Actualizado: 23/04/2024 20:43
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Cambio, Continuidad, Transición

Esperando la Piñata

Los fiadores de la transición en Cuba pueden cobrar el precio de su partida repartiéndose parte del botín antes de marcharse

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La llamada Continuidad no la tiene fácil. O mejor, es una misión que parece imposible. Las razones son obvias. Unas dependen del llamado socialismo, demostrado su fracaso en todos los países donde el control del estado sobre los medios de producción es total, y un partido único es el dirigente político. No funciona así la sociedad moderna. El socialismo marxista-leninista padecido por la Humanidad no es muy diferente del sobrepasado feudalismo. Una casta inamovible en el poder y la producción, regentada y controlada por los intereses de ese poder omnímodo. La única solución al detenimiento en el tiempo ha sido la singularidad china: descentralización de la economía y estimulación a la inversión nacional y extranjera.

También hay razones locales, propias de la Isla, para explicar el anunciado fracaso de la Continuidad. Los continuistas son herederos del desguace de todo el tejido productivo por más de seis décadas debido al voluntarismo del Máximo Líder, la dependencia de los suministradores extranjeros, el embargo no menos despreciable, y sus aportes muy originalmente fatales como la Tarea Ordenamiento y el actual “Paquetazo”.

Los dirigentes continuistas visitan cada municipio y cada provincia todos los días de la semana. Allí les mienten. Ellos hacen como si creyeran todo. Y repiten el mismo discurso: solo trabajando duro saldremos de este hueco. Pero tan pronto dan la espalda, los visitados se mofan: ¿trabajar para qué? Esto no hay quien lo arregle. Los visitantes, en el aire acondicionado de sus automóviles, comentan: ¿dónde es la próxima visita? Porque esto no hay quien lo tumbe.

Nadie puede predecir cuándo se apagará la Isla. Literal. Es un hecho que sucederá en algún momento de seguir insistiendo en los mismos errores. Vistas así las cosas desde la barrera, hace años vienen preparándose varios actores políticos para ese momento. Es algo común al final de las dictaduras. Todo el mundo quiere pescar en sociedad revuelta. La situación idílica sería que quienes tienen todavía cierto poder sean los garantes de una transición suave, pacífica, democrática. No podrán evitarse la sangre y los excesos —como sucedió en Cuba en 1959— si nadie pone orden y hace respetar los derechos humanos.

Desgraciadamente, los fiadores de la transición pueden cobrar el precio de su partida: repartiese parte del botín antes de marcharse. Los nicaragüenses lo llamaron “Piñata”. Los comandantes sandinistas se convirtieron de guerrilleros rojinegros en millonarios verdiblancos. Ese proceso ha comenzado en Cuba, según atestiguan muchos analistas. Es otro indicador de la obsolescencia de la Continuidad. Pero es aquí donde se puede complicar la “fiesta”. Piñata hay una sola. Aunque el molote se dispute los caramelos y los bombones al romperse el fondo, habría que ver quiénes serán los invitados y quiénes no al convite.

Hay un fuerte lobby cubanoamericano, poderoso económica y políticamente. Han reservado cupo para el momento de halar las soguitas. Una parte de ese grupo hace mancuerna con la llamada “oposición leal” y otros que propugnan la social democracia como alternativa viable. Creen en un estado fuerte, promotor de la llamada justicia social con temas como el aborto, la eutanasia y el matrimonio homosexual. En el extremo del espectro están los conservadores, quienes pujan por un estado pequeño, con mínima intervención en la economía y el fortalecimiento de las instituciones. En el centro encontramos grupos de todo tipo. Y casi cada membresía fuera de la Isla tiene su equivalente dentro de Cuba. Podríamos acceder a decenas de documentos programáticos y constitucionales “para una futura Cuba” de todas las corrientes políticas y filosóficas, incluyendo iglesias y cofradías. Eso está bien. Solo que cuando se leen los documentos da la impresión de que se parte de razones y proyectos terminados, redondos, absolutos. Los demás parecen estar “totalmente equivocados”, como lo cubanos solemos decir cuando algo contradice nuestras ideas.

No es difícil imaginar que José Martí encontró un conflicto parecido al organizar la guerra contra España en el siglo XIX. Logró unir voluntades y egos dispersos no sin sufrir pocas críticas y ofensas personales. Su muerte temprana le evitó vivir los desencuentros y “guerritas” internas de generales y doctores, quienes habían entregado todo para regresar a la manigua. El mismo Apóstol, que creyó inevitable la lucha armada, dijo que hubiera sido preferible evitarla, y por tal razón, debía ser “justa” y “breve”.

Una de las tesis históricas era que España debería haber considerado mayor autonomía y una “cuasi” independencia a la Isla para evitar la guerra. Y que, si no era posible, tras la derrota, exigir en los acuerdos de París ciertos derechos sobre las colonias que le habían pertenecido por cuatro siglos. Según otros historiadores, eso no era posible. Los norteamericanos ya habían pensado a Cuba, Puerto Rico y Filipinas como “neocolonias”. Sean ciertas o no tales elaboraciones sobre el pasado, era y sigue siendo difícil escapar a la fuerza gravitacional, política y económica, de los Estados Unidos, tan cerca de sus fronteras. Ninguna salida futura a la problemática cubana podría prescindir de los Estados Unidos, donde, por demás, vive un 10 % de los cubanos y sus descendientes.

Muy mal le irá a la Republica cubana en los próximos años si la involución se va como llegó, chorreando sangre. Viendo la piñata colgar, a punto de desfondarse, tantas manos en las sogas esperando la piñata —la cubana, para quien no lo sabe, siempre se rompe por abajo, y no es una metáfora— uno se pregunta: ¿Quién o quiénes conducirán un proceso que abarque toda Cuba, la de aquí y la de allá, la de la derecha, la izquierda y la ambidiestra? En fin, quién organizará la fiesta, y hará las invitaciones pertinentes. Solo se me ocurre una respuesta: quien ponga en la piñata suficientes caramelos y bombones.


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