Actualizado: 20/04/2018 10:20
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Batista, EEUU, Revolución

Batista, «el Indio» (II)

Segunda parte de una serie

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Batista, los ñangaras y los americanos

Cabe aclarar que Batista tampoco fue nunca un anticomunista y mucho menos un antiamericano. Batista en general no tenía preferencias ideológicas, nacionales o geográficas, como todo individuo por completo imbuido obsesivamente en el burdo aprovechamiento personal. A este cosmopolita tan adelantado a su tiempo, al presagiar a estos muchos de ahora, que son cosmopolitas solo por el profit y han olvidado de paso afiliarse al humanismo, le daba lo mismo robar en Cuba, que en China, EEUU o Japón, a gente amarilla, prieta que colorá.

Filo fascista antes de 1938, luego se aproximó bastante a los ñangaras, a quienes entre 1938 y 1944 les escuchó con evidente agrado sus sugerencias de convertirse en una versión tropical de Stalin, y a quienes debió agradecer en principalísima medida su elección a la presidencia de la república en junio de 1940, al poner estos a sus pistoleros en función de su campaña y al presentarlo mediante su poderosa maquinaria propagandística como alguien que tenía el espíritu de un “indio putumayo” (cosas del comunismo cubano, los “materialistas dialécticos” convencían a sus bases al echar mano de la superstición). Si definitivamente no se convirtió en el Stalin Cubano en que querían entronizarlo sus cúmbilas Blas Roca o Lazarito Peña, se debe al poderoso sentido común presente en los individuos que, como Batista, no tienen otro interés que la satisfacción personal más prosaica. Y es que el súper camaján Batista sabía que semejante acercamiento al comunismo solo podría conducirlo a un callejón sin salida con el vecino norteño. A un encontronazo frontal con los americanos, y si algo él intento a lo largo de toda su vida política fue evitar que eso sucediera. Eso sin contar que ya para entonces cualquier mongo metido a tirano sabía que colocarse a la cola del emperador de la URSS, y del Comintern, podía resultar muy, pero muy peligroso.

En cierta medida, y a partir de 1938, puede decirse que la política de Batista consistió en el intento, llevado adelante con maestría digna de mejor causa, de mantenerse en una complicada posición de equilibrio que le permitiera estar a bien tanto con los comunistas nacionales como con el Gobierno americano. Esto respondía en un final a su conciencia de que él siempre sería un paria para las élites cubanas, sobre todo para las clases medias modernizadas, por lo que solo podría alcanzar a legitimarse si no les hacía ascos a sus orígenes humildes y por el contrario los proclamaba a los cuatro vientos. Y como en esencia el Partido Comunista era el partido de la gente más humilde en Cuba: negros y campesinos, todos desposeídos, se imponía mantenerse a buenas con este.

Por lo menos esta fue la política de Batista mientras él se creaba a sí mismo unas bases propias más que populares, populacheras. Las cuales le habrían de permitir ya no depender tanto de unos comunistas muy mal vistos por el vecino del Norte a partir de 1945, pero que por otra responderían mejor a sus exigencias propias: El hecho es que en realidad las bases comunistas nunca se acomodaron exactamente a sus exigencias de legitimación, al ser el comunismo nacional en sí también un partido político modernizador, opuesto a la interpretación americana de lo cubano (se olvida a menudo que el PSP jugó un papel importante en el adelanto de las clases más humildes, y que de hecho parte de la nueva clase media de los cincuenta se había modernizado en las páginas de Noticias de Hoy, o en la escucha de los programas radiales de la Mil Diez, pero más que nada en la activa vida sindical de los cuarentas).

No obstante, es bueno aclarar que Batista nunca llegaría a virarle los cañones a los ñangaras, quizás porque consideró que siempre deben mantenerse abiertas aquellas posibilidades que ya antes nos han servido bien; o porque, amigo de sus amigos, eso sí, nunca dejó de llevar a Blas y Lazarito en su corazón.

Debe reconocerse que Batista no fue nunca alguien muy bien recibido por los americanos. O sea, paradójicamente quién en definitiva iba a provocar con sus políticas la explosión nacionalista de reivindicación de lo cubano ante lo americano, nunca fue un preferido de Washington.

Se debía esto en gran medida a sus orígenes raciales, pero no solo por ellos, porque es bien conocido que fueron los americanos quienes impusieron a un mulato, Chapitas, en República Dominicana. El asunto estaba en que en Washington sabían que la composición racial cubana era algo diferente de la típica latinoamericana: Cuba era la más blanca de las naciones en el hemisferio después de Canadá y EEUU, y en ese contexto en el State Department nunca creyeron que un mulato trepado en la presidencia fuera lo más adecuado para la estabilidad de la Isla. Dado su comprobado proyanquismo, la reticencia americana a dejarlo a cargo de Cuba en 1934, cuando en cualquier otro lugar del subcontinente hubiera sido la solución más natural, solo se explica en ese factor racial. Recordemos que por entonces Batista era todavía uno de los más feroces anticomunistas en Cuba.

En todo caso, y por las razones que fuera, la evidente reticencia ante el Indio, queda más que demostrada en el hecho de que, el último país de este Hemisferio que se decidiera a reconocer al régimen batistiano de facto en 1952, fuera precisamente EEUU; o en el de que hasta muchos meses después su embajada en La Habana se abstuviera de restablecer sus relaciones normales con Palacio (hasta agosto, cinco meses más tarde, el embajador no visitó la residencia de Refugio número 1). Lo cual se explica en parte en el entendimiento de la incongruencia de apoyar a un jefe de Estado no blanco en la más blanca república al sur del hemisferio. La racionalidad política les deba la razón (y la historia, que no obstante encontró la manera de seguir su curso trágico, en el sentido original y heleno de esta palabra), ya que como hemos visto incluso la misma tendencia de Batista a mantener esas tan molestas, para Washington, relaciones con el Partido Comunista, a ratos lo que más les preocupaba de él, se explican en último término en la referida inadecuación racial.

Porque como no dicen tampoco (ni nos dirán) los sitios oficiales castristas, los norteamericanos nunca recibieron con agrado el último periodo de Batista… presidente, racialmente discordante con el promedio de la cubanidad, con una historia de demasiada afinidad hacia los comunistas, la cual en especial no podía ser bien recibida en unos EEUU que vivían el peor período de la cacería de brujas anticomunista: el del linchamiento de los esposos Rosenberg, o los ataques de McCarthy al Pentágono. Último periodo batistero que al imponerse por medio de un golpe de estado venía a interrumpir el desarrollo de la que los americanos ya consideraban su vitrina democrática hacia las Américas: La Cuba de los cuarentas. Ese desagrado no solo lo reconocen, sino que lo demuestran y explican nada menos que antiguos oficiales de la Seguridad del Estado, en Batista, el Golpe, uno de los 5 libros de historia más importantes publicados en este país en lo que va de segunda década de este siglo XXI, pero del que Rosa Miriam nunca nos habló en su sitio, y del que solo puede agregarse que, en los tiempos en que Iroel “Risitas” Sánchez regentaba el Instituto Cubano del Libro, nunca hubiera podido publicarse.


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