ser vistos como Rickys Ricardos; estos de hoy, bien vitaminados y con apariencia de huevo, de abundantes y obscenas tripas, y la frase lo aclara por sí misma todo, no pasan de meros robolucionarios.


[i] En realidad, solo como uno de los modelos: por ejemplo, para Saco ese modelo parece ser más bien la estamentaria Inglaterra Victoriana, y para nuestro estamento médico, o científico, Francia, de la misma manera que parece haberlo sido la I República Española para no pocos de los legisladores que redactaron la Constitución de 1901, que no se sabe bien de dónde algunos desinformados sacan es una copia de la Americana.

[ii] Aquí solo hemos tratado la causa de la Revolución que se relaciona más directamente con Batista: Hay muchísimas más, por supuesto, ya que un fenómeno de semejante magnitud que involucró la vida de cientos de millones y que transformó a profundidad al hemisferio occidental, incluida el áfrica subsahariana, no puede de ninguna manera ser explicado de una manera tan simplista. Otra causa entre muchas, por ejemplo: El hecho de que los cubanos ya desde los comienzos de la Revolución Azucarera de fines del siglo XVIII se acostumbraran a unos estándares de consumo elevados, unos estándares a los que sin embargo el modelo azucarero mismo ya no tenía forma de satisfacer desde más o menos 1926. Este era uno de los problemas serios que habrían de resolverse en los cincuentas, y a los que ni Batista, ni el castrismo supieron encontrarle una solución viable sin apelar o al demasiado acercamiento a EEUU, o por el contrario a la radical separación. Batista pretendió convertir a La Habana en unas Vegas tropicales, al alcance de los puertos americanos de la costa este; Fidel consideró que bastaba con arrancar a la Isla de su lecho marino y arrastrarla hasta situarla en el Mar Negro, a 20 millas de las costas de la URSS.


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