Actualizado: 23/04/2024 20:43
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Patriarcado, Capitalismo, Autonomismo

Lo que el viento se va llevando

Primer capítulo del último libro del autor, Del Capitalismo al Autonomismo… y el fin del Patriarcado, publicado en Amazon

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Leyendo los comentarios de los lectores como reacción a determinados artículos, se nota el carácter enconado de las confrontaciones de ideas en varios temas, como nunca lo habíamos visto en el pasado, diferencia del que nos percatamos bien los que hemos vivido lo suficiente para compararlo con los debates de algunas décadas atrás.

Por supuesto, en este mundo que podemos calificar de conflictivo, siempre ha habido temas controversiales. Pero hace más de medio siglo no se discutía mucho sobre el medio ambiente, los derechos de los homosexuales, el tema del aborto, la igualdad de derechos entre géneros, el supuesto derecho de poseer armas y no se cuestionaba la pena de muerte, y otros más, en parte porque muchos de ellos eran temas tabúes, o porque casi todo el mundo pensaba más o menos igual, y, por tanto, los que pensaban diferente temían ser condenados o arrinconados en una estrecha franja de marginalidad social.

Para entonces la inmensa mayoría de los heterosexuales, por ejemplo, veía a los homosexuales como “corruptos”, y los que pensaban de otra manera no se atrevían a expresarlo, unos por temor a que se pusiera en duda su orientación sexual, y otros para ocultarla. Hoy, en la tercera década del siglo XXI, cada vez son más los países que legalizan el matrimonio igualitario, y hasta el Vaticano aceptó bendecir a las parejas homosexuales.

Hasta mediados del pasado siglo no existían controversias tan acaloradas como las que luego acaparaban los espacios noticiosos entre feministas que defendían las decisiones de la mujer a disponer de su propio cuerpo y los que luego integraron el movimiento llamado Pro-Vida en defensa de los derechos de los nonatos a nacer, dos derechos legítimos que parecen negarse mutuamente, ya que parten de un planteamiento equivocado: la penalización no evita el aborto, por lo cual esa batalla no se gana en el terreno legal sino en el terreno de la conciencia.

Sin embargo, es contradictorio el hecho de que muchos que se consideran pro-vida estén de acuerdo con la pena de muerte. Hace más de cien años, casi todos los Estados del Mundo la reconocían en sus códigos penales. En 1977 solo la habían abolido 16 países. Hoy ya la han abolido 112. Las ejecuciones ya no existen en ninguno de los países de la Unión Europea ni en el continente americano excepto algunos Estados de la Unión, que, por cierto, están en muy “buena” compañía: Cuba, que, sin embargo, no se ha atrevido a aplicarla en muchos años. Aunque Jesús se adelantó dos mil años al predicar el cumplimiento del Quinto Mandamiento hasta sus últimas consecuencias (“No matarás”), y no aceptaba entre sus seguidores ni a soldados, ni a ningún funcionario gubernamental —una de las razones por las cuales ese cristianismo fue perseguido ferozmente—, la Iglesia tuvo que aceptar, en el siglo IV, la pena de muerte y las guerras como excepciones a ese Mandamiento, entre las condiciones para poder convertirse en la religión oficial del Imperio Romano. Esas prerrogativas siguen vigentes hoy. Sin embargo, ya hasta el Papa se ha declarado a favor de su abolición.

A principios del siglo XX, al menos 175 países o más, permitían a sus ciudadanos la posesión de armas. De entonces para acá, cada vez es mayor el número de Estados que la prohíben o endurecen su control con muy buenos resultados, como Japón (1946), Canadá (1989), Australia (1996), Alemania (2002), Nueva Zelandia (2019), Noruega (2022). La lista no está completa, pues habría que agregar otros muchos, como Irlanda, Francia, y otros más de América Latina. Generalmente se prohibían o se controlaban rigurosamente cuando se producía en cada país alguna matanza colectiva, y el resultado era casi siempre el mismo, una reducción del índice de muertes con armas de fuego, ya sea por homicidios o suicidios. Sin embargo, en Estados Unidos, donde más matanzas colectivas ha habido, no se han tomado medidas estrictas, no por el hecho de que exista la segunda enmienda que protege ese supuesto derecho, pues en 1975 el 17 por ciento de las constituciones del mundo incluían alguna cláusula que permitía el uso de armas, mientras que hoy por hoy solo tres constituciones la siguen permitiendo: Estados Unidos, Guatemala y México. La causa para mantenerla es otra: los fuertes intereses de los fabricantes y comerciantes de armas. No obstante, si ese número de países que restringen las armas no ha dejado de aumentar desde 1946, no hay motivos para pensar que esa cifra no siga creciendo.

Durante miles de años todo el mundo compartía la idea de que el ser humano era el rey de la creación y que todo lo demás había sido creado por Dios para ponerlo al servicio de los seres humanos, plantas, bosques —que fueron talados indiscriminadamente—, y sobre todo, los animales para —sin ninguna consideración—, vestirnos con sus pieles, usarlos como medios de carga y transporte, divertirnos en corridas de toros, peleas de gallos, carreras de perros y la caza deportiva, y, por supuesto, para devorarlos —sobre todo desde que el ser humano, cuya dentadura no era como la de los animales depredadores, descubrió el fuego y pudo cocinar sus carnes—, hasta que en el siglo XX cuatro “locos” en el parlamento alemán alzaron sus voces en nombre de un partido casi desconocido, de nombre “Verde”, a favor de la protección del medio ambiente, y surgieron organizaciones que no solo rescatan animales que van a ser sacrificados, sino además, llegan hasta el punto de incendiar laboratorios donde se utilizan los llamados “conejillos de Indias”.

Hasta principios del siglo XX, un vegetariano se veía como un bicho raro o como un extraterrestre. Hoy lo raro es que en alguna gran ciudad del mundo no haya un restaurante vegetariano.

Las organizaciones no gubernamentales de defensa de los derechos humanos no existían hasta 1961 cuando se fundó Amnistía Internacional en Londres; en 1978 nace Helsinki Watch, que en 1981 se convirtió en Americas Watch, y en 1988, en Human Right Watch. En 1983 seis prisioneros fundamos, en una cárcel, la primera agrupación de derechos humanos en Cuba. Hoy es raro el país donde no haya un grupo de derechos humanos.

Hasta hace cien años se creía que no era posible lograr sin violencia la soberanía de un país o la práctica de ciertos derechos colectivos, hasta que la lucha no violenta de Gandhi lograra la independencia de la India y Martin Luther King, avances significativos para los derechos civiles en los Estados Unidos mediante manifestaciones pacíficas. Pero ambos fueron víctimas de las reacciones de odio de quienes son alérgicos a los resplandores de una nueva aurora.

En muchos países la mayoría de los que creían en la necesidad de una reforma social en pro de una sociedad participativa donde todos tuviéramos las mismas oportunidades, no lo expresaban por temor a ser etiquetados de “comunistas”. Hoy muchos lo manifiestan abiertamente a sabiendas de que van a ser crucificados verbalmente.

Y estos cambios vienen desde muy atrás en otros tópicos. Hace dos siglos sucedía lo mismo con el adjetivo “demócrata”, hasta el punto de que Jefferson reaccionó muy ofendido cuando los federalistas lo injuriaban con esa palabra. Más de cien años después, todo el mundo se autodefinía como demócrata, incluso dictadores como Pinochet y Fidel Castro.

Hace doscientos años todo el mundo aceptaba la esclavitud como algo natural, incluso la trata de esclavos estaba reconocida en la Constitución de los Estados Unidos. Muy pocos se atrevían a condenarla, hasta el punto de que Henry David Thoreau se expresó sobre el tema diciendo que él, como abolicionista, era la “mayoría de uno solo”, porque bastaba con tener de su parte a Dios. Hoy, que yo sepa, no hay un solo país que lo reconozca legalmente y a casi todos nos parece una aberración.

Hace poco menos de dos siglos, no se permitían mujeres en las universidades. Hoy las estadísticas nos dicen que el número de hembras estudiando carreras universitarias supera al de los varones. Teniendo yo unos diez años de edad, pregunté a mi madre por qué nunca había habido una mujer presidente en país alguno y su argumento fue que, habiendo tantos hombres, no tenía sentido que una mujer lo fuera. Hoy, lo que no tendría sentido sería este argumento para casi nadie porque ya muchos países han tenido mujeres ocupando la primera magistratura, pero para entonces la mayoría de la gente habría aceptado aquella respuesta como muy apropiada para dársela a un niño de mi edad, aunque yo no la entendí.

Ese proceso de cambios graduales, lentos, pero inexorables hacia una realidad muy diferente a la que ha existido durante miles de años, genera sentimientos desagradables en muchas personas, de temor e incomodidad al sentir que el mundo en que nacieron y crecieron, ese que aceptaron como suyo, así como sus normas y principios, está siendo retado por nuevos patrones ajenos a los suyos, como el surgimiento de nuevos tipos de familias, muy diferentes de la familia tradicional, o el gradual sustituto de las energías fósiles por las renovables, o las demandas de restringir el uso de armas.

Todo esto explica, como reacción, el incremento de crímenes de odio como el feminicidio, los asesinatos homofóbicos y de ambientalistas, y los actos terroristas, de los que hasta hace poco más de cuarenta años no se oía hablar casi nunca. Los primeros realizados en los Estados Unidos, por cierto, no fueron perpetrados por yihadistas musulmanes sino por supremacistas blancos, como fueron el derribo del edificio federal de Oklahoma y las cartas-bombas de Unabomber, un profesor universitario graduado en Harvard.

Todo esto también explica el apoyo de una gran parte de la población a un nuevo tipo de políticos que prometen el regreso al nacionalismo de los años 60 del pasado siglo, que niegan el cambio climático y que se oponen a las integraciones económicas, como lo hemos visto en países como Estados Unidos, Brasil y Rusia, entre otros, pero que a la larga están destinados a desaparecer, porque el viento de la historia sopla en su contra y no dejará de soplar.

Estas son señales de que se está produciendo un gradual avance en la conciencia colectiva hacia un nuevo paradigma de la civilización humana, muy diferente al que ha existido durante miles de años, desde que se estableciera oficialmente la sociedad patriarcal en Sumeria con el Código de Urukagina (2.400 años antes de Cristo), que prohibía, bajo pena de muerte por lapidación, la práctica de la poliandria, o sea, el privilegio de las mujeres a tener más de un marido, una práctica aceptada hasta entonces como algo natural, a pesar de que el hombre carecía de un derecho semejante, último rezago de lo que luego llamaríamos “matriarcado”.

Un paradigma civilizatorio es una concepción del mundo programada en la conciencia colectiva de casi todos los pueblos, que se transmite de generación en generación durante miles de años y se encuentra subyacente en todas las civilizaciones regionales a pesar de las diferencias entre sí, como el sometimiento de unos pueblos por otros, el rebajamiento de la mujer en relación con el hombre, y las guerras como medio de resolver las diferencias. Estas y otras prácticas y costumbres que el “viento” se va llevando, son los preludios del fin de ese patriarcado.

Estas diferencias nada tienen que ver con el viejo referente de izquierdas y derechas. Los que apoyan, por ejemplo, el modelo del capitalismo monopolista, se sitúan en el mismo bando de los que defienden al llamado “socialismo real”, conocido popularmente como “comunismo”, porque ¿qué es ese “socialismo” sino un monopolio llevado hasta sus últimas consecuencias? Ambos consisten en la centralización extrema de los bienes de producción y los que los controlan coinciden en muchos puntos de vista, más de lo que los lectores pueden imaginar. No importa si a unos o a otros dictadores se les califica de izquierda o de derecha. Todos pertenecen a la misma especie, y casi todos se dan las manos tras bambalinas, como cuando Fidel Castro apoyó al dictador militar argentino Videla para que fuera aceptado en la membresía de los Países No Alineados, así como cuando ordenó a las tropas cubanas en Angola a proteger los pozos petroleros de Rockefeller, o como cuando los grandes magnates de la Reserva Federal —que de federal solo tiene el nombre—, financiaron a Lenin y a Trotsky para dar el golpe palaciego llamado hoy “Revolución de Octubre”[1].


[1] Léase del autor, en esta revista, “La madre de todas las conspiraciones” II, 21 de marzo de 2022.


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