Actualizado: 19/08/2022 18:27
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Religión

«El león de Oriente»

Cuba dijo 'gracias' a Pedro Meurice con una atronadora ovación en la Catedral de Santiago. El sacerdote José Conrado retrata al ahora arzobispo emérito.

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Y el león rugió

Llegué a Santiago de Cuba dos semanas antes que el Papa, justo el sábado 10 de enero de 1998, en el primer vuelo de Cubana de Aviación, que aterrizaba a las siete de la mañana. Me pasé la mañana hablando con mis padres y al mediodía fui a almorzar con mi obispo. Estaba solo, pues todos los curas estaban enfrascados en los preparativos de la inminente visita del Papa. Cuando terminamos el almuerzo y el arzobispo ya iba camino de su acostumbrada siesta, se viró a mí y mirándome a los ojos me dijo: "muchacho, el león es un ratón, pero va a rugir de todas maneras".

Y el león rugió. Y de qué manera. Pienso que el gobierno nunca entendió las palabras del arzobispo. O más bien, quiso malentenderlas. Son un cúmulo tal de verdades, dichas en tan pocas palabras y con tal precisión, que darían pie para escribir toda una enciclopedia sobre la realidad cubana. Las trece ovaciones del pueblo a aquellas dos densas paginitas fueron la mejor comprobación de que el obispo fue certero en lo que dijo, y que la gente se vio retratada en las palabras de su Pastor. Y el pueblo jamás olvida al que se sacrifica por él.

En cualquier lugar de Cuba, en cualquier celebración religiosa de cualquiera de las diócesis cubanas, cuando se menciona el nombre de Pedro Meurice, o cuando él está presente, la ovación no falta. Así fue cuando el nuncio, hace apenas una semana, habló de él en la Catedral santiaguera, en su despedida como arzobispo y recepción del nuevo arzobispo, monseñor Dionisio García Ibáñez.

En Cuba la gente no habla, o porque no puede hablar o porque no quiere buscarse problemas. Pero cuando alguien dice lo que el pueblo piensa y siente, aunque no se atreva a decir, la gente lo apoya con su aplauso. Y no son los aplausos prefabricados del "compromiso", hijos del temor. Son aplausos salidos del corazón, aplausos de liberación y de esperanza.

Las palabras de Meurice en la Plaza Antonio Maceo, ante el Papa y ante la Virgen de la Caridad, que sería coronada por el Santo Padre poco después, ante el pueblo cubano y ante el mundo, son la coronación de su largo pontificado santiaguero. Fue como el acto supremo del profeta que debe defender la verdad, del sacerdote que ofrece a Dios el culto, amasando el trigo de su pan y el vino de su cáliz, con el dolor de su gente, con sus sueños y su vida. Del Pastor que defiende las ovejas, al tiempo que da su vida por ellas, arriesgándose por su rebaño.

Pedro Meurice está convencido de que nunca ha estado a la altura de la responsabilidad que Dios le impuso cuando lo llamó a ser arzobispo de Santiago y primado de la Iglesia en Cuba. Creo que por eso le avergüenzan los aplausos y le molestan las alabanzas. En el fondo, él piensa que los primeros sólo deben dárseles a Dios y las segundas no son justas. Hay en él algo así como el complejo de Lord Jim, el personaje de Joseph Conrad. Tiene una aguda percepción de sus limitaciones y carencias, y un elevadísimo sentido de la responsabilidad. En cierta manera, es el antilíder por antonomasia.

Un símbolo para la nación

En Cuba, donde la presencia del "líder máximo" lo llena todo, este hombre sin ambiciones, a quien molestan los aplausos, que por vocación tiende a esconderse, sin una gota de ese afán de protagonismo tan típico de los cubanos (¿o habría que decir de los humanos?), es "alguien diferente". Y es esto lo que lo hace diferente, lo que lo ha convertido en un símbolo para la nación. Es el líder que deja ser a los demás, porque no tiene afán de mandar, sino de servir.

La imagen que más me conmueve de mi amado arzobispo es la de ese hombre que sale de la salita en la que recibe, por largas horas, al pobre pueblo que va a contarle sus penas y angustias. Al hombre que tiene que mandar a buscar unas chancletas para subir a su habitación, porque regaló a un pobre sus zapatos. Al hombre que gastó su vida, hasta la última gota, para servir a los despreciados del mundo, a los más pobres, a los que nadie se para a escuchar. La otra imagen que me conmueve de él es cuando lo veo rezar en su capillita del Arzobispado, presentándole a Dios lo que el pueblo le llevó a él.

Y no es que piense que Pedro Meurice sea imprescindible, o que no tiene limitaciones y defectos, o que no sea yo capaz de verlos. Hay un verso del salmo que expresa muy bien lo que ahora quisiera hacer comprender: "es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, que comáis el pan de la fatiga… Dios lo da a sus amigos mientras duermen".

Pedro Meurice es de los que primero buscan el Reino de Dios y su justicia… por eso Dios le da lo demás, aquello que la gente busca en la vida como si fuera lo más importante: respeto, admiración, cariño. Sus limitaciones, sus fallos… le son perdonados, "porque al que ama mucho, mucho se le perdonará".

Me atrevo a revelar que sus curas le armamos un pequeño complot al arzobispo. Hace unos meses nos reunimos para pedirle al obispo de Bayamo si estaba dispuesto a aceptar ser arzobispo coadjutor, y así monseñor Meurice, ya bastante enfermo y limitado, podría seguir siendo el arzobispo de Santiago. Monseñor Dionisio, que lo quiere como un padre, nos dijo que él estaba dispuesto a venir como un simple obispo auxiliar, si con ello ayudaba a monseñor Meurice. Dios quiso que las cosas fueran por otro camino. Pero dice mucho de un hombre, que después de 40 años, sus colaboradores quieran mantenerlo como padre y amigo.

Y recuerdo a aquel sacerdote, muy amigo mío, a quien su obispo fue a cambiar de parroquia. Los feligreses no aceptaron el cambio, y fueron a ver al obispo. Este argumentó que el padre llevaba mucho tiempo al frente de esa parroquia, que era política de la iglesia que nadie estuviera tanto tiempo en el mismo lugar, que el cambio era bueno. Pero la gente le dijo al obispo: a los funcionarios quizá sería bueno cambiarlos, ¿pero quién ha visto que un padre se cambia o se jubila? ¡El padrecito siguió en su parroquia!

Un aplauso para que lo oiga Dios

Desconfío visceral y profundamente, casi por instinto, de aquellos arribistas que buscan el poder, sea el político o el religioso (¿se puede decir esta barbaridad que ahora digo?), que en buena teología nunca será poder, sino servicio. Cuando veo a un cura buscando mitra, me asusto. Y hago todo lo posible para que no le caiga en la cabeza… desde mi humilde rincón en la Santa Madre Iglesia.

Con Pedro Meurice, nunca me ha cabido la menor duda: no lo buscó. Dios lo llamó, y muy a su pesar, se convirtió en obispo "con temblor y temor", respondiendo a la llamada de su Dios. Cuando Dios le pidió "llegar más lejos" y servir al pueblo arriesgando el pellejo propio, o lo que es más difícil para un buen pastor, la supervivencia de la institución o la tranquilidad y seguridad de su gente, no dudó, o si dudó, acabó por hacer lo que debía. Porque la Iglesia no es un fin en sí misma. Está para servir al Reino, para "promover la gloria de Dios, que consiste en que el hombre viva", como tan certeramente expresó Ireneo ya en el siglo II.

Un aplauso, una ovación, puede ser el fruto de la compulsión o del temor, del halago servil al poderoso, o una manera de convertirse en masa anónima para no buscarse problemas. Pero hay aplausos y aplausos. La atronadora ovación que desbordó la Catedral santiaguera el sábado 24 de febrero, cuando el nuncio apostólico se refirió a monseñor Meurice, lo sentí como un "gracias", que no salía del entrechocar de las manos, sino de lo profundo del corazón de todos los presentes.

Era el aplauso ante toda una vida, como el que le rinde el pueblo romano al Papa cuando su cadáver vuelve a entrar en la Basílica de San Pedro para ser enterrado. Es un aplauso para que lo oiga Dios. Es una forma de reconocer la valentía de un hombre que, dejando de pensar en sí mismo o en sus propios intereses o conveniencias, se dio entero.

Pero como dijo Martí en su insuperable semblanza a la muerte de Cecilio Acosta: "Quien se entrega a los hombres es devorado por ellos, y él se dio entero; pero es ley maravillosa de la naturaleza que sólo esté completo el que se da; y no se empieza a poseer la vida hasta que no vaciamos, sin medida y sin tasa, en bien de los demás, la nuestra. Negó muchas veces su defensa a los poderosos; no a los tristes. A sus ojos el más débil era el más amable. Y el necesitado era su dueño. Cuando tenía que dar lo daba todo; y cuando ya nada tenía, daba amor y libros…".

Adiós, padre. No pienses que vas a descansar, porque los pobres seguirán tocando a tu puerta. Y tus curas seguiremos necesitando de tu consejo, en especial nuestro hermano Dionisio. Que Dios te bendiga por todo lo que nos has dado en estos años, y por lo más grande que de ti hemos recibido: tu corazón, tu ejemplo.


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