Actualizado: 15/10/2021 16:37
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Represión

La lenta muerte de Valdés Tamayo

Con el corazón lastimado, el opositor sufrió cárcel, desidia médica y actos de repudio ordenados por el gobierno.

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En una de esas cartas dice: "Nos siguen violando la correspondencia postal, por lo que no nos llegan cartas de nuestros familiares. Nos las pierden, las desaparecen o retienen. Las pocas que nos permiten recibir nos las entregan abiertas".

En otra misiva testimonia las amenazas que reciben los presos políticos por parte de una banda de presos comunes que cumple órdenes de la dirección del penal a cambio de beneficios personales. También narra los intentos de suicidio y autoagresiones que a diario ocurren en Kilo 8 y en otras prisiones del país, debido a los malos tratos e infrahumanas condiciones de las cárceles.

'Mi camino es recto, firme'

El 19 de febrero de 2004, Miguel Valdés Tamayo informó a la opinión pública que el 17 de febrero, después de tres meses sin poder tener "pabellón" (vis a vis) con su esposa, a ella no le permitieron verlo y tuvo que recorrer de vuelta los más de 500 kilómetros que separan Camagüey de La Habana.

No había terminado de sacudirse el polvo del camino, cuando el 20 de febrero comunicaron a Bárbara que Miguel había sido ingresado en el hospital provincial Amalia Simoni. No lo pensó dos veces y decidió regresar. El viaje fue una verdadera odisea: por dificultades del transporte, demoró 24 horas. Finalmente, un sábado por la noche llegó a Camagüey. Al amanecer del domingo se encontraba a la entrada de la sala-carcelaria del hospital.

Tras muchos ruegos, un guardia le concedió diez minutos. Cuando entró, enseguida le vio, acostado en la cama número 33.

"Lo vi muy delgado. Él es de tez negra y estaba demasiado pálido. Me dijo que su corazón funcionaba mal y que no lo atendían como requería su padecimiento. Fue todo lo que pudimos hablar, porque a los pocos minutos vino el militar a buscarme. No sé si es peor la galera del penal o la habitación-celda del hospital".

Miguel siempre detalló a Bárbara su vida en la prisión: "Los medicamentos que me enviaste no me los han entregado. No me toman la presión arterial. Vivimos ocho reos en un cubículo de seis por tres metros de ancho, junto a un baño y un lavadero. El televisor está ubicado en un salón donde se congregan 88 personas, las disputas son reiteradas, especialmente si coinciden el béisbol y la telenovela. Sólo he recibido asistencia religiosa una vez. Engañan al padre de la iglesia, diciéndole que nosotros no queremos su presencia y a nosotros nos dicen que el padre no nos quiere visitar. Existe un solo teléfono para 600 reclusos. La comida cotidiana es harina de maíz hervida, puré elaborado con alimentos desconocidos, caldos insípidos, potajes aguados con unos pocos frijoles y cuando hay controles en la jefatura de la prisión, nos dan carne en pequeñísimas raciones".

Miguel Valdés tenía derecho a una visita conyugal cada cinco meses y una familiar cada tres. El horario de sol se limitaba a una hora diaria, de lunes a viernes.

En una de sus misivas terminaba con una declaración de principios: "Mi camino es recto, firme, hasta la libertad del pueblo cubano. ¡Vivan los derechos humanos!".

Desde hacía año y medio, Valdés Tamayo y su esposa habían recibido visado para viajar como refugiados políticos a Holanda y Estados Unidos. Pero las autoridades cubanas no les concedieron el permiso de salida para ninguno de los dos países.

De haber tenido un tratamiento adecuado en Europa o Estados Unidos, probablemente hoy Miguel Valdés Tamayo estuviera vivo.

¡Descansa en paz, Miguel!


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