Actualizado: 23/04/2024 20:43
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Migración, Exilio, Miami

Tocatas y fugas cubanas

Durante más de sesenta años, marcharse de Cuba ha sido una tragedia con ribetes de comedia

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Cuando se escriba la larga historia del éxodo cubano durante la Involución, además de anécdotas sorprendentes —tanto que superarían la más afiebrada ficción—, necesitaríamos un diccionario de cubanismos para comprender de que se trata. Durante más de sesenta años, marcharse de Cuba ha sido una tragedia con ribetes de comedia. Incluso en los casos donde la salida ha sido legal y aérea, los que se marchan no solo pagan el precio del alejamiento de su tierra. Hasta hace muy poco, debían entregar pertenencias, propiedades y en otras épocas, hasta las joyas. Salida definitiva decía la llamada “tarjeta blanca”, que era como una marca, un nunca más en el lugar donde se había nacido. Por supuesto, para algunos la cartulina alba era el final del sufrimiento, y tenerla, una fiesta. Pero no dejaba de ser una expulsión, un no quiero verte más por aquí.

Aquellos pioneros de la estampida debían hacer una declaración de sus bienes, y poco antes de salir hacia el aeropuerto, chequear con un funcionario y un compañero cederista. La justificación para el atropello, además de la humillación, era que tales riquezas serian entregadas al pueblo trabajador. Hoy, en las mismas mansiones “abandonadas”, viven los heraldos del hurto y sus familiares, quienes alquilan a precio de Mónaco residencias con muebles de estilo, obras de arte, y vajillas de plata. En realidad, van quedando pocas. La ralea castrista sabe que no sobrevivirá a la hecatombe final, y en contacto con inversionistas de poca monta, anticuarios y coleccionistas están vendiendo los “bienes malversados” a medio mundo.

No menos sorprendentes son las llamadas “salidas ilegales”. Es en la “fuga” de la isla donde brilla el ingenio de nuestros compatriotas. Rodeados de mar por todas partes, sobraría para llenar varios museos Ripley’s —créalo o no. Los cubanos se han escapado en tablas de Surf, avionetas de fumigación, en balsas de goma y automóviles con flotadores— estuvo expuesto hasta hace poco un camión en una agencia de venta de automóviles. Alguien se embaló dentro de una caja y se envió como un paquete. Varios jóvenes han tratado de escapar en los trenes de aterrizaje de los aviones, con saldo fatal en la mayoría. Una conocida viajó de polizonte con su hermano en la bodega de un carguero panameño. Otros se “quedaron” o “se les fue el avión” en todos los aeropuertos del mundo donde no los podían devolver. La última aventura de “ver los volcanes” ha establecido un récord por dos razones: la cantidad de personas no entrenadas que sobrepasan la inexpugnable Selva del Darién, y quienes han quedado para siempre en esos parajes, apenas con una cruz rustica que marca el final de su marcha terrenal hacia la felicidad.

En música se entiende por Tocata una pieza musical corta cuyo sello es la habilidad del interprete para improvisar libremente. También se han llamado preludios. La Fuga acompaña a la Tocata. Son secciones creativas, “adornos” o escapes de la línea melódica. La Tocata Mayor ha sido la convicción de que hagan lo que hagan la vida en Cuba no ha cambiado ni va a cambiar mientras los responsables del desastre y sus imitadores continúen en el poder. Las “fugas” han sido las más vitriólicas maneras de acompañar, teñir, el convencimiento mayor. El argumento de que los cubanos se van estimulados por lo que llaman la Ley Asesina —leer Ley de Ajuste cubano— no es totalmente cierto. Si así fuera, no tendría explicación un cubano alquilando dromedarios en el Sahara, paleando nieve en la estepa rusa, hablando catalán en una verdulería de La Rambla.

Pero ¿qué pasa cuando un compatriota no quiere “tocar” ningún instrumento, ni sabe cómo “adornar” con arabescos y arpegios una línea musical base? ¿Pudiera haber algún caso donde la tragicomedia de “pirarse”, “brincar el charco”, “doblar por tercera” no haya pasado por la cabeza de un cubano?

Esta es una historia real. Y bien daría para una novela.

Un colega amigo mío estaba de guardia en un policlínico muy cerca del litoral habanero. Al filo de la medianoche se aparecieron otros dos médicos muy cercanos afectivamente. Siempre hablaban de cómo irse del país con mi amigo porque lo sabían “hombre a todo” y contrario al régimen. Esa noche los médicos tenían arreglada la salida “ilegal” por la costa y necesitaban, para no levantar sospechas, alguien que los llevara al punto de recogida. Se les había ocurrido que la ambulancia del centro de salud podía ser el camuflaje perfecto y mi amigo el chofer.

Él se negó rotundamente. ¿Y si necesitan la ambulancia para un enfermo? ¿Abandonar la guardia médica? Tendría que despertar al otro galeno para que lo cubriera… ¿y si sospechaba? Lo más importante: su esposa estaba punto de parir, y podía “complicarle la vida” si se enteraba de haberlos ayudado. Los colegas dieron la única razón posible a esa hora: con él o sin él se irían, la cigarreta los esperaba y el centro de salud quedaba a unos pocos minutos del sitio de salida. Era dejarlos allí y virar enseguida.

Al fin mi amigo asintió. La primera sorpresa fue que no solo eran los dos colegas. En la esquina había mujeres y niños, presumiblemente familiares. Pero era tarde para arrepentirse. Mientras decía arriba caballero, rápido, métanse adentro, repetía también muy nervioso que no podía irse de Cuba, y que esto era una locura, cómo se había dejado meter en esto… Después de cinco o diez minutos la ambulancia llegó al litoral. En efecto, los lancheros estaban ahí.

Justamente cuando mi amigo iba de regreso a la ambulancia llegaron dos patrullas de la policía, y encendieron las luces. No había matorral ni piedra donde esconderse. Sintió que lo abracaban por el cuello con una “llave”. Uno de los médicos dijo al oído que si se quedaba iban a llevarlo preso por robarse la ambulancia, abandonar la guardia médica, y colaborar con una salida ilegal.

—Tienes que irte con nosotros, hermano —susurró sin soltarlo.

Lo montaron en la lancha. Vio la estela blanca en la popa alejarse de la costa, y gracias a la luna llena, a contraluz varios policías en el lugar donde dejó la ambulancia. Al amanecer estaba con bata de médico y estetoscopio en el cuello desembarcando en un cayo de la Florida. La experticia de los lancheros hizo que tocaran tierra sin “mojarse” los pies. Cuando las autoridades migratorias lo interrogaron explicó que no tenía familia en los Estados Unidos, solo una tía abuela fallecida años antes, según contaban en casa. Además, debía volver porque nunca quiso irse y su mujer estaba a punto de dar a luz. No había celulares entonces. Alguien le facilitó una tarjeta para llamar a Cuba.

El hermano no quiso creer que estaba en la Florida. Es una jodedera tuya, dijo. Después de mucho insistir, al fin lo convenció, y el hermano aconsejó llamar la esposa. Ella, tan pronto colgó el teléfono, comenzó con dolores de parto. Esa misma tarde nació el primer hijo, a pocas horas de haber llegado él a “tierra de libertad”. Sin saber qué hacer, sin otra familia por acá que una tía abuela generosa y al mismo tiempo a punto de partir en otra dirección existencial, iba a comenzar las gestiones para ser devuelto a Cuba.

Por esos días el presidente de turno suspendía la “ley de pies secos”. No sabe cómo ni por qué lo invitaron a un programa de televisión para defender el estatus migratorio vigente. Cuando terminó la entrevista, la productora lo llamó aparte.

—Hay una persona en la línea que dice ser familia suya.

Mi amigo médico respondió la llamada con recelo. ¡La tía abuela estaba viva y quería llevarlo para su casa! De inmediato tuvo alivio. Pero seguía pensando que el regreso a Cuba sería la mejor opción para él y la familia, ahora con un nuevo vástago. Extrañaba a la esposa. Quería conocer al recién nacido. A la segunda llamada que hizo a la Isla, la mujer dijo:

—¡Ni se te ocurra virar! Ya veremos como nos arreglamos por acá. Tu trabaja y manda dólares, que es lo que hace falta aquí. Después nos reclamas a los dos y listo.

Unos meses más tarde mi colega trabajaba, y por su condición de refugiado y medico cubano tuvo cierta holgura económica. En aquel momento se enteró por los ex colegas de travesía que los lancheros lo buscaban por todo Miami. Tenía que pagar el pasaje en la cigarreta.

Pero esa es otra historia que él no me ha contado todavía.


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