Actualizado: 17/08/2018 22:24
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Elecciones, Sociedad civil, Represión, Disidencia

#Otro18: el cambio de paradigma para el cambio (III)

Este ensayo consta de tres partes, que se han publicado de forma consecutiva. Esta es la tercera y última entrega

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¿Qué ocurrió desde mi perspectiva? En el ciclo electoral 2017-2018 el régimen se acaba de auto infligir una derrota estratégica a través de una victoria represiva precisamente donde no debía suceder: en el único nivel en el que la soberanía teórica del ciudadano puede expresarse. Debilita con ello su legitimidad y su discurso político porque no puede acompañar el triunfo de la fuerza con el cambio en la narrativa constitucional, como cuando el Proyecto Varela en 2003. Trance político del cual salió favorecido entonces, convocando a un referendo que petrificó la naturaleza ideológica del sistema a costa de la soberanía ciudadana.

No obstante, el régimen deja intacta la narrativa constitucional en un punto medular: la apertura del juego de participación del ciudadano en niveles formales, carentes de poder real, pero con potencial democratizador una vez que una cifra crítica de ciudadanos asuma, se crea e incorpore el mantra de la soberanía.

Esta narrativa tiene en lo adelante un doble desafío: cerrarse aún más o caminar hacia más apertura. Lo primero asomó su rostro retrógrado cuando el régimen amagó con la instalación del voto censitario excluyente, (el voto de los revolucionarios como único válido) al prohibirle a un número significativo de ciudadanos el derecho al sufragio activo y pasivo, a elegir y ser elegido. Un paseo histórico por la antigüedad medieval, en las etapas previas al sufragio universal, que deja claro ya y negativamente el agotamiento del modelo de voto plebiscitario que caracteriza a las elecciones en Cuba desde 1976 ―en coincidencia con un creciente descenso de la participación electoral.

A juzgar por la determinación contra legal del Gobierno y sus servicios de inteligencia, 2018 podría ser el año de la violación abierta, decidida y generalizada del andamiaje constitucional y jurídico construido en 1976. Toda una contrarrevolución desde arriba.

Lo segundo, ir hacia más apertura, es también probable y coloca al régimen, en lo adelante, y frente a una sociedad que consolida autonomías, ante un doble problema político y simultáneo: cómo afrontar la nueva estrategia electoral dentro de la sociedad civil, en medio de un poder en transición del mito a la normalidad burocrática, y cómo afrontar a unos actores decididos a entrar al juego político institucional con una densidad, un estímulo y una experiencia acumulados.

En términos de implicación y construcción ciudadanas es más eficaz trabajar, a partir de estos escenarios, con la percepción de que se puede llegar a la democracia a través de instituciones democráticamente limitadas y no mediante la intensidad revolucionaria o rebelde del cambio. A decir verdad, las revoluciones o rebeliones no suelen terminar rematadas en sociedades democráticas, a no ser las de terciopelo, bien alejadas de la violenta cultura cubana.

Es importante en un proceso de cambios que los ciudadanos perciban que la democratización es difícil por las políticas del régimen, y no porque perciban límites infranqueables en la narrativa. Ello es una adquisición política que permite comprometerlos. Si el sistema es democratizable o no, debe ser probado mediante el ejercicio que permiten ciertos espacios y principios democráticos. Pienso así que se debe estimular a los que crean en él para que trabajen en esa dirección y lo lleven a sus últimas consecuencias. En el proceso puede que no se democratice el sistema, (eso pienso yo junto a los demócratas con apellido liberal) pero sí se democratiza la sociedad y se construye ciudadanía, abriendo la posibilidad y la oportunidad de recrear otro sistema desde una lógica institucional. Ese es uno de los sentidos del lema de #Otro18: de la ley, a través de la ley para llegar al Estado de derecho.

En esta línea estratégica, democratizar aparece frente a la ciudadanía como algo natural, no traído artificialmente desde fuera. Siempre que pensemos en la democratización desde la ciudadanía, no desde las minorías valientes. Solo de esta manera es posible entender el éxito o el fracaso de una estrategia compleja de democratización, y complicada debo repetir, como la que propone #Otro18.

Finalmente, es impostergable analizar este paradigma de cambios hacia la democracia en Cuba en relación con las realidades internacionales.

A pesar de Donald Trump, la comunidad internacional rescata de hecho, a marcha rápida y forzada, a cuatro referentes de las relaciones internacionales. Clemente de Metternich, político, estadista y diplomático austríaco del siglo XIX, que sirve para fundamentar una especie de Santa Alianza Democrática europea, actualizada con Cataluña; Hans Morgenthau, político estadounidense y una de las figuras más importantes en la política internacional del siglo XX, cuyas ideas alimentan el regreso de Estados Unidos a sus fronteras y a cierto aislacionismo (el mundo no merece ser cambiado, sería el slogan); Henry Kissinger, secretario de Estado en varias administraciones norteamericanas, diplomático y teórico de las relaciones internacionales, que refleja la insistencia en trabajar con China para garantizar el orden mundial; e Immanuel Kant, filósofo y pensador alemán del siglo XVIII, quien está siendo recuperado por las nuevas coaliciones globales prodemocráticas para refundar el orden mundial sobre las bases del Estado de derecho al interior de los países y sobre la ciudadanía global (democracia global como equivalente de la paz mundial).

Los tres primeros son los campeones de la estabilidad, el compromiso y el realismo político. El cuarto fue también un raro campeón de la estabilidad, con el acento importante de que solo veía su paz perpetua en un régimen democrático universal. En todos predomina, no obstante, un apego al orden y un desprecio por las aventuras internacionales.

Si bien la inestabilidad mundial puede asociarse a un déficit global de democracia, a que falta un poco de Kant, lo que predomina como solución de conflictos es la política de la negociación, de la transacción y de la seguridad mundial y regional. Son tantos los peligros del crimen internacional sin Estado que se impone la aspiración a la estabilidad. Es importante que los países entren al mundo, pero con orden y tranquilidad.

Cuba va haciendo eso precisamente y el mundo la recibe. La transición cubana se viene dando con más nitidez en el campo internacional. El concepto de que el mundo debe vivir y respetar la diversidad de sistemas políticos constituye un cambio dramático en la visión revolucionaria de las relaciones internacionales ―se entiende por qué no de las nacionales―, que se resiste a morir con la injerencia en Venezuela (el artículo 12 de la Constitución cubana consagra este derecho a la intromisión en otros países por el “bien de ellos mismos”), pero que le ha permitido al Gobierno cubano el desarrollo de una agenda agresiva de inserción global con más éxito en el campo político que en el económico. Los pocos resultados en la integración económica tienen mucho que ver la lentitud, y en buena parte retroceso, en el ámbito de la economía política: el campo de decisiones sobre lo qué hacer definitivamente con el modelo económico.

Políticamente, sin embargo, la inserción va a toda marcha. La readmisión del Gobierno en la Organización de Estados Americanos (OEA), negado por cierto a ocupar el asiento correspondiente al Estado cubano; el protagonismo en la creación de la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe (CELAC) y en la constitución anterior de la Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA); su protagonismo en el Caribe; la mejora sustancial en sus relaciones con la Unión Europea, con quien acaba de firmar y esta de aprobar un nuevo Acuerdo Político y de Cooperación que anula la Posición Común adoptada en 1996; el restablecimiento de relaciones diplomáticas con los Estados Unidos en 2014 y la creciente relación con dos polos globales como China y Rusia conllevan un reconocimiento y un soft landing (suave aterrizaje) global para Cuba.

Hay un propósito dual en todo esto: reproducir por un lado la vieja geopolítica posicional (Rusia y China lideran el tentador movimiento hacia la globalización de los autoritarismos) y, por otro, dar soporte a las reformas (Europa Occidental, Norteamérica, y los países de América Latina que se acuerdan que Cuba existe). Este último propósito, coincidente con la desglobalización de la democracia, impone un cambio de imagen frente al mundo y una nueva tensión entre la necesidad de ser plenamente aceptado y la voluntad de mantener, retocado, el status quo político.

La complejidad de este contexto en transición es muy exigente para el Gobierno cubano y demanda una cierta adaptación política. América Latina y el Caribe, el ámbito geopolítico natural, reciben plenamente a Cuba, pero lo hacen en un momento de revitalización de las demandas de más participación y reforma de los sistemas electorales. Tanto los países del ALBA, como los del Mercado Común del Sur (MERCOSUR), de la plataforma andina o gigantes aliados como México y Brasil vindican los procesos electorales participativos, libres, democráticos, competitivos, justos y periódicos como la principal fuente de legitimidad de los gobiernos y de las políticas públicas. América Latina, menos el Caribe, es quizá el paradigma en la narrativa de la permanente democratización y participación popular en el gobierno, con su creciente presión indirecta sobre Cuba y las autoridades cubanas. Matiz: ni América Latina ni el Caribe tienen, no obstante, pretensiones globalizadoras. Su presión es de ambiente.

Podría entenderse por aquí la promesa del Gobierno cubano, no cumplida, de una nueva ley electoral: un mensaje de cierta disposición a adaptarse a ciertos cánones electorales de la región.

Sin embargo, nada de lo anterior conlleva una apuesta mundial por lo que podría entenderse como una estrategia de estímulo a la revolución política o social que abra paso a un hard landing (duro aterrizaje) democrático en Cuba. Ni el Bush de Irak ni el Obama de Egipto. De hecho, los últimos reclamos a la Casa Blanca de Trump para que apriete más el dogal sobre el cuello del gobierno cubano fueron respondidos así: con el embargo es suficiente.

El reto internacional para la oposición cubana está planteado, nos guste o nos disguste la manera en que el mundo democrático trata con el gobierno de Cuba. Pero, de nuevo. La política se construye sobre la realidad, camino de lo deseable y pasando por lo posible. El campo de oportunidades anhelado solo puede nacer de las oportunidades existentes, con el concepto claro de no perder ninguna de ellas si la finalidad es la de crear oportunidades inéditas. ¿La alternativa?: ya sabemos, dar vueltas en círculos. Que nos alejan.

#Otro18 no ha hecho más que comenzar.


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