Actualizado: 19/06/2024 16:42
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Sociedad

Otra guerra perdida

El gobierno se conforma con decomisar antenas parabólicas: sabe que la ofensiva cultural e ideológica ya es inútil.

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Una guerra de parecido signo a otras que sacuden el mundo, pero no sangrienta y mucho menos conocida, se libra en Cuba. Gracias al avance acelerado de las tecnologías y la globalización, desde hace pocos años una tupida madeja de cables conductores ha inundado tejados, azoteas y también los subsuelos de las más diversas regiones del país.

Esta "guerra" proporciona un lucrativo negocio a los poseedores de antenas de televisión por satélite que se atreven a desafiar las prohibiciones y persecuciones, y vender la codiciada programación a cuantos vecinos-clientes quieran y puedan pagarlo (alrededor de un salario mínimo mensual).

Por otra parte, la antena o el cable —nombres con que la simplificada lógica insular ha bautizado el fenómeno— brinda a los eventuales usuarios la posibilidad de librarse del desquiciamiento estético y la monotonía doctrinaria de la televisión nacional. Además de la posibilidad de asomarse a una ventana a través de la que se aprecian, con claridad y nitidez, las miserias y tragedias, las sensibilidades y las luchas, y los avances y esperanzas de este mundo complejo, diverso y convulso.

Sin ser muchas veces la televisión que se sirve por la antena un ejemplo de alto valor estético e intelectual, allí los cubanos han podido constatar cómo los gobiernos hacen cumplir la ley, pero pueden ser abiertamente criticados, y cómo un día ceden el lugar. También la forma en que los ciudadanos utilizan los mecanismos cívicos y jurídicos que poseen para defender derechos e intereses, y cómo mucha gente hace el bien a sus semejantes sin necesidad de esperar por la determinación paternalista del poder.

Por el cable, muchos ciudadanos han logrado apreciar hechos y acontecimientos, incluso de su propia realidad, sin el lastre de la manipulación ideologizante y de la esquematización maniquea.

Realidades negadas

Baste citar dos ejemplos tan distantes como ilustrativos: por la antena, hemos podido ver por primera vez las impactantes imágenes de los cadáveres de niños kurdos víctimas de la violencia criminal desatada en sus comunidades a instancias del derrocado tirano Sadam Husein; así como apreciar el mejor béisbol del mundo, incluidas las hazañas de los jugadores cubanos que han triunfado en las Ligas Mayores. Dos realidades que nos ha negado, por mucho tiempo, la caprichosa determinación del gobierno.

Las autoridades de la Isla, tan proclives y acostumbradas a dictar, prohibir, manipular y parametrar —palabra de moda por estos días—, no hicieron esperar su reacción. A las diatribas descalificadoras con que adornan todo lo que no cuadra a sus intereses y diseños, se une la imposición de severas medidas represivas contra propietarios y clientes. Se habla de multas exorbitantes (30.000 pesos) y los recurrentes decomisos de equipos.

Sin embargo, antes de aplicar cualquier medida represiva, ensayó un nuevo intento de enfrentar cubanos contra cubanos. La idea era que los militantes del Partido Comunista en las comunidades se encargaran de enfrentar y liquidar la "peligrosa" madeja y la "ofensiva" imagen.

El caso es que, a estas alturas, la disposición combativa de la denominada "vanguardia revolucionaria" padece un desgaste a todas luces irreversible, amén de que ya muchos militantes comunistas disfrutaban de la "señal maldita".

La intentona fracasada de agregar una nueva página a la historia reciente de enfrentamientos fratricidas obligó a desarrollar intensos operativos policiales para acabar con el ya extendido invento criollo.

Hace algún tiempo fui testigo, en el municipio habanero de Güira de Melena —donde gracias a la antena casi vivía en otra dimensión—, de que la operación punitiva destinada a desmontar los ilegales dispositivos de transmisión necesitó de catorce vehículos de diferente porte y decenas de agentes, funcionarios y soplones.


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